La revista francesa Plexus

 

Plexus

Por Elena Escalante Ruiz

 

Sospecho que pocos lectores conocen la revista francesa Plexus. Al parecer, su director, Alex Grall, buscaba hacer una revista con dos ingredientes primordiales: arte y erotismo. De esta combinación nació Plexus, una muestra del savoir fair parisino en la década de los sesenta.

Yo la descubrí hace muchos años hurgando en la biblioteca de mi casa. Recuerdo que me valí de una silla para alcanzar los doce tomos que, por estar vetados, suponía prometedores. Hoy escribo sobre Plexus por no dejar morir algunos recuerdos de mi infancia. Pero, sobre todo, porque encuentro un sinfín de referencias que celebran a una generación que transformó los códigos morales de su tiempo para siempre.

 

Plexus ofrecía magia, arte erótico…

Sus atractivas portadas son el preámbulo de una revista, hasta entonces, sin precedentes: Plexus, La revue qui décomplexe ofrecía magia, arte erótico, humor literario y gráfico. Todo esto gracias a la colaboración de escritores como Jacques Sternberg; del autor de Les nuits secrètes de Paris, Guy Breton; de Jean Chouquet y Lo Duca. Así como de renombrados fotógrafos, artistas y caricaturistas, cuyo trabajo constituía el ingrediente distintivo de la revista. Además de reportajes originales que acentuaban su atipicidad, en los que sobresalen los nombres de Jean-Paul Sartre, Yehuda Neiman y Henry Miller, entre otros.

A pesar de que hoy solo cuento con los primeros cinco ejemplares, de los 37 publicados por Editorial Planeta entre 1966 y 1970, encuentro una serie de artículos sui generis que muestran el enfoque y el humor tan característico de Plexus. Entre ellos destacan los que conforman la sección “Guía internacional de liberación emocional”: un catálogo para viajeros apasionados, compuesto de sugerencias y secretos underground sobre la vida nocturna en las principales ciudades del mundo.  El artículo dedicado a Nueva York propone “Greengwich Village = Montparnasse + Saint-Germain-des-Prés”, y ofrece consejos a sus lectores: “La mujer que ha decidido seducir puede sentirse un poco decepcionada si no le ofrece marihuana o una proyección de las últimas obras maestras del cine clandestino”.

El tercer ejemplar de Plexus dedica esta sección a la ciudad de Tokio: “El viajero aventurero no dejará de estar intrigado por las seductoras y lánguidas damas que, sentadas en sillas frente a puertas abiertas, parecen esperar a víctimas inocentes. Sobre estas puertas, se puede leer en inglés: ‘Estudio Desnudo’. Son auténticos pin-ups: por seis centavos de yen, alrededor de ocho francos, dos modelos se desnudan ante sus ojos y durante una hora se prestan a los juegos lascivos de un proyector. Sin embargo, no espere demasiado de estas sesiones, que son una de las innumerables caras del preámbulo amorfo japonés”.

La sección con el nombre “Carte Blanche à…” lo dice todo. En el segundo número de Plexus, y gracias a las fotografías de Jacques Prayer (fotografías que persistieron durante mucho tiempo en mi impresionable memoria infantil), aparece un happening de Alejandro Jodorowsky. Hoy me llama la atención que la puesta en escena se haya llevado a cabo el 24 de mayo de 1965, un año antes de la primer publicación Plexus. Cuatrocientas personas asistieron al entonces Centre américain de Paris, en Boulevard Raspail, para ver a Jodorowsky. Bernard Aubert lo describió como: “Un espectáculo fascinante donde el terror y la gratuidad, donde la indecencia y la morbilidad, la locura y la poesía, el terror y lo gratuito, tuvieron el placer de estallar en un espectáculo mucho más cercano a una ceremonia vudú que a la actuación, una especie de misa negra, confusa y sombría, burlesca y trágica, que pidió a los espectadores solo su estupor y no su participación activa. En resumen, un meteoro de fuego en la caldera caliente del teatro actual”. Curiosamente en el libro La danza de la realidad (Psicomagia y psicochamanismo) Alejandro Jodorowsky escribe que este evento fue en 1974: “Efímero pánico (París, 1974). Me someto a una tortura para desprenderme de mi narcisismo físico. La verdugo me da latigazos hasta ensangrentarme”.

En otros números de la revista, la sección “Carte Blanche à…” está dedicada a Dalí, Rita Renoir, Roland Topor y Clo Vanesco, por mencionar algunos nombres.

Un día me encontré con Jazz Bond, el cómic creado por Fernando Fusco para Plexus. En ese entonces yo era una asidua lectora de historietas (incluyo el inolvidable “Libro Vaquero”) y, gracias a Fusco, comencé a descifrar el francés. Su estilo me recuerda los cómics de Fantomas. La amenaza elegante. Paradójicamente Fusco fue guionista de películas western, aunque no tuvo nada que ver con el spaghetti western creado y desarrollado en Europa por sus paisanos. Fue productor de Bonanza y de muchas de las películas que pasaban en la tele los domingos de “Cine Permanencia Voluntaria”, en el Canal Cinco.

Mi abuelo era el suscriptor de Plexus. Los doce ejemplares que en un principio había en la biblioteca de mi casa coinciden con el año en que murió: 1968. Yo conocí a mi abuelo a través de sus lecturas y admito que cada día me cae mejor.

 

 

 

 

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