LA HERMENÉUTICA Y LAS HUMANIDADES

LA HERMENÉUTICA Y LAS HUMANIDADES

Mauricio Beuchot*

 

En una conversación en 1986, Ricoeur me hizo ver que el símbolo es lo más propio de la cultura, y que ese signo tan rico sólo puede interpretarse por analogía, es decir, analógicamente, no de manera unívoca ni equívoca, porque sería destruirlo.

 

La hermenéutica es la ciencia y arte de la interpretación de textos. Y ésa es la labor que predominantemente hacemos en las humanidades. Se ve en las tesis que escribimos, en las clases que impartimos, y en las investigaciones que realizamos. Las humanidades abarcan, entre otras ciencias, la filosofía, la literatura, la filología, la historia, el derecho, la antropología, la psicología, la pedagogía y la sociología.

En la filosofía, para comenzar, la hermenéutica, además de ser una asignatura obligada, ha llegado a constituir toda una tradición. Viene desde los antiguos, griegos y romanos, pasa por los medievales, y llega hasta la actualidad.

En los antiguos griegos, estuvo presente en Platón, que la comenta en su diálogo Ión; sólo que allí únicamente ve como hermeneuta al rapsoda, porque interpreta los poemas homéricos, al declamarlos. Aristóteles no solamente toma en cuenta la hermenéutica en su libro Peri hermeneias, título traducido a veces como Sobre la interpretación, y a veces como Sobre la enunciación, sino también en la Retórica y en la Poética, que hablan de los tropos literarios. Los romanos, grandes juristas, aplicaron esta disciplina interpretativa al derecho, pues eran conscientes de que siempre hay lagunas en las leyes.

La Edad Media fue sumamente hermenéutica. Se interpretaba la Sagrada Escritura, a Aristóteles y a Pedro Lombardo. Había una exégesis bíblica muy extensa; además, se hacían comentarios a la filosofía del Estagirita, y en teología se comentaban las Sentencias de Pedro Lombardo, colección de textos de los Santos Padres; asimismo, entre los juristas había toda una escuela de canonistas, esto es, intérpretes del derecho canónico.

La hermenéutica atravesó la modernidad, estando presente en el Renacimiento y el Barroco, pero tuvo poca fortuna en el racionalismo y el empirismo de la Ilustración. Se recuperó en ese mismo siglo XVIII, sobre todo gracias al romanticismo, teniendo como representante a Daniel Schleiermacher.

En el siglo XIX fue cultivada especialmente por Wilhelm Dilthey, estudioso de Schleiermacher, con lo que recogió la hermenéutica para esa época, llena de positivismo. Dilthey se fue hacia el historicismo, y para las ciencias históricas, que corresponden a nuestras humanidades, puso como método la hermenéutica.

En el siglo XX, la hermenéutica fue recuperada por Martin Heidegger, quien, además de ser discípulo de Edmund Husserl, creador de la fenomenología, estudió a Dilthey, por consejo de un amigo suyo, teólogo y exégeta bíblico, Bultmann. Por eso la famosa obra de Heidegger Ser y tiempo (1927) es considerada como la incorporación de la hermenéutica a la fenomenología. La hermenéutica fue heredada por su discípulo Hans-Georg Gadamer, en su célebre obra Verdad y método (1960), y continuada por Paul Ricoeur, en varias de sus obras. En la actualidad ha sido promovida por Gianni Vattimo y Jean Grondin, ambos discípulos de Gadamer, y por Maurizio Ferraris, alumno de Vattimo, ahora disidente suyo.

Por mi diálogo con Ricoeur, con Vattimo, con Ferraris y con Grondin, llegué a proponer una hermenéutica analógica, es decir, articulada con el concepto de analogía. En una conversación en 1986, Ricoeur me hizo ver que el símbolo es lo más propio de la cultura, y que ese signo tan rico sólo puede interpretarse por analogía, es decir, analógicamente, no de manera unívoca ni equívoca, porque sería destruirlo. Vattimo me hizo ver que la hermenéutica es el instrumento conceptual más reciente, en esto que llamamos posmodernidad o tardomodernidad. Pero Ferraris me hizo consciente de que la hermenéutica posmoderna tiende a la equivocidad, y hay que llevarla a la analogía, sabiendo que no puede llegar a la univocidad. Grondin ha apoyado mi propuesta porque da cabida a la ontología o metafísica, ya que sin eso va como sin un mapa de lo que debe hacer, y se hunde en el relativismo de la equivocidad.

