DÍSCOLA POSTERIDAD

 

 

 

DÍSCOLA POSTERIDAD

Fernando Curiel

 

1

Acabo de ver a Pedro Henríquez Ureña, de toparme con él, con su busto, camino al Metro Copilco.

Nos hemos salido con la nuestra. Momificar a los héroes intelectuales del pasado.

Contrastan la figura, estéticamente pobre, de un grave hombre mayor, la base del busto “grafiteado”, su alrededor sucio y mostrenco, con las filas que esperan abordar los micros, y llegar, si no se produce un asalto, o un choque de la unidad, piloteada por jóvenes inexpertos pero rabiosos de cumplir la cuota, a sus hogares.

 

Fotos: Octavio Olvera Hernández

Alguna vez (crisis de 1987 y 2009), escribí que don Pedro parece observar preocupado a esa Universidad Nacional, luego autónoma, que, con su constelación atenea, y en alianza con Justo Sierra, contribuyera a fundar en 1910.

Su primer Oficial [Mayor] en el gabinete del rector Joaquín Eguía Liz, con el co-ateneísta Antonio Caso de Secretario. Profesor en la Escuela Nacional de Altos Estudios. Autor, so pretexto de su tesis de bogado, de La Universidad, brillante ensayo que inicia la bibliografía sobre la institución (y cuya edición crítica tendré el privilegio de realizar en 2008). Creador en 1921, junto con Vasconcelos, de un organismo de contra-inteligencia: Cursos de Verano, Escuela para Extranjeros (gringos sobre todo, alumnos por convertir a la historia y a la cultura mexicanas, historia y cultura de resistencia).

Foto: Octavio Olvera Hernández

2

Visionario pero exacto, escribió don Pedro en 1914:

Concebida idealmente como república aristocrática, en cuyas asambleas se oyera la voz de los mejores, pero en representación, lejana o próxima, de todos; en donde junto a la palabra del rector sonara la del alumno y la del delegado libremente electo por los profesores; núcleo coordinador, donde la discusión depurara las ideas de cada grupo y las tendencia de cada escuela; donde la tradición significara corriente, nunca rota pero nunca estancada, de doctrina y de esfuerzo a la cual se sumara cuanto de estimulante aportasen el antes desconocido profesor libre y el universalmente famoso profesor extranjero, la Universidad creada por Justo Sierra deberá realizar con el tiempo cuanto él quiso que realizara. Dígalo si no, su supervivencia en medio de los furiosos ataques que amenazaban derribarla. Dígalo, en fin, la febril actividad que hoy la agita, y que es prenda de fecundidad futura, porque revela el ingente anhelo de civilización, el porfiado empeño de formar la patria ideal, que se enciende como delirio en el espíritu de unos cuántos hombres firmes en medio de la vertiginosa convulsión de la patria real de los mexicanos.

 

República aristocrática. Asambleas con la voz de los mejores. Núcleo coordinador. Tradición (la grecolatina mexicana, por ejemplo) mudada corriente.

Patria ideal, la Universidad, faro encendido de la convulsa patria real.

3

Y ahí está, petrificado, Pedro Henríquez Ureña (como lo están Alfonso Reyes, Antonio Caso, José Vasconcelos, Julio Torri, Mariano Silva y Aceves); muertos, sí, pero de muerte calculada, pretextos ceremoniales (gloria de la burocracia) de una posteridad que rehúye el diálogo, la simple y llana conjunción de los tiempos mexicanos.

Quítate tú para que me ponga yo.

Estancamiento.

 

 

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