TURISMO CAPITALINO (I)

TURISMO CAPITALINO (I)

Fernando Curiel

¿Cómo rayos evitar la vista (que no visita) de la inútil, de la estúpida, Estela de Luz. Ese testimonio, imborrable (salvo demolición) y pasmoso, del fracaso abrumador de un régimen al que, mala pata, le tocan el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución? 

Uno. Un pasado sábado de abril, Ingrid Brena, Antonio Sierra y el que suscribe, veteranos ya en estas lides del turismo capitalino, recorrimos los dos Polancos (el Old y el New), Reforma hacia el Centro, y la Roma (asentamiento de origen porfiriano, al que, hasta donde sé, el fulgurante éxito del filme homónimo no le ha acarreado beneficio urbano alguno, pese al “Diablito” Político con el que “colgó” oportunista la Secretaría de Cultura del gobierno capitalino).

Dos. A diferencia de ocasiones anteriores, el programa consistía en que no había programa. Paseo al garete, a la buena de Dios.

Tres. En un café de la Plaza Carso, la contemplación del Museo Soumaya, a mi juicio, ya desplazado, en cuanto diseño, por el Museo Jumex; pese a deberse, el primero, a la escuela aerodinámica y, el segundo, a la fabril. Pero qué bueno que conviven en el mismo espacio. Ya familiar la programación del Soumaya, incluida “La Puerta del Infierno” del abundante Rodin, para la que prometía el Jumex, una muestra Deschamps, había que esperar a su inauguración.

Foto: Antonio Sierra

Cuatro. Por fortuna, en vez de una asomada, en Ejército Nacional, a la Plaza Ixca Cienfuegos, el de verdad inane homenaje a Carlos Fuentes de Vicente Rojo (lo siento, pero Gabriel Orozco no es el primer “plástico” al que el Poder, por sí y ante sí, le autoriza meter mano en el paisaje urbano de la Ciudad de México, el de Chapultepec para acabarla de amolar).

Foto: Antonio Sierra

Cinco. Decisiones las de este tipo que, juzgo, al margen de los méritos, reales o “mediáticos” del elegido, requeriría un verdadero consenso por meterse con nuestra identidad chilanga…

Seis. Decía que, ahorrándonos la irrelevante Plaza Ixca Cienfuegos, y tras un merodeo por el Viejo Polanco, incluido el Parque Lincoln, su restaurado foro Angela Peralta y su Reloj Italiano, invertimos jugoso tiempo en la Librería El Péndulo de la calle Rubén Darío. Repleto. En lo personal, sígueme pareciendo una de las más hermosas librerías de la capirucha, con su escenografía, parajes e ingenioso péndulo sujeto al techo.

Siete. Me doy el gusto anacrónico (¿decadente?) de una malteada de vainilla. Amén de temas de toda laya, cielo y tierra, la UNAM, lo habido y por haber, Ingrid recuerda sus tiempos en la colonia Irrigación y su paso por el colegio “México” de subida fama (me consta).  Antonio, que años ha, en este mismo sitio entrevistamos al entrañable Emmanuel Carballo, la mira puesta en la primera época de Revista Mexicana de Literatura, en la que él y Carlos Fuentes la hicieron de co-directores.

Ocho. Continuamos el recorrido sin itinerario. Imposible encontrar lugar para estacionarse en el Museo de Arte Moderno (y mucho se habla del poderío de los “viene viene”, entre los verdaderos dueños de nuestro espacio público). Lugar que ofrecía la muestra de un fotógrafo que ni para Antonio ni para mí, aquejados de “fotofilia”, familiar. Caballero de apellido.

Nueve.  Ocasión, sin embargo, de la memoria del Paseo de la Reforma. Por ejemplo, que residente yo en la cercana calle de Río Atoyac, me colé a la inauguración de un museo coetáneo y vecino del de arte contemporáneo, el de Antropología a Historia.

Diez. ¡Ah, año aquel de 1964! Juntos, el Ejecutivo Federal Adolfo López Mateos y el Secretario de Educación Pública Jaime Torres Bodet. La pareja que, en 1959, inventa la Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos, y se la encomiendan (ni más ni menos) a Martín Luis Guzmán. Ninguno de ellos, entre sí, compadres.

Once. Dígame el lector: ¿cómo rayos evitar la vista (que no visita) de la inútil, de la estúpida, Estela de Luz. Ese testimonio, imborrable (salvo demolición) y pasmoso, del fracaso abrumador de un régimen al que, mala pata, le tocan el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución?

Doce. El recorrido sabatino se recompone en la Colonia Roma, donde nací. Castigada a troche y a moche: modernizaciones, terremotos, Delegados (hoy, tributo a la nostalgia novohispana, muy Mancera, Alcaldes). Última morada (que recupera Carlos Slim) del amigo Guillermo Tovar de Teresa.

Trece. Merodeos. Tras recorrer, sin prisa, las librerías de viejo de la Avenida Álvaro Obregón (que en los 20’s del siglo XX, viera pasar a toda hora a Ramón López Velarde, hasta la noche que lo hirió de muerte una neumonía), y desechar o no encontrar algunos restaurantes in mente, elegimos, con fortuna, Rosseta. Antes, a las afueras de A través del espejo, Ingrid y yo disertamos sobre el padrecito Tiempo.

Catorce. Ya instalados en el demandado, de moda, restaurante, el palique se prolonga. Hasta que llega la hora de regresar al punto de partida, el Sur (tema de la próxima colaboración).

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