TAXCO, EN EL DISEÑO

TAXCO, EN EL DISEÑO

Fernando Curiel

La de Tissot y Jane fue una vida de aventuras y encuentros. Él, marsellés, recorre distintos puntos del planeta antes de arraigarse en Taxco. Ella, canadiense, un buen día trepa en su vehículo a la abuela y a la madre, atraviesa Estados Unidos y concluye la singladura en México.

Uno. Me puso sobre la pista, desde Taxco, mi amiga Lily Castillo. En el Museo Franz Mayer se montaría la exposición “Felix Tissot. Lo eterno y lo moderno”. Le prometí visitarla de inmediato (junto con otros, como el cronista Javier Ruiz Ocampo, Lily está empeñada en la “reconstrucción” de aquel Taxco vanguardia de estilos que parece sumirse en el olvido). Don Felix fue un ceramista francés que, junto con su segunda esposa, Jane, instaló, vecino de mi casa materna en el Barrio de la Veracruz, un taller de cerámica que hizo escuela.

 Dos. Por lustros, la pareja Tissot, sus dos hijos, sus amistades, sus operarios paisanos guerrerenses, formaron parte de mi día a día taxqueño. No tardé en ver sus piezas en hoteles, restaurantes, tiendas. Con tino imaginativo, el taller fusionó la más moderna tecnología ceramista con la imaginería, fauna y flora, del arte indígena del amate. En vasijas, soperas, platos, ensaladeras, lámparas. Mi casa no se sustrajo de la moda.

Tres. Tras los pasos de William Spratling (uno de mis mitos vivientes locales), el hijo del Mississippi y amigo y room mate y coautor del bíblico y atormentado Faulkner, Tissot se sumó, a partir de los 50’s del pasado siglo, al movimiento que hizo de Taxco de Alarcón un semillero de diseño internacional. En platería, desde luego, con Spratling y sus discípulos (Antonio Castillo, padre de Lily, entre los más connotados). El mobiliario con el cedro y el precioso palo de rosa. Las telas estampadas. El diseño de ropa primero sólo femenina (Teresa Original, mi madre; Tachi Castillo). La confluencia de tres turismos, norteamericano, europeo y nacional, los tres bajo el signo de la pulsión estética, lanzó por todas partes el diseño taxqueño.

 Cuatro. El pasado domingo 23 de noviembre, consumado el golpe (descontón) de MORENA en Santa Fé, al Franz Mayer nos dirigimos Ingrid Brena (adelantada escultora en horas libres, tenía curiosidad por las técnicas ceramistas), Antonio Sierra (por doctorarse con una plena investigación sobre fotoperiodismo, técnica rediviva por la selfie), y el dicente. Las casi 300 piezas elegidas configuran el universo Tissot; hacen justicia a Jane, pintora y dueña de su propia línea; evocan para mí con nitidez el Taxco todo glamour de mi formación pre capitalina. Un capítulo especial tendría que dedicar a Tibi Leof, mi “Gertrude Stein”. En realidad, a la especie creadora que se aposentó a la sombra de Santa Prisca, habría que añadir el desfile, por los Hoteles Los Arcos, Victoria y Borda, y por las cantinas Paco’s y Bertha, de las Diosas y Dioses del cine mexicano y del made in Hollywood.

Cinco. La de Felix y Jane fue una vida de aventuras y encuentros. Él, marsellés, recorre distintos puntos del planeta antes de arraigarse en Taxco. Ella, canadiense, un buen día trepa en su vehículo a la abuela y a la madre, atraviesa Estados Unidos y concluye la singladura en México. Aquí conoce a Felix. Pareja esta, la recuerdo, por demás grata; mis vecinos. Como recuerdo emocionado mis visitas al taller y su parafernalia.

Seis. Concluido el recorrido en el Franz Mayer, esta ocasión cambiamos de rumbo. En vez de, al Salón Luz de Gante adentro, pleno de evocaciones vasconcelistas (don Pepe tenía su despacho en el histórico edificio de la tienda Haigh Life), enfilamos hacia el extremo de La Alameda, por donde aterrorizaban a los chilangos novohispanos los Quemaderos de San Lázaro (la Inquisición en lo suyo, salvaje), en procura del restaurante El Hórreo de tantísimas jornadas del pasado. Cerca se levantaba, emblemático, el edificio de Salinas y Rocha.

Siete. Por lo días pre navideños, y porque sí, la explanada de Bellas Artes, Hidalgo reventado de obras a deshoras, la Avenida Juárez, cada rincón de La Alameda, a reventar. ¿Cómo no evocar al amigo Guillermo Tovar de Teresa y su recuento de la Ciudad de los Palacios desaparecida? Aquí, señoreó el Hotel del Prado, allá abrió bocas el cielo estrellado del Cine Alameda, acullá galopó (antes de caer en manos de caballerangos ineptos) El Caballito. Y, en la Alameda, cruzada la calle, El Hórreo, al parecer, ya no abrirá más sus puertas.

Ocho. En compensación, trepamos a la azotea de uno de esos edificios que evocan los que hacían convivir a despachos de abogados y sastrerías. Lugar grato, pleno de “chaviza”; sol de justicia. La conversación se sazona. Chismorreo puma. El linaje oaxaqueño de Ingrid, los pasajes del paso de su padre por la gubernatura y los desencuentros con el ex amigo Díaz Ordaz, paranoico si los hay. Lo duro de mi tercer libro de memorias, Contante y sonante (selfies), sorteados los escollos del olvido consciente e inconsciente y la gelatinosa anfibología del lenguaje.

Nueve. Sobre La Alameda, la eternidad mexicana. Inapelable.

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