Se trata, pues, de una hermenéutica que, a diferencia de la unívoca, acepta varias interpretaciones, no una sola; pero, a diferencia de la equívoca, pone un límite a las interpretaciones válidas, de modo que se pueda discernir cuándo se hunden en la incorrección. Se trata de salvaguardar la verdad del texto, la objetividad interpretativa, y eso puede hacerse con la analogicidad, a diferencia de la equivocidad, y sin encerrarse en la univocidad.

En la literatura, la hermenéutica es necesaria, porque la labor de crítica y de comentario de las obras literarias es un trabajo de interpretación. Lo mismo se puede ver en la historia, que nos narra los hechos no desnudos o neutros, sino según la comprensión que de ellos tiene el historiador. El derecho ocupa la interpretación, porque en las leyes hay ambigüedades, lagunas, etc. En la antropología, se interpretan las culturas; en la sociología, las comunidades políticas; en la pedagogía las necesidades de los alumnos y el modo de satisfacerlas; en la psicología, se interpreta lo que dice y lo que actúa el paciente. Así, vemos que la hermenéutica se usa en las humanidades.

Sobre todo, es conveniente para las humanidades una hermenéutica analógica, porque en ellas no se puede alcanzar una perfecta univocidad, es decir, una interpretación exhaustiva, clara y distinta, completamente exacta. Pero tampoco es válido dejar que se hundan en la equivocidad, en la ambigüedad, porque se puede alcanzar un grado de objetividad, y tenemos la obligación de hacerlo.

En contra de la hermenéutica unívoca del racionalismo de la modernidad, y en contra de la hermenéutica equívoca del relativismo de la posmodernidad, hoy se levanta una hermenéutica analógica, que no pretende la exactitud del positivismo, inalcanzable en las humanidades, pero que tampoco se abandona a la inexactitud y ambigüedad e la posmodernidad, sino que ocupa un lugar intermedio, con un difícil equilibrio.

Esto es lo que me parece adecuado para nuestras disciplinas humanísticas, que tienen una cientificidad diferente de las ciencias naturales y las exactas. Pues bien, ya que en nuestro ámbito no se alcanza la univocidad completa, el peligro es el equivocismo, el cual ronda como fantasma por los institutos y facultades humanísticos. Por eso hay que oponerle resistencia y lograr ese término medio prudencial.

Creo que esta hermenéutica analógica se necesita en las humanidades y que será muy benéfica para ellas. En la filosofía, además, nos dará una teoría de la interpretación que supere el impasse que ya cansa a todos, entre la hermenéutica univocista, de corte positivista, y la hermenéutica equivocista, de corte posmodernista. Por eso en la actualidad se ve a la filosofía posmoderna en retirada, de salida, y con movimientos de epistemología realista que vienen a suplirla, y de recuperaciones de la ontología o metafísica más fuertes. Ha pasado el tiempo del pensamiento débil. Sin embargo, existe el peligro de que venga a suplantarlo un pensamiento demasiado fuerte. Una vuelta al absolutismo de la modernidad, como reacción contra el relativismo excesivo que se ha tenido en la posmodernidad. Por eso es preciso encontrar un equilibrio proporcional.

Hemos estado en lo que Karl Löwith llamaba “un tiempo indigente”. Un tiempo menesteroso de sentido. Y esto puede darlo una adecuada antropología filosófica, la cual se basa en una ontología de la persona. Al estudio de la persona concurren las humanidades, cada una develando uno de sus aspectos. Pero es la filosofía la que hace la síntesis después de esos análisis de las ciencias humanas o sociales. Y lo hace por la mediación de la hermenéutica, para llegar a la antropología filosófica (como interpretación del hombre) y a la ontología (como hermenéutica de la facticidad).

Para hacer eso hay que proceder a posteriori, como lo hizo Ricoeur, a saber, partiendo de las obras del hombre, de los productos culturales, para obtener una idea de éste a través de ellas. Por eso pasaremos a ver cómo se aplica la hermenéutica analógica al fenómeno de la cultura, como una filosofía de la misma.

 

*Investigador del Instituto de Investigaciones Filológicas

 

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