SEÑAS DE IDENTIDAD PUMA (III)

SEÑAS DE IDENTIDAD PUMA (III)

Una experiencia que se comparte

Fernando Curiel

 

Sinopsis

Para 2001, año de aparición de La Universidad en la calle, libro inscrito en mi Ensayismo universitario derivado de conflictos institucionales (1987, segundo CEU; 1999, mescolanza de auto invasiones e invasiones), el capítulo “La investigación investigada” arrojaba estos datos “duros”. Más del 50% de la investigación en el país, a cargo de la UNAM; 26 Institutos, 13 Centros y 8 Programas; planta que ascendía a 3,306 investigadores, ocupados en “una amplia gama de dominios cognitivos”.

Panorama el anterior al que debían añadirse tanto fondos como grupos especiales, en alusión a un financiamiento, que califiqué de “para presupuestal” de la investigación, que alentó “la constitución de grupos más multi que disciplinarios y asociados por el específico campo de conocimiento (polvoso o nuevo) sometido a concurso”. Amén de “bolsas” internacionales, dos eran las principales “cajas” locales. Fuera de la UNAM, la del CONACyT, y dentro de la UNAM, la del PAPITT (Dirección General de Asuntos del Personal Académico).

Quehaceres

Dos períodos, había rendido yo al frente del IIFL. En los que el instrumento Diagnóstico-Pronóstico, y la conformación de equipos de colaboradores comprometidos,  impulsaron lo mismo un programa editorial marcado por la actualización de las disciplinas filológicas directas y auxiliares, la edificación de la espectacular (sé lo que digo) Biblioteca Rubén Bonifaz Nuño y su no menos espectacular auditorio, y la realización anual de Jornadas Filológicas (inspiradas, no lo niego, en aquellos torneos del Medioevo en los que se exhibían avances y destrezas y, por qué no, galas).

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Eficaz lección de esos años fue la de concertar, colegiar, calendarizar, la participación (central, de subsistema, local), en proyectos cuya envergadura exigía la colaboración, la corresponsabilidad institucional. Únicamente a través de esta fórmula, pudo cumplirse, en tiempo, y plenas todas y cada una de sus partes, la construcción de la biblioteca Bonifaz Nuño. De especial significado fue el que la inaugurara el rector que aceptó impulsarla, José Sarukhán, bajo el argumento de que la biblioteca de las filologías fungía como su laboratorio; y la presencia del humanista impar que la bautizaba.

 

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Fórmula semejante, traducida en “Lo MACRO al servicio de lo MICRO”, había yo empleado como Sub Delegado de Cultura, en la aventura de la Delegación Política Venustiano Carranza, en la que, para nuestro contento, nos embarcara el amigo e ingeniero, y Delegado, Gerardo Ferrando. Fue así, por ejemplo, que “confiscamos”, por unas horas, con el auxilio de agentes y patrullas, tesoros pictóricos del MUNAL, para exhibirse a escolares en Venustiano Carranza, comentados por colegas del IIEs.

De igual manera se realizó en el vecino Archivo General de la Nación, a cargo de la historiadora Alejandra Toscano, con el entusiasta concurso de su colaboradora cercana Leonora Ortiz Monasterio, la exposición “Décadas de la Ciudad de México”, empezando por la de los 40’s. Para la que Carlos Monsiváis escribiera su legible y formidable ensayo “¿De qué se ríe el licenciado?” (el Lic. Miguel Alemán por supuesto).

El caso es que, para el momento de La Universidad en la calle, yo ya me afanaba en los trabajos alrededor de la Dirección de Divulgación de las Humanidades y las Ciencias Sociales, de la Coordinación de Humanidades.

