Nocturno en el que cae un Ángel

Nocturno en el que cae un Ángel

Por Octavio Olvera

El primero que supo que algo fatal sucedería fue el taxista que rodaba su unidad por la calle San Pablo a las 2:30 de la madrugada del domingo 4 de agosto. Su alma descansó cuando los dos muchachos que portaban “cuernos de chivo” no los accionaron en su contra y lo dejaron circular libremente hasta alejarse de allí a toda velocidad. Tomó su radio y fue entonces que el gremio de taxistas quedó alertado por la frecuencia que había dos jovenzuelos con armas largas merodeando por el barrio de Zacapa.

No pasaron cinco minutos cuando el rugido de un motor trastornó el silencio de la noche. Un Mercedez Benz corrió a cuanta más velocidad pudo a través de los doscientos metros de la calle Ayuntamiento, hasta que su chofer perdió el control y estrelló el vehículo contra un poste de Telmex, casi al llegar a la avenida San Bernabé.

El vecindario despertó con los estruendos de la escena. Los desvelados curiosos intentaron ayudar al conductor, pero al ver los impactos de bala en la chatarra, mejor prefirieron tocar el botón de pánico de la esquina contigua.

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Aún nadie sabe explicar por qué Ángel Luna Serrano alias “El Congo”, jerarca de una banda de dealers en la alcaldía Magdalena Contreras, circulaba a esa hora por San Pablo y Ayuntamiento; menos aún, cómo sabían con exactitud los jóvenes sicarios que el temido cabecilla pasaría por allí. Se sabe, en cambio, que en la interjección de ambas calles soltaron una lluvia de plomo sobre el auto que conducía sin lograr detener su marcha, cosa que ocurrió doscientos metros después, cuando sus graves heridas le hicieron perder la fuerza, la razón y el dominio del volante.

“El Congo” no murió ni siquiera al destrozar su auto contra el poste. Su constitución era portentosa. Había sobrevivido a por lo menos dos atentados anteriores. Cuerpo a cuerpo no había rival que lo confrontara. Quienes mejor lo conocieron, le sacaban la vuelta. Algunos desdichados que ignoraron su fama, supieron tarde que era hombre de mal agüero. En marzo de 2018 un operativo de la policía capitalina movilizó 300 uniformados para capturarlo. Antes de que terminara ese mismo año, ya se lo veía de nuevo operando por las calles de San Bernabé, el Cerro del Judío y colonias aledañas. Por eso, en más de una década de dominar la zona, “El Congo” jamás pensó que terminaría su reinado.

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Cuando quince minutos después del ataque un paramédico pudo entrar con dificultad a su desvencijado auto, “El Congo” seguía vivo con heridas en el vientre, las piernas y los brazos. “No te muevas. Déjanos a nosotros hacer el trabajo. Te vamos a ayudar a salir de aquí. Te llevaremos al hospital y estarás bien”, le dijo el socorrista al baleado, más con la noble intención de ayudarlo a bien morir que por convicción en sus propias palabras. Sin embargo, esas misericordes frases lograron que el semblante del hombre en desgracia adquiriera un aire de sereno orgullo, de satisfacción, quizá de incredulidad en su finitud. La inmortalidad es una certeza de los hombres que, por cualquier modo obtuso, son respetables. Apenas lo depositó la ambulancia en el Hospital Materno Infantil de la Magdalena Contreras, “El Congo” murió con un rosario de cuentas pendientes engastado en su alma.

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Existen elementos para pensar que Luna Serrano había dejado de ser un simple narcomenudista. De otro modo, su muerte sólo hubiera pasado como un evento sensacional en el barrio de Zacapa; la Procuraduría de la Ciudad de México no hubiese emitido el tweett con la notificación de su deceso y el resumen de su carrera criminal, ni Radio Fórmula hubiera replicado la noticia; tampoco la revista Proceso hubiese reseñado el asesinato y remarcado la importancia del caído; mucho menos La Silla Rota habría dedicado un amplio reportaje para calcular cómo se llenará el vacío de poder delictivo en la Magdalena Contreras que “El Congo” dejó tras de su muerte.

Uno de quienes me contaron su historia y la de su trágico fin, me dijo por último: “Ah… ¡y se llamaba Ángel, el angelito!”.

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