Ojos hidrópicos: el ciclo líquido del amor

Ojos hidrópicos: el ciclo líquido del amor

Dra. Raquel Barragán Aroche

Instituto de Investigaciones Filológicas

 

Mi madre decía, cuando pasaba mucho tiempo de no ver a alguna de sus amistades, “tengo secos los ojos de no verte”. Años más tarde me percaté de que esa frase, incomprensible y hasta cierto punto escalofriante para un niño, tenía sus antecedentes dentro de la tradición literaria amorosa occidental que voy a referir, de manera general, dando saltos temporales.

Partamos de un hecho inapelable: los ojos del amante beben la imagen de su amada. Platón, en el Fedro, alude a una contemplación –ocular por razones obvias– de la belleza ideal que sacia el alma del amante. También en los libros sapienciales de la tradición bíblica veterotestamentaria encontramos referencias a esa suerte de incontinencia visual: en el libro de Job (31:1) se describe cómo el santo decide hacer un pacto con sus ojos para no desear a una doncella; y en libro del Eclesiastés (1:8), atribuido al sabio Salomón, hay una contundente frase: “no se sacia el ojo de ver”. Podríamos decir que los ojos del que ama padecen hidropesía, pues buscan saciarse con una imagen líquida que apague su deseo. Es Segismundo, en La vida es sueño de Calderón, quien nos da la clave en las palabras dedicadas a Rosaura:

 

Con cada vez que te veo

nueva admiración me das,

y cuando te miro más

aun más mirarte deseo.

Ojos hidrópicos creo

que mis ojos deben ser;

pues cuando es muerte el beber,

beben más, y desta suerte,

viendo que el ver me da muerte,

estoy muriendo por ver.

 

“Los ojos hidrópicos” son la primera categoría en la que el deseo convierte a la amada en una paradoja que da vida y muerte, proyectada en una relación semántica entre el amor y lo líquido, cuyo cauce fluye desde la literatura clásica latina y halla importantes afluentes en el Renacimiento y en el Barroco. Recordemos la imagen de Dido, –en el libro I de la Eneida– cuando bebe a tragos el suave vino como si estuviera bebiendo el amor que Cupido insufla y que se enciende en su alma mientras mira a Eneas. Los ojos de ella se convierten en un instrumento del dios alado que, a su vez, ofrendarán el llanto cuando se vea abandonada. Nace, por tanto, otra paradoja o segunda categoría, la de los ojos sedientos de los que fluye agua (lágrimas), cuya perspectiva recuerda el suplicio de Tántalo, quien pese a que estaba dentro de ella no podía beberla.

Pero es sobre todo en la corriente del bucolismo en donde encontramos más explícitamente esa segunda paradoja líquido-ocular del amor. En la Bucólica X de Virgilio, pese a que no hay referencia directa al llanto de los pastores, se nos dice por boca de uno de ellos: “Ni el cruel Amor se harta de las lágrimas, ni el césped del arroyo”. El agua que vierten los ojos, no es para curar la hidropesía ocular, sino para saciar la sed del Amor. Es de interés cómo los poetas renacentistas explotarán de distintas maneras la relación con las lágrimas y la naturaleza en el locus amoenus o lugar idílico, tal como lo refiere Virgilio en este símil que se crea entre el Amor y el césped insaciable. Muchos de ellos cantan sus desdichas amorosas a las orillas de los ríos como si con sus lágrimas alimentaran el caudal. En este hecho también se halla una reminiscencia de los Amores de Ovidio, quien no puede evitar aludir a todos esos amadores que, paradójicamente, se convirtieron en ríos. De esto hará eco Garcilaso, en su soneto XI, cuya voz poética se dirige a las nereidas, ninfas del agua, para pedir que escuchen sus lamentos “o convertido en agua aquí llorando, / podréis allá despacio consolarme”. Aunque el amante se deshaga en lágrimas, el afluente de sus ojos seguirá siendo alimento para algún elemento de la naturaleza que simbólicamente representa el amor que crece y tiene vida gracias a aquéllas. Recordemos el giro final que introduce el poeta toledano en los últimos tercetos del famoso soneto XIII sobre Apolo y Dafne:

 A Dafne ya los brazos le crecían

y en luengos ramos vueltos se mostraban;

en verdes hojas vi que se tornaban

los cabellos qu’el oro escurecían;

   de áspera corteza se cubrían

los tiernos miembros que aun bullendo ‘staban;

los blancos pies en tierra se hincaban

y en torcidas raíces se volvían.

