RETRATADOS Y RETRATISTAS

 

¿El retratista, pintor o fotógrafo, tiene ya prefigurada la imagen que pinta o retrata? ¿Y el retratado no ve asimismo a quien lo fija, se mira ser mirado?

 

RETRATADOS Y RETRATISTAS

(Sólo para el blog Puño Electrónico)

Fernando Curiel

                              Para, en orden de aparición, Adrián y Paula,

mis hijos, también escritores

 

Generalidades (y lucubraciones)

Suelo asomarme a mis depósitos de libros (hablar de una red de bibliotecas sería tanto como faltar a la realidad que es la verdad), en Copilco (“Bunker”), en Ciudad Universitaria (Cubículo, IIFL), en Taxco (Casa Jacaranda), no sólo urgido por la consulta, o mejor aún lúdica lectura, de tal o cual título perdido en el maremágnum de Literatura, Historia, Política, Asuntos Varios (no pocos, frivolidad pura); sino por estricta curiosidad. ¿Por qué este autor o grupo de autores? ¿Por qué éste o estos temas? Descenso en el tobogán del tiempo.

De esta suerte, el pasado 10 de mayo, di, comprimido entre gruesos tomos, con El Rostro de las Letras. 1900-1949, fotografías de Rogelio Cuéllar; un “artista de la lente” a cuya evolución asistí en diversos frentes de una vida cultural, todavía “face to face”, ya del todo sobrepujada no sólo por la virtualidad de las Redes Sociales, los obstáculos que la Ciudad de México levanta a la convivencia, la literaria y la cívica (delincuencia, baches, tráfico congestionado en el suelo y el subsuelo), y el desmantelamiento del “apparátchik” cultural en el que floreció el libro de Cuéllar.

 

Ahora bien: ¿el retratista, pintor o fotógrafo, tiene ya prefigurada la imagen que pinta o retrata? ¿Y el retratado no ve asimismo a quien lo fija, se mira ser mirado?

Tales preguntas me surgieron o se corroboraron con tres retratos plásticos (el último auto retrato). El de Martín Luis Guzmán, cubista pero con sarape de Saltillo, plasmado por Diego Rivera. El de Luis Cardoza y Aragón debido al pincel expresionista de José Clemente Orozco, y que tan familiar acabara de resultarme merced a mis visitas al poeta y crítico chapín. Y el auto retrato de Frida Kahlo, del todo alejado del folklor y el dolor, en plan de chica medio novohispana, que poseía Alejandro Gómez Arias, y por el que se perecía poseer Madona (también a mí familiar —el cuadro, no la cantante— gracias a los encuentros, en su casa, con el emblemático universitario, pareja, cuando estudiantes, de Frida).

Mientras Rivera lo pintaba, Guzmán “redactaba” mentalmente su formidable ensayo “Diego Rivera cubista”. Supongo que Orozco, mientras pintaba los rasgos afilados de Cardoza y Aragón tenía presentes los rasgos intelectuales del gran, agudo, estudioso de su obra y del Muralismo. ¡Y qué no daría por saber en qué pensaba la modelo al auto plasmarse en un retrato a contracorriente del “típico Kahlo”! Serenidad, belleza de retablo, versus flores floridas mas fúnebres, fórceps, instrumental médico con visos de maquinaria de tortura.

El hecho es que, en fotografía, lo espontáneo, lo súbito, queda constreñido al foto/reportaje. Con el que, por cierto, compite el video (véanse las escenas captadas en el Metro de la Ciudad de México, Estación Pantitlán, en las que el caos y el horror se instalan en una de sus escaleras eléctricas).

El Rostro de las Letras

Todo es bonanza. Al frente del CONACULTA está Rafael Tovar. La específica galería de retratos literarios, de Rogelio Cuéllar, se sustenta en una beca del Sistema Nacional de Creadores, otorgada por el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, entre 1993 y 1996. Y antes de pasar a la condición de libro —ese libro que encuentro por azar en uno de mis “depósitos” bibliográficos—, da pie a una exposición en la Biblioteca de México, allá por La Ciudadela, no lejos de la Secretaría de Gobernación y del mítico Café Havana (en una de cuyas mesas se reunían los conjurados a los que el buque Granma transportará a la Isla, camino Sierra Maestra, camino a la toma de la capital cubana).

