POSTALES GRIEGAS (III)

Afrodita 1

POSTALES GRIEGAS (III)

Fernando Curiel

 

PUERTO DEL PIREO

                                     Para Carla

 

Domingo turístico. Paso de la treintena y conozco, al fin, el Mediterráneo; sus aguas mitológicas, sus olas de respiración apenas agitada. Vengo de Atenas, “nomás tras lomita”, por los rumbos de Plaka, huésped privilegiado de los inolvidables Hugo y Lucinda Gutiérrez Vega. En alguno de estos parajes, para que todo comenzara, Cronos emascula a Urano, su progenitor; toma, parricida, los despojos, y los arroja al mar. Si bien pesadísimos como es de suponerse, en vez de hundirse, flotan sanguinolentos y germinan en espuma. De las espumas genitales, nace Afrodita. Desnuda, hermosa, fúlgida, floreal. Las olas, dóciles andas líquidas, la transportan primero a la Isla de Viera, después a Chipre y, para mi deleite, a esta mañana boticelliana.

Artemisa

 

MONTE CITERÓN

                                   Para Miguel Álvarez Gaxiola

 

No sólo a la Ninfa, a la Musa también se le persigue; maldición atribuible, me temo (conjeturo), al cazador Acteón. Tomo café y licor de anís en Onphalos, “zócalo” de Atenas. Imagino. En el Monte Citerón, del Valle Gargafie, precedido de una jauría, Citerón persigue tenaz a un jabalí. No sabe, ¿cómo carajos iba a saberlo presa al parejo del arco tensado y la adrenalina?, que se aproximaba a la Fuente de Partema, a la que finalmente arriba. Se sorprenden, Artemisa bañándose desnuda, y Citerón contemplando su desnudez. Contrariada, rodeada de Ninfas, la Diosa le arroja agua que lo convierte en un ciervo, pieza de caza, al que devoran sus propios perros. ¿No pasaba lo mismo (sigo imaginando), cuando la Literatura y la Pintura eran divinidades, con el texto que termina por devorar al escritor, y el lienzo al pintor?

Afrodita 2

 

 

ONPHALOS

                         Para Paula y Adrián

 

Nada me sorprende en estas tierras. Acababa de cambiar un cheque en uno de los bancos, que por ahí abundan. Hice cola. Delante de mí, Atenea, armada, luciente el casco, pero levitando. Las sandalias sujetas a las pantorrillas con una red de cintas, sin tocar, en momento alguno, el suelo. Y empleados y clientes como si nada.

Atenea

 

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