Todo empezó con una botella…

Todo empezó con una botella…

Rosana Curiel Defossé

 

Para Lupita, siempre…

 

Esta historia empezó hace muchos años cuando mi eterna, divertida y amorosa prima Lupita me regaló esta botella de vino…

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Me emocionó tanto ver nuestro apellido en esa etiqueta que corrí a comprar las únicas 4 botellas que encontré en La Europea y que atesoré con fervor; tres de ellas se compartieron en celebraciones con amigos pero a la última la cuidé tanto que cuando finalmente encontré la ocasión para abrirla, años después, ya había muerto; lo cual me confirmó que las cosas son para disfrutarse, usarlas, acabárselas y, en todo caso, matarlas uno mismo y no esperar a que mueran de abandono…

Entonces la curiosidad (que no estoy tan segura de que haya matado al gato) hizo lo propio y me puse a investigar acerca de ese vino. Descubrí que la bodega que lo producía estaba en un pequeño pueblo de unos 137 habitantes llamado Curiel de Duero, que está en la comarca de Campo de Peñafiel, en la provincia de Valladolid, dentro de la denominación de origen Ribera de Duero y a escasos 200 kilómetros de Madrid. ¡¿Por qué nunca me había enterado?!, y peor aún, ¡¿por qué nunca, en todas las vueltas a Madrid, había ido?! Empecé de nuevo a darle vueltas a las típicas y nada originales preguntas: “¿de dónde diablos vengo?, ¿por qué tengo estas manías?, ¿y la nariz de mi padre, de dónde la sacó?, ¿y mi acelere permanente?, ¿y los modales alcurniosos que me cuentan de mi abuela?”.

Como tenía claro que esas preguntas nadie las iba a responder porque no conozco parientes lo suficientemente viejos como para contarme ese cuento (o al menos no conozco a los Curieles que andan regados por Sinaloa y Jalisco y que al parecer se ocupan de su árbol genealógico muy puntualmente), decidí buscar por mi cuenta. Google Maps me ayudó a trazar la que sería la ruta de mi siguiente viaje a España, so pretexto de visitar al hijo y a la nieta que viven en Barcelona. Puse manos a la obra y empecé a dibujar en mi cabeza lo que sería el recorrido a Curiel de Duero, donde sin duda me avituallaría de varias botellas más; y así fue que 14 años después de haber recibido esa primera botella, mi hermana Gabriela, su nieta Valentina y yo, nos montamos en un avión para cruzar el Atlántico y lanzarnos a conocer el dichoso lugar.

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Madrid nos recibió con su acostumbrada chorcha y calidez pero sobre todo, con una comilona espectacular en Juana la loca, en el barrio de La Latina, recomendación de un colega madrileño que le agradeceré siempre. Esa noche dormimos lo más que pudimos para adaptarnos al horario y salimos al día siguiente muy temprano en el AVE a Barcelona, donde nos esperaban Alejandro, mi hijo fotógrafo que detesta que le tomen fotos y Tábatha, mi nieta, divertidísima y larguirucha a la que no veía desde hacía dos años.

Después de tres días en Barcelona recorriendo la ciudad sin parar y comiendo como si fuera lo último que haríamos en la vida, nos embarcamos 4 mujeres de 4 generaciones distintas, a las que Alejandro apodó “las urracas”, en la comodísima Opel que rentamos y tomamos carretera hacia nuestra primera parada: Curiel de Duero, para luego seguir al resto de la aventura que nos haría recorrer más de dos mil kilómetros en una semana.

Atravesar la región del Rioja y Rivera del Duero con los paisajes repletos de viñedos, de sembradíos inmensos de girasoles, de generadores de energía eólica y bodegas por todos lados, fue un privilegio indescriptible…

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…y aunque el GPS de pronto se despistaba y nos ponía de cabeza, pasadas algunas horas y sin mayores contratiempos nos fuimos acercando.

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Durante mis indagaciones previas sobre Curiel de Duero me enteré de que el castillo es el más antiguo de la provincia de Valladolid y que tuvo un pasado romano, como atestigua una moneda de cobre del emperador Arcadio que se encontró entre los restos arqueológicos, así como la inscripción que se encontró sobre la puerta de la fortaleza que decía: Hic Curules me fecere (Aquí me construyeron los Curules). Ahora la placa está adentro, en la recepción.