Auto presentación y textos oficiales     

El fotógrafo se explica. 27 años llevaba integrando “la serie de retratos” de escritores, primero descubiertos en su obra y después en el trato personal (¡ah, aquella pequeña República Artística!). Con dos añadidos. Retratarlos en sus lugares cotidianos. El “diálogo silencioso de la mirada de ellos con la mía” (lo que remite a lo por mí planteado supra: el mirado que también mira, dialéctica visual).

Antes que las palabras del fotógrafo, la de los funcionarios. Rafael Tovar no participa, pero sí lo hacen, Gerardo Estrada, a la sazón Director General de Bellas Artes, y el amigo Rafael Vargas, en su carácter de Sub Director General de Biblioteca México. Tomando en cuenta la debilidad del sociólogo Estrada por los escritores, lo que lo llevará —funcionario de la Cancillería— a abrirles así por que sí las puertas de las Agregadurías Culturales en el extranjero, tuvieran o no una mínima experiencia político-administrativa; plan del que se benefició sobre todo la generación del Crack (¡pa´nombrecito!); no me sorprende esta frase digamos facilonga (¿o debo decir cursilona?):

“Seguir el rastro de nuestras letras es saber que nuestros escritores están vigentes, pues ahí sonríen, piensan, dudan, traman una acción, conciben quizá su próxima obra. ¿Cómo podemos desdeñar la posibilidad de que en ese instante se gestó una frase que luego resultó la seña de identidad de la obra de un autor?”

¡Atiza y re-a-tiza!

Por último, más conceptuoso, el escritor Vargas repara en la pregunta de dónde se encuentra el escritor, si en su escritura o en su imagen personal; la proliferación de la imagen del escritor en solapas, contraportadas, revistas; cita a Javier Marías quien a su vez repara en que los libros “nos resultan más ajenos e incomprensibles cuando no podemos echar un vistazo a las cabezas que los compusieron”; anota la inclusión del escritor en el círculo de celebridades formado por deportistas, por actores, por políticos (hoy hablaríamos de “celebs”, “influencers”, “blogeros”); recuerda(nos) que una “fotografía puede convertir a cualquiera en un payaso o en un demonio”; y, abiertamente declara al trabajo de Cuéllar de “estupendo”.

Sólo le faltó anotar, a mi juicio, a Rafael, que no poco contribuyó al estatus estelar del escritor, el Boom!. Oleada que incluso volvió figurones públicos a modestos profesores norteamericanos, estudiosos de la cuarteta Vargas Llosa (¿qué ya volvió a casar?), Fuentes, Cortázar y García Márquez.

 La Galería: primera sala, 1900-1909

Germán List Arzubide, Elías Nandino, Salvador Novo, Luis Cardoza y Aragón y Edmundo O’Gorman (historiador).

La Galería: segunda sala, 1910-1919

Octavio Paz, Juan Rulfo, Elena Garro, Carlos Illescas, Alí Chumacero, Juan José Arreola, Efraín Huerta, Edmundo Valadés, Fernando Benítez, Margarita Michelena, José Luis Martínez, José Revueltas, Roberto Cabral del Hoyo y Griselda Álvarez.

 La Galería: tercera sala, 1920-1929

Tropel: Emilio Carballido, Rubén Bonifaz Nuño, Rosario Castellanos, Emmanuel Carballo, Sergio Galindo, Tomás Segovia, Antonio Alatorre, Guadalupe Amor, Inés Arredondo, Ramón Xirau, Enrique González Rojo, Sergio Fernández, Jaime Sabines, Ricardo Garibay, Augusto Monterroso, Raúl Renán, Jaime García Terrés, Carlos Fuentes, Dolores Castro, Enriqueta Ochoa, Álvaro Mutis, Eduardo Lizalde.

 La Galería: cuarta sala, 1930-1939

Ídem: José Emilio Pacheco, Salvador Elizondo, María Luisa Mendoza, Margo Glantz, Carlos Monsiváis, Juan García Ponce, Julieta Campos, Fernando del Paso, Sergio Pitol, Francisco Cervantes, Elena Poniatowska, José de la Colina, Vicente Leñero, Juan Vicente Melo, Jaime Augusto Shelley, Beatriz Espejo, Arturo Azuela, Óscar Oliva, Eraclio Zepeda, Hugo Gutiérrez Vega, Guillermo Fernández, Juan Bañuelos, Gerardo de la Torre, Jaime Labastida y Hugo Argüelles.