   Aquel que fue la causa de tal daño,

a fuerza de llorar, crecer hacía

este árbol, que con lágrimas regaba.

   ¡Oh miserable estado, oh mal tamaño,

que con llorarla crezca cada día

la causa y la razón por que lloraba!

No nos interesa la hermosa metamorfosis que enuncia la voz poética, sino la paradoja final que resulta al exponer cómo el dios Apolo hace crecer con su llanto al Laurel, antes Dafne, quien es la misma causa y consecuencia por la que llora. Se trata de un eterno retorno líquido que incrementa el dolor. Habría que preguntarnos si este cierre no está inspirado en la cuarta jornada del Decameron de Boccaccio, en donde se cuenta cómo los hermanos de Isabetta matan a su amante, quien se le aparece en sueños para indicarle dónde está enterrado; ella desentierra la cabeza y la pone en una maceta de albahaca sobre la que llora todos los días. Cervantes en su Galatea, en el tercer libro, también usará esta imagen vegetal en boca de uno de sus pastores, pero con un sentido distinto:

 

Yo, que del humor de mis ojos

siempre derramado ha sido

en lugar donde ha nacido

cien mil espinas y abrojos

que el corazón me han herido.

 

A diferencia de Boccaccio y Garcilaso, lo que se riega no es una hermosa planta, que simbólicamente representa a quien se ama, sino espinas y abrojos que causan más dolor al corazón. Pero el culmen de esta relación, me parece que se encuentra en un soneto de Juan de Arguijo, poeta a del siglo XVII, quien recrea un antiguo epigrama latino dedicado a Narciso; el último terceto deja ver la paradoja del amor que siente Narciso hacia sí mismo a partir del agua:

 

Y ahora, en flor purpúrea convertido,

l’agua, que fue principio de su muerte,

hace que crezca, y prueba a darle vida.

 

El amante se metamorfosea en la misma planta a causa del amor que siente por sí mismo, pero la metáfora va más allá, pues el agua que propicia que sus ojos beban perpetuamente su propia imagen, es la que ahora le da vida en su muerte o en su cambio de estado.

No obstante, en este ciclo de las lágrimas que vivifican el dolor en el amante, muerto en vida, falta aludir a una proyección renacentista en la que ese humor de los ojos se convierte en una venganza contra el vendado dios. La imagen de Amor marinero de Rafael de Sanzio, entre cuyas reproducciones se encuentra la del Amorum emblemata de Vaenius (1608), muestra cómo el malévolo dios usa su carcaj de barco, su venda de vela y su arco como remo para salvarse de morir ahogado por el exceso de las lágrimas del amante.

 

Baste decir que de los grabados que circularon en Europa nacieron elaboraciones poéticas como la estancia que traduce Gutierre de Cetina[1]. Sea como fuere, las lágrimas conservan el aspecto paradójico, pues son dadoras de vida y de muerte.

Así, podemos ver cómo la imagen líquida de la amada desencadena un suplicio en el que el agua tiene un ciclo distinto, de modo que la hidropesía de los ojos, provocada por la ausencia, produce la salida de las lágrimas que cumplen distintas funciones: mantienen con vida el deseo del sediento amante, alimentan el locus amoenus y son ofrendas para el mismo Amor (las que en exceso pueden ahogarlo).

Sin duda, desde esta perspectiva, la imagen de los ojos hidrópicos de mi madre se ha embellecido, pues deja ver cómo aquellas metáforas líquidas del amor remiten ahora a una ausencia cotidiana, más inocua, del ámbito amistoso, mediante una frase hecha que no pierde su trasfondo poético.

 

 

 

 

[1] Véase el interesante análisis de esta estancia y el motivo de la Navigatio Amoris de Jesús Ponce Cárdenas, “Introducción”, en Gutierre de Cetina, Rimas, Cátedra, Madrid, 2014, pp. 69-76.

 

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