El 55 Cancri e

Julio Verne, al igual que otros autores, escribió sobre sus propias obsesiones. Habló de sí mismo a través de sus personajes.

 

El 55 Cancri e

Por Elena Escalante Ruiz

Dejemos a un lado las paradojas que rodean los viajes en el tiempo —no así a la ficción—. Subamos al profesor Otto Lidenbrock a la máquina del tiempo y traigámoslo al 24 de mayo del año 2019. ¿Qué sería del geólogo?

Probablemente este personaje con conocimientos de física, química y biología, alter ego de Julio Verne, sentirá una gran decepción al saber que los científicos, sin necesidad de exploración física lo comprobaron: el centro de la Tierra no es ni frío ni líquido, sino todo lo contrario. Esto quiere decir que él, su sobrino Axel y Hans, su guía, no lograron alcanzar el centro de la Tierra como dedujo en un principio. De otra forma no hubieran regresado: la temperatura de los mares de lava no se acerca, ni remotamente, a la temperatura del verdadero núcleo de la Tierra.

Imagino que el profesor Lidenbrock recibirá con orgullo la noticia sobre el descubrimiento del exoplaneta 55 Cancri e (2004). Descubrimiento que no sólo comprueba su teoría con relación a la estructura en capas que conforma la Tierra, explica también las formaciones —antediluvianas— de piedras preciosas —hoy conocidas como diamantes súper-profundos— en los yacimientos de carbón que atraviesan el conducto del volcán Sneffels.[1] El análisis de la atmósfera del 55 Cancri e demostró la presencia de hidrógeno y helio, y la inexistencia de vapor de agua. Por su interior rico en carbono, los astrofísicos se refieren al 55 Cancri e como “el planeta de diamante”.

Es probable que Lidenbrock no esté familiarizado con las palabras: exoplaneta, Súper-tierra, Hubble o espectroscopia. Posiblemente tampoco comprenda la inmensidad del planeta de diamante o su lejanía con la Tierra —40 años luz aproximadamente—. Esto último no debe desalentar al doctor, ya que lo mismo nos sucede a la mayoría de las personas de este siglo.

Incansable entusiasta —como lo describe Axel en su diario de viaje—, el Dr. Lidenbrock quizá busque el roce con la élite científica del momento: los astrofísicos. Aquí se podrían complicar las cosas: ¿quién podría creerle a un personaje de ficción que asegura haber viajado por el tiempo? Los creadores de ficciones. Paradójicamente, no los astrofísicos. Tal vez Borges y yo, por supuesto.

Julio Verne, al igual que otros autores, escribió sobre sus propias obsesiones. Habló de sí mismo a través de sus personajes. Hacia el final de su vida afirmó que su intención no era la de profetizar el futuro, sino el mostrar, a través de la literatura, el conocimiento que hasta entonces tenían las ciencias sobre el mundo. A pesar de sí mismo, la similitud de la trama de sus novelas De la Tierra a la Luna (1865) y Viaje alrededor de la Luna (1869) con el primer alunizaje es evidente. Inclusive se ha llegado a pensar que dichos textos fueron la inspiración para el guion utilizado por la NASA, cien años después (1969?). Estas similitudes, aparentemente casuales, me hacen poner en duda las verdaderas intenciones y virtudes de Verne.

 

Los últimos cincuenta años se caracterizan por ser tiempos de profundas transformaciones cognitivas. En el siglo de Verne nadie hubiera creído que el ser humano pudiera llegar a la Luna; mucho menos que fuera posible saber qué elementos conforman un planeta tan lejano como el 55 Cancri e. Este rompimiento de paradigmas se ha repetido varias veces y en diversos temas desde mediados del siglo XX; razón por la cual algunos habitantes de este siglo somos más flexibles si de afirmaciones científicas se trata.

Aunque muchas de las preguntas que se hizo Julio Verne ya han sido esclarecidas por la ciencia, aún quedan muchos enigmas por responder. ¿Acaso viajar en el tiempo llegará a ser uno de ellos?

 

Referencias bibliográficas:

http://cms.univalle.edu.co/todosaaprender/anexos/placeres/VerneJulioViajealCentrodelaTierra.pdf

 

Imágenes:

http://www.astronomy.es/2017/01/55-cancri-e-el-fantasmal-mundo-de-diamantes.html

 

 

 

[1] “La luz de los aparatos, reflejada por las pequeñas facetas de la masa rocosa, cruzaba bajo todos los ángulos sus efluvios de fuego, y me parecía que viajábamos a través de un diamante hueco, en cuyo interior se quebraban los rayos luminosos en mil caprichosos destellos.” (Viaje al Centro de la Tierra, 61).

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