 La Galería: última sala, 1940-1949

Ídem: Ángeles Mastreta, Francisco Hernández, Carlos Montemayor, Ignacio Solares, Elva Macías, Hernán Lara Zavala, María Luisa Puga, Gonzalo Celorio, Homero Aridjis, Gustavo Sainz, David Huerta, Jorge Ruiz Dueñas, Esther Seligson, Héctor Aguilar Camín, Federico Campbell, Daniel Leyva, Guadalupe Loaeza, Elsa Cross, Bárbara Jacobs, Silvia Molina, José Agustín, René Avilés Fabila, Salvador Castañeda, Felipe Garrido, Hugo Hiriart, Fernando Curiel, Alejandro Aura, Eugenio Aguirre, Guillermo Samperio, Paco Ignacio Taibo II, Marco Antonio Campos y Sealtiel Alatriste.

 Mis preferencias

Como se aprecia, en términos generales, la galería comprende las camadas que siguieron a la de Los Siete Sabios y de Contemporáneos, hasta toparse con La Onda; mi generación en lo cronológico, aunque con intereses diversos, salvo el gusto contracultural y la experimentación permanentes. Galería, hablo de mí, de filias y fobias, simpatías y diferencias. Y no me refiero (¡Dios me guarde y me asista!) a preferencias literarias, sino afectivas. Y para nada supeditadas, salvo la admiración o el desinterés. Larga es la lista. Pero opto por reducirme a cuatro de mi hornada, dos hombres y dos mujeres. El distante pero admirable José Agustín. El muy cercano Gustavo Sainz. Las entrañables Esther Seligson y Elsa Cross (con todo y que Elsa, en su recuerdo, recuento del arreoleano taller Mester, donde nos conocimos, ignore, omita, borre mi nombre).

Foto de Rogelio Cuéllar. Elsa Cross
Foto de Rogelio Cuéllar. Esther Seligson
Foto de Rogelio Cuéllar. Gustavo Sainz
Foto de Rogelio Cuéllar. José Agustín.

 

 Franca recomendación

Si usted posee El Rostro de las Letras, o se lo encuentra, re examínelo o, si es el caso, examínelo. Aportación a la pendiente Historia de la Literatura Mexicana del siglo XX, una de nuestras altas lumbres. Que, además, robustecerá una hipótesis impopular: la de que, a partir de la Post Revolución, El Estamento Intelectual desplaza a Campesinos, Obreros y Sectores Populares, los preferidos de la Revolución (y de su Novela, de su Corrido, de su Muralismo).

 Posdata: mi retrato

Foto de Rogelio Cuéllar. Fernando Curiel

¿Qué observó el retratista, al margen de la buena relación que guardábamos Cuéllar y yo, robustecida por mi cercanía profesional —sobre todo en mi época en Radio Universidad— con su pareja, la periodista y entrevistadora Elvira García? ¿Qué observaba el retratado, del retratista y de la circunstancia? Respecto a lo primero, tenía en claro —lo tengo— la valía fotográfica de Cuéllar, especialista en la “especie” —¿en extinción?— del “escritor”. En cuanto a la circunstancia, vivo yo una plenitud política, ya había sido distinguido con el “Villaurrutia” y el “Revueltas”, insistía en instalarme en las márgenes del lectorado; y reconozco el estilo, más esta ocasión de lado “dandy” que del lado “pachuco”, en que me debato. De acuerdo a la Tesis Estrada, se me fija ¿sonriendo, pensando, dudando, tramando una acción, concibiendo una próxima obra, gestando una seña de identidad? No. Lo indudable. Lo que hoy miro que me miraron, es una mezcla de escepticismo y perplejidad, a buen recaudo mi irónico humor negro, teñido una y otra vez de sarcasmo Como si en el momento del “shot”, el retrato oteara manifestaciones de tormenta. Un monstruo en cierne (tesis Vargas).

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