TURISMO CAPITALINO (II)

Foto. Octavio Olvera

TURISMO CAPITALINO (II)

Fernando Curiel

 

Uno. Amablemente, mi amigo Héctor Ibarra, el animador del programa cultural de Plaza Loreto (no olvidar que proyecto hubo de demoler la fábrica de papel de la familia Lenz, y ocupar el terreno para multifamiliares o estacionamiento de transporte público), me invita a estar presente en una reunión de trabajo, en el café Punta de Cielo, con dos artistas que le presentan diversos proyectos, entre de historia urbana y escénicos. Lluvia de ideas.

 

Foto: Octavio Olvera

 

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Dos. Una palabra, una región, un paisaje (flora, fauna, población) se impone: el Sur. Cauteloso, cuidadoso, meto mi cuchara.

Tres. Cuando al frente del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM (Coordinación de Humanidades), decidimos en equipo de colaboradores, las Jornadas Filológicas (especie de torneo de saberes, galas y problemáticas de las tres filologías en curso, la Hispánica, la Clásica y la Amerindia), irrumpieron nuevas fronteras cognitivas. La filología urbana, una de ellas.

 

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Cuatro. Se “leyó”, e intentó someter a filología (fijación del texto “base”), en sucesivas jornadas, al Centro y al Sur de la Ciudad de México, principalmente. Concurrencia, entre los colegas invitados, de físicos, geógrafos, historiadores.

Cinco. Si el Centro se mostraba por demás explorado, excavado, deslindado, mapeado (aunque verdadera revelación devino, reflexión del físico Marcos Mazari, aquella precolombina Isla de Los Perros a la postre sepultada por los suelos novohispanos, independientes, modernos y contemporáneos), no ocurría lo mismo con el Sur.

Seis. Simplifico: Tlalpan, Coyoacán, Churubusco, Chimalistac, los Copilcos (Alto y Bajo), Tizapán, San Ángel, El Pedregal, por citar los más evidentes. El Sur. Espacio virgen a las reflexiones integrales, y al turismo.

Foto: Octavio Olvera

Siete. En la prehistoria, Cuicuilco, el volcán Xitle y sus congéneres, El Ajusco. Vasto territorio que se fragmenta y, me temo, pierde identidad. En distintas Delegaciones Políticas (hoy, nostalgia novohispana, Alcaldías), puntos señalados. Vasta, a su vez, lista. En Tlalpan, su Centro. En Coyoacán, el atrio de San Juan Bautista mudado Plaza de Armas, en el que arranca Francisco Sosa, calle que traspuesto el puente de Panzacola (y su capilla), desemboca en la calle del Arenal.

Foto: Octavio Olvera

Siete. Calle del Arenal que lleva, a la izquierda, a Chimalistac, y por Chimalistac o a la Calle del Río (conserva sus puentes de piedra) o a La Bombilla, ahí donde cayó el cuerpo de Álvaro Obregón pero el arquitecto Santacilia levantó el monumento Art Decó que lo inmortaliza (ya sin el frasco de formol con el macabro brazo y la mano cuyo dedo apuntaba ¿también a Calles?). En cambio, por el Arenal, derecho, te esperan la Avenida de la Paz y, por esta avenida, San Ángel y su San Jacinto.

Foto: Octavio Olvera

Ocho. Si no es que, en Avenida Revolución, dobló uno a mano izquierda, en procura del Convento del Carmen y sus instalaciones. Y restan Tizapán y El Pedregal. Cuento de nunca acabar.

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Nueve. Quizá se pensó (hablo del inconsciente colectivo), que era suficiente, en lo académico, con la construcción en los 50’s, de la Ciudad Universitaria o, en lo comercial, con la apertura en los 70’s, de Perisur (y subsecuente desarrollo hotelero a la vera del Periférico). O con el Centro Hospitalario, O con el IFE (¡qué bueno que no prosperó el proyecto del complejo de edificios, que hubieran envidiado en Las Vegas!). O con el faraónico local del FCE. O con los ejemplos que a usted se le ocurran.

Doce. Y no, no es suficiente. Horizontal y transversalmente, extraordinaria es la riqueza geológica, antropológica, histórica, cultural, del Sur. No me quedó sino expresar los mejores votos del éxito al amigo Ibarra y al par de proponentes.

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