El país de los náufragos imbéciles

 

 

El país de los náufragos imbéciles

 

Invierno. El naufragio

Noche escarchada, pedazos de un alma inquieta. La mía. Toco tu rostro prematuramente anciano, tu cabello, tus manos secas, ríspidas. Soy la caspa ajena que marcará el destino de tus próximas horas. Me empeño en enmendar el cuello de tu camisa que decides portar volteado. Tu gusto me molesta y sin conocerte, pretendo ya corregirte. Metida de pata, de cuerpo, de espíritu. Torpeza vertiginosa e imparable.

 

La primavera. A la deriva

El dolor me persigue, a pesar del tiempo, los milagros, el aparente perdón. Culpa católica de tercer mundo. Un susurro; recordatorio cotidiano desde mi abismo, con la mirada dirigida al cielo, “eres mejor”. Soy la inmigrante permanente, esa que pretende no entender que el té negro con crema y scones puede incluso suavizar el destierro. Tu privilegio es blanco, homoerótico; tus rabietas rojo colérico. Eres el artista perfecto; berrinchudo, mezquino, rezongón.

 

El verano. Hoy

Has sido el elegido, el ser creativo que valida la experimentación, el ayahuasca, la negrura, la confusión eterna. Como si yo no lo hiciera, desde el centro, desde lo más profundo de la apertura, desde el universo que soy, conectada con el universo que eres y en el que vives y vivimos todos. Los tuyos y los míos, los que creí eran míos pero en realidad siempre fueron tuyos. Esos náufragos de memoria desigual.

 

Otoño. El fin

La tortura gozosa, cuyas lágrimas a pesar de ser honestas se distinguen forzadas termina. La aviento. Se esfuma. Reconozco nuestra hipocresía. Aquella noche no fue de dos. No supe entregarte la mano. Recolecto mi escarcha, la contengo. Los que digo amar, que replican igual, esos que por segundos me ven y por vidas no, son los que retoman su verdadera dimensión y no es mejor que la mía. Los regreso al país de los imbéciles. Donde de por momentos he sido pero a donde no quisiera ya volver.

Paula Rivera

Deja un comentario