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Proceso

Informaba yo, en “La investigación investigada”, que por lo que se refería a la investigación humanista (las disciplinas clásicas, las sociales y las de nuevo cuño), ésta solía periodizarse del modo siguiente: 1910-1930; 1930-1950; 1950-1970; y 1970-1990 (mientras que la científica obedecía, en vez de a períodos, a ciclos). Por mi parte, para ambos conocimientos, sin lugar a duda (duda razonable) pares en lo epistémico, diseñé un modelo que denominé Trazos. Y al que me permito remitir (páginas 129 a 147). Esta ocasión decido ocuparme, en exclusiva, de las Tendencias asimismo dibujadas.

Particular relevancia otorgué a algunos autores.

Según Ricardo Sánchez Puentes, la investigación puma, ha sido un proceso: diversificado (ritmos e intensidades variadas); diferenciado (vaya, condicionado por “los campos científicos”); histórico-social (pautado por avances, retrocesos, condicionantes); social (la sociedad como condicionante); y académico-político (en alusión a la capacidad negociadora de cada comunidad).

Aspecto este último, agrego ahora, que irá cobrando año con año mayor importancia.        Los autores de “Reconocimiento, encomio y defensa de las Humanidades”, ya lo adelanté, admitimos en la comunidad científica una forma de auto reproducción, lamentablemente escasa en la comunidad humanista. No sólo liderazgos, sino formación de cuadros, legado, espíritu de grupo. Forma de auto reproducción que se traduce en mayor, si no es que contundente, capacidad gestora. Tanto así, que el canon científico terminó por imponerse al interior del CONACyT.

En un artículo reciente, y en referencia a la polémica desatada alrededor del citado organismo, polémica a la que desde la UNAM contribuye el (digamos) “Manifiesto de los Cuatro”, Javier Flores apunta:

Pero todo lo anterior ha tenido una virtud, pues ha revelado un aspecto central de lo que puede ser una estrategia para fortalecer e impulsar decididamente a las ciencias sociales y a las humanidades en nuestro país, la cual tiene que pasar necesariamente por la recuperación de su autonomía. Eliminar las cadenas con que se les ha obligado a adoptar el modelo de las ciencias exactas y naturales. Eliminar los criterios de evaluación que obligan a publicar artículos en lugar de libros; que imponen el uso del inglés en lugar del español al examinar y enfrentar los problemas nacionales, y reconocer el valor del trabajo individual.

 

Incuestionable párrafo, aunque no exento de matices (2). En primer término, que la prelación es como sigue: Humanidades y Ciencias Sociales, en el entendido que son sus nupcias las que dotan a las Humanidades contemporáneas de su poderío, cognitivo y cultural. En segundo, que el trabajo colectivo humanista-con la forma predominante del Seminario- es inmejorable escuela de, a la par, liderazgos y cuadros.

 

Volvamos a La Universidad en la calle

Sánchez Puentes, además, fija cuatro modalidades a la investigación universitaria in toto:

  • la investigación que se vincula con la enseñanza;
  • la investigación básica;
  • la investigación aplicable; y
  • la investigación con propósitos tecnológicos.

Mientras a la primera la juzgaba novedosa (de los sesenta en adelante); a la segunda, permanente; a la tercera, dominante “en los últimos veinte años, como una consecuencia de la política explícita de la vinculación de la UNAM con la sociedad”; a la cuarta, la consideraba más o menos de nuevo cuño.

Para el específico subsistema de Humanidades y Ciencias Sociales traje a cuenta aquel 2001, a dos autores: Alejandro Canales y Humberto Muñoz. Para el primero, la investigación humanista, responde a “cuatro diferentes patrones de organización”, a saber:

  • por áreas de especialización:
  • por áreas de disciplinas, organizadas en periodos;
  • por áreas temáticas;
  • y por “centros y programas”.

