POSTALES GRIEGAS (IV)

 

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POSTALES GRIEGAS (IV)

Fernando Curiel

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ASESINOS EN MICENAS

Lo cuenta Leonard Cottrell, autor del libro básico El toro de Minos. Colaborador de la BBC de Londres, en 1951 arriba, por la noche, a una modesta posada a las afueras de Micenas; modestia que contradecía groseramente su rótulo, leído no sin esfuerzo: LA BELLE HÉLENE DE MENELAUS. No sin llamar varias veces a la rústica puerta, lo atiende una joven, su madre, su padre llamado Orestes y a todas luces encargado de la posada, y el hermano de éste, de nombre Agamenón. En la apenas iluminada mesa, le sirven una tortilla de huevos, queso, y vino resinoso (retzina). Todo exquisito.

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Después de la cena, Orestes le muestra a Cottrell, el libro de registros de LA BELLE HÉLENE DE MELENAUS. Grande es la sorpresa del visitante al encontrar, en la página correspondiente al año de 1942, año de la ocupación alemana de Grecia, los nombres autógrafos, de Hermann Goering, Heinrich Himmler y Joseph Goebbels. El trío de matones ideológicos, racistas hasta la médula, había viajado hasta el Valle de Argos, para honrar la memoria de su paisano Heinrich Schliemann, el instintivo arqueólogo que guiado por el Homero que hablaba en La Iliada, excavó —y por ende inventó— a Troya. ¿Pero, qué hacía aquella caterva malnacida, en Micenas y no lejos, por los Dardanelos, en el sitio de Troya?

Es que Schliemann, tras las huellas homéricas, esta vez de La Odisea, asimismo excavó el Valle de Argos. Y creerá haber descubierto la tumba de Agamenón, asesinado al regreso de los diez años del asedio de IIión, por su esposa, Clitemnestra, y su amante, Egisto.

Siglos después, yo, turista embobado, visitaré Argos.

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2

OFENSA, NO OFRENDA

 

Schliemann no merecía tamaño, siniestro, homenaje de sus malvados compatriotas. Renacimiento del pasado, no muerte de la vida presente, pudo ser su divisa. De su padre, guardará no sólo la impronta de un pastor protestante y alcohólico, desilusionado, libertino, sino la marca indeleble de otra obsesión que le inocula: la historia antigua, la griega señaladamente. Homero: Dios faro, lumbre imperecedera.

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Autodidacta, el alemán aprenderá lenguas numerosas —la lengua griega incluida por supuesto—, atesorará comerciante internacional talentoso una fabulosa fortuna, padecerá lustros un matrimonio desavenido; se divorciará y casará en segundas nupcias con una joven griega, Sofía Engastromenos, con la que compartirá llegado el momento, la aventura —a su entera costa— de localizar, y exhumar de su sepultura geológica, a Troya.

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Lo que prueba que la arqueología, antes que una ciencia exacta —como propalan algunos arqueólogos—, es una pasión histórica. Restitución al presente de un pasado inmemorial. Dato que se tiene por romántico, pero yo de realista, Schliemann engalana a Sofía su esposa con los collares y brazaletes, diademas, tiaras, que debieron haber portado las mujeres del Palacio del Rey Príamo, padre de Paris —raptor de Helena, un “socialité”  gigoló más en nuestro tiempo—, y Héctor, guerrero portentoso.

Obran fotografías.

 

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LA PIEDAD

 

Aquiles, aqueo, ha matado y deshonrado al troyano Héctor, arrastrando su cadáver atado a un carro como si fuera el cadáver de un perro. Ante el espectáculo, Troya supone su destrucción a manos de  los invasores, guiados por Agamenón. El Rey Príamo, su majestad por los suelos, se dirige a la tienda de Aquiles, y toma su mano para besarla; gesto al que le sobran las palabras que canta Homero: “llevar a mis labios la mano del hombre que mató a mi hijo”.

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Pese a la ira que aún lo consume, alimentada primero por el despojo que le infiere Agamenón al arrebatarle a su joven esclava Briseida, y después por la muerte de su amado Patroclo, infligida por Héctor, de quien se venga matándolo y vejando sus despojos… Aquiles se apacigua.

La valentía luctuosa de Príamo, y el recuerdo de su propio padre, invaden al terrible combatiente de misericordia. Llora, llora al parejo del anciano huérfano de Héctor. Le entrega —descoyuntado, herido muerto, cubierto de polvo— el cadáver de su hijo.

Y Troya, incendiada, caerá a la postre.

 

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ÁTICA

 

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Mi recuerdo toca, saborea, escucha, observa aquella luz primordial. Apoteosis de luz, Atenas, invencible de mármoles. Y tierra caliza propicia a las huellas de Dioses y Semi dioses, Héroes sobre humanos. Así fue, es, será, el Ática.

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5

Helena, llena eres de Grecia.

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