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Sin embargo, las primeras referencias documentales del poblado son de los años 1045 y 1065; el lugar fue cabecera de la Comunidad de Villa y Tierra de Curiel dentro del territorio llamado Extremadura Castellana. También se le conoció como Curiel de los Ajos porque los que se daban en la región eran espectaculares. Lo que nunca encontré fue por qué el nombre de Curiel, seguro existe la respuesta, pero eso habrá que indagarlo con más calma; lo que sí se sabe es que de ahí salieron muchos Curieles a poblar diferentes lugares, tanto de Europa como de América.

El lugar tiene dos castillos, “el de arriba”, recién mencionado y hoy convertido en el hotel Residencia Real del Castillo de Curiel, cuya restauración se inició en 2006 con un costo de unos 2 millones de euros y donde, por supuesto, nos hospedamos. Se construyó en el siglo XII, aún quedan restos de la muralla medieval que lo rodeaba y que tuvo cuatro puertas, de las que solo queda una en el barrio del Calvario y es el Arco de la puerta de la Magdalena, del siglo XIII.

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Castillo de Curiel. Las oquedades que se ven en la roca fueron eremitorios y pertenecieron a la Edad de Bronce y de Hierro.

 

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Entrada a la Residencia Real Castillo de Curiel.

 

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Al parecer el castillito −porque es pequeño en comparación con otros de la región, el Alcázar de Alfonso X, hoy Monasterio de San Pablo, en Peñafiel, por ejemplo, a unos 5 kilómetros de ahí− sirvió de dote de varias damas de fino pelaje, perdón, linaje; una de ellas fue la hermana de Ricardo Corazón de León, Leonor Plantagenet, en 1170; lo mismo que de la infanta Estefanía, hija de Alfonso IX. Mientras que Berenguela la Grande, hija de Leonor y madre de Fernando III, “El Santo”, fue la señora de Curiel y la artífice de la unión de Castilla y León… Pffff, ¡cuánta alcurnia y, sobre todo, cuánta herencia perdida! Lástima, Margarito.

Dos siglos más tarde, de 1311 a 1350, Alfonso XI de Castilla, “El Justiciero” se refugió en el castillo. Algunos años después, Diego de Castilla y Sandoval, hijo de Pedro el cruel y nieto de Alfonso XI fue encarcelado en el castillo por Enrique II. En 1358, Juan I cedió la villa con todo y castillo a Diego López de Zúñiga, Duque de Béjar, saliendo así de manos de la Corona. Él inició la construcción del Palacio de los Zúñiga (el castillo “de abajo”, del que apenas quedan algunas ruinas), que se terminó en 1410; sin embargo, éste corrió con menos suerte que “el de la familia” y alrededor de 1920 fue expoliado de todo lo valioso y quedó repartido a cachos por diferentes lugares, en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid se encuentra ahora parte de su decoración; en una finca particular de Torrelodones se montó el patio; el Alcázar de Segovia se quedó con un artesonado y otro más acabó en la California de los Uniteds. De lo poco que puede verse del Palacio de los Zúñiga, está la placa de la dedicatoria que Cervantes hizo en la primera parte del Quijote al Duque de Béjar.

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Cuenta la historia también que en el siglo XI, durante el reinado de Fernando I de León, Rodrigo Álvarez, abuelo materno del Cid Campeador, era tenente de Curiel, a la vez que de LunaTorremormojónMoradillo y Cellorigo. Poderosillo el señor…

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Vista de la villa desde el castillo.

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Después de instalarnos en el hotel, explorar el lugar y bromear un rato en las elegantísimas habitaciones del hotel, sintiéndonos realeza de mentiritas, nos fuimos a buscar la bodega “de la familia” que está justo a la entrada del pueblo, a unos cuantos pasos del Arco de la Magdalena.

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Cuando llegamos la puerta estaba cerrada, tocamos sin que nadie abriera; la sola idea de que estuvieran de vacaciones por ser verano me hizo sentir algo muy parecido a la famosa “patada dominguera” en el estómago, ¡no habíamos ido tan lejos para regresar sin una botella de vino que sólo allí podríamos conseguir! Así que tocamos y tocamos y tocamos… Nadie abrió. Cuando estábamos por volver con la derrota encima, vi un pequeño auto estacionado con la portezuela abierta en lo que parecía ser la cochera de la bodega, ahí estaba una chica dando de comer a unos gatos. Le pregunté si abrían y me dijo que la persona que atendía estaba de vacaciones y que ella trabajaba allí también pero sólo había ido a dar de comer a los felinos que rondan por el lugar y no llevaba consigo las llaves de la bodega, nos vio tan tristes que nos dio su teléfono para que le llamáramos al día siguiente tempranito, asegurando que iría a abrirnos. Le agradecimos pero nos fuimos un poco desoladas porque la idea original era salir temprano al día siguiente para continuar el recorrido hacia Oporto, pero así son los planes, sirven para nada y para lo mismo, lo que era un hecho es que definitivamente no nos iríamos de allí sin vino.

