TAXCO DE MIS AMORES

 

 

TAXCO DE MIS AMORES

Fernando Curiel

 

Para las Dianas

 

Uno. Salí, este “Grito”, de la Ciudad de México, si no dando alaridos, sí convencido (no sé cuándo) de su colapso. Signos: un Distrito Federal que se borró de un plumazo politiquero, pero que sigue siéndolo en tanto sede de los Poderes Federales. Un gobierno nacional en turno al que se le queman las habas por pasar, rutilante, a la Historia (que, se sabe, se toma su tiempo antes de expedir la boleta de calificaciones).

Dos. Una administración local puramente reactiva. Al congestionamiento de personas, vehículos, edificaciones, vendedores informales; a la amenaza (más o menos se sabe cuándo) de la “última gota de agua”; a la desatada especulación inmobiliaria, que invade lo que queda de Natura; a la delincuencia (organizada o al tun tun), que se adueña del territorio de la ex “Muy Noble y Leal”.

 Tres. La multiplicación de “ghetos”, instala una nueva división de clases, que ni en los tiempos prehispánicos y coloniales. La principal frontera, la del Estado de México, se torna Zona de Guerra. Y en tanto se acumulan expedientes judiciales laberínticos, el feminicidio se dispara.

 Cuatro. Mientras que, en el frente exterior, “Bóreas” Trump mueve sus bazas racista-electorales, y dicta el paso (torpe) al que baila nuestra Cancillería, en el frente interno, un zopenco sensiblero que cobra como diputado, se atreve no sólo a pedir, sino ¡a rogar!, la reelección presidencial. Por no hablar de los chiqueros de los partidos y partiditos (y vienen más).

Cinco. Viajo a mi pueblo adoptivo, Taxco de Alarcón, Guerrero Mártir, por una de las rutas del narcotráfico. Y si el Estado de Morelos se descompone (por resolver sigue el caso del “Paso de la Muerte”, que se cobrara dos víctimas, padre e hijo, apenas inaugurado), el Estado de Guerrero parece retrogradado a aquellos 70’s de Guerra Sucia. Añádase la industria tóxica, agobiada por la baja en la cosecha de la amapola y la irrupción, química, del fentanilo. Y está la Noche Nazi de Iguala.

Seis. Una vez en mi destino, reparo en la versión mini, municipal, del caos capitalino del que huyo. Transitan convoyes policiales de distinto pelaje. Ocupa, en parvadas, al antiguo Real de Minas, un turismo de pisa y corre. Signo unificador: la selfie (tomar nota de que han vuelto al mercado los “stik selfie”, igual de peligrosos que las varillas de los paraguas).

Siete. Ignoro si mis amigos sociólogos ya le siguen la pista a la “sel-fie-ti-za-ción de Occidente”. Aporto la experiencia de su estallido en la Plaza de Armas o Plaza Borda; de fondo, la grácil, barroca a lo Churrigera, incomparablemente bella Iglesia de Santa Prisca. Bosque de cantera de tonalidades cambiantes.

Ocho. De acuerdo, lector, lectora, Taxco ha dejado de ser la “Pasarela” de celebridades que los fuera de los 40’s a los 70’s (¡ay de aquel voto del gobierno desquiciado de Echeverría, pro palestino, en la ONU, y sus consecuencias inmediatas!). Pero no importa. Pasos: pose imitada de revistas y anuncios; “clik”; constatación ansiosa en la pantallita de la instantánea inmortalidad. Y si no, vuelta a comenzar. ¿Recorrer el templo, maravilla del mundo, reponiéndose del golpe sísmico de 2017? ¿Los alrededores coloniales? ¿Por qué o para qué?

Nueve. Por la noche, contrapunto, allá por los rumbos de El Pedregal, desde mi torre veo llover sobre Taxco (al igual que Isabel sobre Macondo). Un espectáculo que Priscilla y Camila (su visita diferida) valorarían en su esencia. Del rumbo de Juliantla salen los fogonazos de húmeda luz (electricidad natural) que iluminan a trechos la noche mineral. Y las veloces nubes, sembradoras de una neblina que no tardará en cubrir el caso urbano, los templos, los barrios.

Diez. Penetra de tal modo la niebla a Taxco, que lo trastoca, trastorna, desarma. Al día siguiente, extinguida la espesa capa de neblina (¡qué Londres ni qué ocho cuartos!), se procede a reubicar templos y edificios en su lugar original. Hablando de orden urbano, ¿qué ha sido del proyecto, compartido por una ciudadanía encuestada, y un grupo de expertos (arquitectos, historiadores, urbanistas, fotógrafos y un filólogo urbano, yo), de fijar un Centro Peatonal? Nada.

Once. Mientras tanto, me dispongo a la visita de mi colega Dafne y amigos, y de mi prima Roxana, poeta, cuentista, guionista marcada por recuerdos taxqueños de infancia; y a un moroso desayuno con Martha, Miguel y Baena. Y empiezo a acusar recibo de un libro, gentileza de mi amiga (que lo fuera también de mi hermana Guadalupe, historiadora y política académica, recién evocada en la UNAM), Alma Rosa. Libro notable, ejercicio inusual. Hablo de Los mineros toman la palabra. Casi 13 años de una huelga contra el Grupo México (intocable Larrea). 21 entrevistas. Un grupo femenino de resistencia: Guerreras de Plata. Un grupo ciudadano de apoyo. Seguiré informando.

Doce. Puente breve. Aunque tiempo tengo de charlar con Javier Ruiz, me falta para hacerlo con Alejandro García Maldonado y ponerme al día municipal.

Trece. Si el noviero Peña Nieto no sabía que no sabía, de maestra debe calificarse, empero, su maña para embrollar la pesquisa de una Iguala ocupada por narcos rivales, balaceras, desollamientos, “daños colaterales” y la desaparición de 43 jóvenes.  

 

 

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