Roma

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Roma

Rosana Curiel

Roma es un trabajo extraordinario, tiene muchas capas, la primera es que es un retrato impecable de 1970-71. Los que vivimos ya con dos gramos de conciencia en esa época podemos reconocer y recordar momentos en esas calles, el tipo de casas, la decoración y hasta los tranvías, pero más que la recreación visual, que es de una fidelidad asombrosa, impresiona la siguiente capa, más discreta, y es el retrato de las maneras, de las relaciones familiares y sociales. Los que vivimos en ese tiempo ubicamos de inmediato los códigos de las reuniones familiares, las comidas, los desayunos, las conversaciones, la convivencia tan perdida hoy en día; en fin, la vida cotidiana que es la que casi siempre pasa desapercibida porque generalmente buscamos las grandes hazañas, los eventos estrepitosos, la grandilocuencia, pero es justo en los detalles aparentemente insignificantes de la vida cotidiana, la poco glamorosa, la repetida, la que se va llenando de grises y de telarañas silenciosas; donde radica la riqueza y la hermosura de los momentos simples que solo quedan rondando en la memoria emocional: en los olores, en ciertos sonidos, en determinada comida, en algunas estaciones del año, en horas de lluvia, en silencios vespertinos, en algún rincón donde el sol entra por la ventana a cierta hora y calienta igual que décadas atrás.

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Hay también otra capa más sutil aún, y es el enorme respeto por los personajes, no me refiero solo al respeto entre y hacia ellos, el de las formas sociales, sino al que existe por las historias personales de cada uno, a sus maneras, a sus debilidades y aciertos, a su errática y conmovedora humanidad. Es una gran historia y un documento de época impresionante que no necesita explicaciones para ubicar los eventos. ¿Cómo logró el señor director que se viera el México que apenas hace 50 años (a muchos les sonará a prehistoria, pero en verdad es muy poco tiempo para la transformación tan radical que ha habido, digamos que el proceso colonizador va muy encarrerado) era tan rural aún, no sé, pero lo consiguió. Recrea el cine Ópera y el de las Américas (justo donde fue la función y hoy el auditorio Blackberry), y para los que nacieron en la era de los microcines actuales, que más parecen auditorios escolares, podrán darse cuenta de las dimensiones y el aforo que tenían los cines hasta para tres mil personas de una sentada, así como de la verbena que era la entrada y la salida de la función. En fin, una historia muy poderosa, con un personaje protagonista, Cleo, brutalmente conmovedor y adorable, siempre manteniéndose en una línea muy fina de contención dramática que consigue que uno no despegue la atención de la pantalla ni un instante. Véanla y si pueden véanla en pantalla grande. Todas las felicitaciones y respetos al maestro Alfonso Cuarón y a su equipo, cómplice de esta joya, particularmente Yalitzia Aparicio, quien sin haber sido actriz, hace un trabajo envidiable para muchos del gremio.

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