Resignadas, nos fuimos a recorrer el pueblo pero es tan pequeño que muy pronto estábamos de vuelta por el arco buscando la subida al castillo, entonces apareció Rosario, la muchacha alimentadora de gatos, haciéndonos señas; cuando nos acercamos nos dijo que por casualidad había encontrado las llaves y nos invitó a pasar a la pequeña bodega. Así son los planes, insisto…

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Bodegas Arco de Curiel.

El lugar era bastante acogedor y en apariencia pequeño, estábamos en las oficinas y en el área de etiquetado y embazado; pero nos contó que tienen naves subterráneas de crianza que no llegamos a conocer porque de ésas no tenía llaves.

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Nos platicó un poco sobre la empresa familiar que inició en 1998, y no, los dueños no se apellidan Curiel, solo le pusieron el nombre por el pueblo; eso sí nos afectó porque teníamos la esperanza de heredar aunque fuera una caja de corchos…

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Producen vinos de autor exclusivamente de uva Tempranillo que siembran y cosechan en las casi 35 hectáreas de viñedos propios a orillas del río Duero, en los términos de Bocos y Curiel de Duero.

Sus vinos han ganado reconocimientos importantes, como el Zarcillo de oro 2018 con el vino Previus de Neptis 2015, en el Concurso Internacional de Vino Premios Zarcillo 2018; La Gran Medalla de Oro en Concours Mondial de Bruxelles, en 2014; o La Medalla de Oro en el International Wine Challenge de Viena, en 2012.

 

Rosario, que claramente vive sin prisa, estaba muy feliz con la plática y la compañía, charlamos con ella al menos una hora, nos contó que es enóloga, tiene sus mini viñedos y produce su propio vino, como mucha de la gente de esa región. Le contamos la historia de la primera botella de Arco de Curiel y nuestro interés por conocer el lugar, entonces nos informó que estaban cambiando los diseños y que las nuevas etiquetas ya no incluirían el Curiel en ellas. Nos miramos con tal desilusión que ella, para compensarnos, sacó rollos de las diferentes etiquetas que han usado desde que empezaron a producir vino y nos regaló un montón de todas, incluida la que venía en esa primera botella que despertó mi tentación 14 años atrás; creo que le hacía gracia ese cuarteto de “urracas” paseando por rincones no tan visitados de España, bromeando todo el tiempo y emocionadas como niñas con juguete nuevo al ver su apellido en las etiquetas.

Compramos 12 botellas que se irán degustando a su debido tiempo y nos despedimos agradecidas y emocionadas, el objetivo se había cumplido, en parte gracias a esos gatos hambrientos a los que la curiosidad, afortunadamente, no mató.

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Esa noche las urracas cenamos convertidas en princesas en la Residencia Real del Castillo de Curiel y al otro día, ya con el hechizo roto, continuamos el camino que nos llevaría a Oporto, Galicia, Asturias, San Sebastián y algunos pueblitos franceses, pequeños paraísos que despiertan el malicioso deseo de quedarse a vivir en ellos.

La última parada fue en el micro pueblo del Pirineo francés Ax-les-Thermes, donde nos zambullimos en las aguas termales de los baños de Couloubret antes de volver a Barcelona a devolver nieta, despedirnos y volver a la realidad con grandes recuerdos y una gran zanahoria enfrente: empezar a planear el siguiente viaje.

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Cumplí mi deseo de conocer Curiel de Duero, fue un viaje que nos llenó de alegría, de placeres mundanos y más que necesarios, de nuevas experiencias, de carcajadas y momentos imborrables por los que habrá que brindar una y otra vez, ahora con una de estas botellas…

Y respecto a la eterna duda filosófica: “de dónde vengo”, al final nos preocupó un pepino, después de todo ¡qué más da!, si lo que importa es lo que hay en el presente, acompañarse de la mejor manera y sobre todo, agradecer cada instante de vida. ¡Salud!

 

 

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Las urracas brindando en San Sebastián con un delicioso Arco de Curiel.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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