Una pausa de la realidad

Una pausa de la realidad

Enero 2019

Yuki Gudiño

Pausa. Lo único que quería desde agosto 2018 era una pausa de todo el barullo y tráfico de la ciudad, de todas mis responsabilidades universitarias y de todas mis actividades extracurriculares en general. Afortunadamente mi primo Eduardo y yo pudimos viajar a Vietnam y a Laos las primeras dos semanas de noviembre.

Un viaje es la situación perfecta para escaparte de tu propia realidad. Muchos opinan que un viaje te suspende sobre el tiempo y te permite —además de conocer otras culturas y encontrarte a ti mismo y demás cosas cliché— darte un respiro de la cotidianidad y la rutina. Un viaje es la pausa de tu propia vida.

Definitivamente, mi viaje no me decepcionó. Sin embargo, la reflexión en general de esta gran experiencia me ha llevado a matizar y reformular aquellas promesas tan atractivas de los viajes. Sobre todo, acerca de la suspensión o la pausa de la realidad.

Mi última escala, antes de llegar a Hanoi fue en Guangzhou, China. Durante las cuatro horas de espera, tuve la oportunidad de desacelerar y calmar mi estrés. Ya por fin estaba en esa pausa de la realidad que tanto anhelaba. Después de almorzar unos dumplings rellenos de carne de cerdo y sopa con unauno coca cola con rodaja de limón, me fui a sentar a la sala de espera. La sala era moderna, tenía un techo de casi 20 metros de altura, mucha luz, sillas de piel y una pequeña terraza completamente rejada para aquellos que ya no aguantaban sus ganas de fumar. La sala estaba casi vacía. Me senté en una silla y miré al techo. De repente, todo desapareció. Sólo estábamos el techo con diseños lineales y luces fluorescentes y yo. Mi única preocupación era mi propia respiración. En cierto sentido me suspendí de mi propia vida y del paso del tiempo —por lo menos hasta tomar mi vuelo a Hanoi.

Cuando llegué a Hanoi, lo primero que vi es que es una ciudad repleta de motos cuyas calles son angostas e irregulares. Mi primo y yo nos perdimos incontables veces. Además, los negocios y tiendas son infinitas, llenas de color y caóticas. La gente se sienta en bancos tan bajitos que, en realidad, no se sientan, sino que se ponen en cuclillas para que ‘al estilo francés’ se sienten (o se acuclillen) a la orilla de las calles a almorzar o tomar un café en lo que observan la locura urbana.

dos

Para aquellos que nunca hayan visitado Hanoi, les comento que una de las experiencias más locas y únicas es cruzar las calles de esta ciudad, en especial las calles del French Quarter. Cruzar estas calles me hicieron cambiar mi perspectiva acerca de la suspensión de la realidad durante las vacaciones. Para poder cruzar una calle en Hanoi, uno debe caminar lento pero seguro. Se busca un momento óptimo para comenzar y luego dejar que las motos te esquiven. En una situación tan loca y caótica como está el tiempo no se suspende. Al cruzar me di cuenta de que mi vida no estaba en pausa, sino que estaba realmente con vida, que el tiempo único y existente para mí lo marcaban mis pasos y las brisas de aire que las motos dejaban al esquivar mi cuerpo. Esa era mi realidad, esa era mi vida.

tres

Con esta nueva conciencia sobre la imparable continuidad de mi propia realidad, me propuse vivir el resto del viaje no como una pausa, sino como un clímax en la trama de mi realidad. Así pues, las caminatas intensas en la selva de Huay Xai, Laos, fueron la prueba perfecta. Eduardo y yo reservamos un tour llamado Gibbon Experience (muy recomendable) en el que se hace una caminata dentro de la selva, cuesta arriba, de tres a cuatro horas, tomar unas tirolesas y dormir en una casa de árbol. Esto no fue fácil. La única manera en que pude superar esta prueba física fue mediante una conciencia completa de mi respiración: qué manera tan explícita y fácil de comprobar que uno está vivo y que su realidad, en efecto, no está en pausa.

cuatro

En el momento en que me enfoqué en mi respiración, cada paso que daba en los caminos de lodo rojizo y a través de interminables cañas de bambú se fue, poco a poco, acoplando al ritmo de mi inhalación y exhalación. Los sonidos sutiles de la selva, las gotas de la lluvia que pegaban en las hojas de los árboles y los silbidos de las aves armonizaron con el ritmo de la caminata. Sólo estábamos la selva y yo. Mi vida en ese momento era la selva misma. Fue muy gratificante sentir esta fusión con la selva; yo era la que respiraba por ella y la selva me comprobaba mi propia vida a través de las hermosas vistas y sonidos que llegué a experimentar.

Lo que pude concluir de mi viaje es que el tiempo no para; las vidas no paran. Suspender el tiempo o la realidad mediante una ruptura en la rutina es una mera ilusión que frustra nuestras vidas. Lo que quiero decir es que a partir de esta concepción de tiempo sentimos la necesidad de poner en pausa nuestras vidas y escapar de ellas para luego regresar un poco renovados, pero siempre anhelando otra pausa. Siempre estamos viviendo y, aunque sea más fácil aprovechar la vida durante las vacaciones, si cambiamos nuestra percepción sobre el tiempo, quizás también podríamos aprovechar las rutinas y la cotidianeidad.

Deja un comentario