Los patrones a), b) y c) correspondían a los Institutos, en tanto que el d), básicamente a los Centros. Ahora bien: al margen del patrón de organización, Canales enlistaba una serie de características dominantes a partir de 1930:

—-el avance de la intra y multidisciplina y de los programas sobre condiciones y problemas nacionales;

—-la puja por financiamiento por proyecto;

—-la integración de las tareas de investigación y de docencia;

—-la implantación de una “cultura institucional”;

—-la planeación y la evaluación colegiadas;

—-el logro de la representatividad de los investigadores.

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Humberto Muñoz, por su parte, en un documento a la sazón inédito, apuntaba que la investigación universitaria había pasado de la instalación de Institutos a Centros; predominando, en los primeros, la unidisciplina, y en los segundos la uni y multidisciplina; al tiempo que advertía “una época de cambios, los cuales habían partido de un conjunto de ideas acerca de la apertura académica de las disciplinas y de la necesidad de que interactúen los establecimientos o instituciones donde se cultivan”. Interacción e intersección, serían las notas dominantes. En otras palabras:

Si se me permite decirlo de manera llana, en esta época de la modernidad la producción de conocimiento científico ha venido borrando las diferencias y divergencias entre las ciencias naturales, las sociales y las humanidades. Hay un movimiento hacia la convergencia. A la entrada del milenio cada vez hay menos separación, más intersecciones disciplinaras obligadas por la naturaleza, complejidad y particularidad de los fenómenos que se estudian, por las propias preguntas que se hacen los investigadores, pero también por las necesidades de conocimiento que les plantea la realidad social.

Debo confesar que, en lo personal, y limitándome al campo de las humanidades, comulgaba con visiones como la citada, por razones varias. Mi propio desarrollo disciplinario, que pasaba por el derecho, la literatura y la historia. Una natural inclinación tendente a la multidisciplina, al punto de asimilar los quehaceres pumas de docencia, investigación y difusión. La experiencia de “interacción” e “intersección”, como investigador, representante y directivo, entre las tres filologías que daban sustento al Instituto de Investigaciones Filológicas.

No escasa prueba de tal enfoque, eran, en mis afanes, la fusión de letra e imagen, texto y contexto, arte y sociedad, literatura y ciudad. Múltiples sincronías y diacronías

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Anuncios del siglo XXI

A un cuarto autor, este foráneo, convoqué en La Universidad en la calle: M, Gibbons, para quién la Universidad, en cuanto institución, vivía un “periodo donde se le pide cambiar para cumplir con prioridades nacionales de una manera tan enfática, como pocas veces en su historia, lo que significa un nuevo pacto con la sociedad”.

Observación sobre la que en 2001 comenté lo siguiente:

Salvo una o dos ausencias, la radiografía tomada por Gibbon a la Universidad en general refleja a la mexicana —hablo de la pública— en particular. Menciono tres rasgos sobresalientes:

  1. el cambio social como condición y condicionante;
  2. el asunto de los “problemas nacionales”;
  3. y la revisión del pacto social.

¿A qué ausencias me refería?

  • el análisis de la UNAM real;
  • la revisión de la institución UNAM a la luz de la revolución informática y telemática;
  • derivado de lo anterior, el análisis del cambio interno;
  • el doble ámbito del nuevo pacto: interno y externo.

 

Dos cuestiones más

En el próximo y último capítulo de esta serie, me ocuparé de dos asuntos más considerados en La Universidad en la calle. Aludo a la reglamentación aplicable, en 2001, a la Coordinación de Humanidades, y a una encuesta sobre el estado de la investigación celebrada desde el IIFL, si bien no recuerdo con exactitud si antes o inmediatamente después de que reabriera la UNAM, al finalizar aquel dilatado (casi un año), inútil, “grillo”, infructuoso paro.

Dilatado, inútil, “grillo”, infructuoso paro. Al que, a su término, se respondió con dos digamos novedades en investigación.  Los Macro proyectos en humanidades y ciencias. Los Seminarios de Investigación sobre asuntos requeridos de enfoques multidisciplinarios.

(CONTINUARÁ)

 

 

 

 

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