Álbum familiar. Primeros pasos en la secundaria

Tuve el apodo de “Moñitos”. Me bautizó así la maestra de historia, Irma López Rosado, quien mostraba predilección por mí, por lo que al final de la clase, cuando ponía la calificación de conducta, mis compañeras me acercaban al escritorio, pues le rogaban que nos pusiera 10. “Lo que diga Moñitos”, decía la maestra.

 

Álbum familiar. Primeros pasos en la secundaria

Eréndira Anaya Martínez

 

Después de haber estudiado la escuela primaria en un plantel tan grande como el Centro Escolar Revolución, siempre con la sensación de ir de la mano de mi mamá, era tiempo de ir sola a la secundaria. En la primaria, mi mamá era maestra de quinto grado, y siempre que podía me integraba a su grupo como una alumna más o la esperaba para irnos juntas a la casa.

Para ingresar a la secundaria que pertenecía a la Escuela Nacional de Maestros, en la Calzada México-Tacuba, fuimos a sacar ficha para presentar el examen de admisión. Me impresionó mucho ver las dimensiones tan grandes del patio, con sus prados y la distribución de varios edificios con salones, una inmensa torre en el centro de dos edificios, una fuente larguísima en el centro de los prados, donde se encontraba una gran cabeza (Olmeca, esto lo supe después).

Con mis once años (1950) y mucho temor, acudí al examen que se efectuó en otro gran patio posterior al que ya había visto; estaba lleno de pupitres formados en largas filas y un profesor que por micrófono daba las instrucciones que eran supervisadas por muchos maestros distribuidos entre las filas para vigilar y explicar de cerca de las niñas aspirantes. Fue muy estresante esa experiencia, pues el profesor Ricardo García Zamudio dijo que si alguna de nosotras seguía escribiendo cuando él dijera “alto”, le sería recogido su examen.

Alumnas ENM

Durante las vacaciones previas se había instalado frente a mi casa la primera televisora de la ciudad: Televicentro; el edificio tenía acceso menor hacia Río de la Loza (donde yo vivía), pero la entrada general estaba sobre Avenida Chapultepec. Ahí me presenté porque en su inicio convocaron niños que quisieran presentar un problema personal para que, no sé si un jurado o el público, diera su veredicto. Yo defendía la idea de querer tocar el piano omitiendo la “introducción”, para ir directo al “tema” que se cantaba. Asistí a algunos ensayos del programa, pero en eso nos citaron en la Normal para conocer resultados de admisión.

Pasamos al Teatro al aire libre –que hoy todavía existe– y, por micrófono, empezaron a decir el nombre de cada niña que había sido aceptada. Comenzaron por el 1º “A”, e inmediatamente escuché mi apellido, Anaya, y tuve que caminar a todo lo largo del pasillo central hasta la primera banca de la izquierda, donde me indicaron sentarme. Fue muy emocionante ver formarse el grupo de niñas que habríamos de convivir por tantos años juntas; al terminar de integrarse cada grupo, 6 en total, sendos maestros nos condujeron hasta nuestro salón en el departamento de secundaria. Era el ala derecha de la Escuela Nacional de Maestros, que actualmente sigue en pie. Ahí había un gran salón llamado “Sor Juana”, en el centro. Todo daba sus ventanas a la Avenida de los Maestros.

Al ver tal formalidad en mi nueva escuela, mamá y yo fuimos a Televicentro para avisar que me retiraba de los ensayos del programa porque ya no podría asistir, pues por las tardes me dedicaría a hacer tareas escolares de diferentes materias. Ahí dije adiós a la televisión antes de haber debutado.

En esa época no llevábamos uniforme en la Normal. Un día nos entregaron hojas con tres diseños para que votáramos; días después recibimos los detalles del que resultó ganador y a partir de entonces fue obligatorio: falda y saco tipo bolero azul marino, blusa blanca de cuello redondo, zapatos negros y calcetines blancos. Para las niñas que repetíamos el mismo vestido varias veces a la semana, llevar uniforme fue un gran alivio que nos permitía no ser señaladas por las alumnas ricas. Por entonces supimos también que, aunque el patio no tenía límites físicos, no debíamos pasar al otro lado de la fuente o hacia el lado de la “profesional” o al de “educadoras”, pero mucho menos al departamento de varones.

Recuerdo que todo mundo elogiaba la sabiduría de los maestros que teníamos en aquella época, lo que pudimos ir constatando; recuerdo particularmente la sensación que daban de actuar todos de forma coordinada y respetuosa –no nos dábamos cuenta si es que tenían rencillas o divisiones entre ellos– y se coordinaban para los muchos concursos y actividades intergrupales que organizaban: ortografía, declamación, oratoria, etc.

Torre ENM

Cuidaban de nuestro lenguaje, hablado y escrito, y de los modales. Recuerdo que me tocaron llamadas de atención: de la maestra de Música, por cruzar la pierna; o cuando sí hice travesuras, como la de unos cucuruchos que inventé, en los que metía arañas cazadas en la hierba de los árboles del patio. Entraba al salón y metía el cucurucho en el portafolios de alguna compañera. Una vez llegó la maestra mientras mi compañera abría con curiosidad el cucurucho que yo le había metido; al abrirlo pegó un grito, a mí me dio risa y así me descubrieron.

Tuve el apodo de “Moñitos”. Me bautizó así la maestra de historia, Irma López Rosado, quien mostraba predilección por mí, por lo que al final de la clase, cuando ponía la calificación de conducta, mis compañeras me acercaban al escritorio, pues le rogaban que nos pusiera 10. “Lo que diga Moñitos”, decía la maestra; yo pensaba casi siempre que nos merecíamos 9, porque la verdad siempre platicábamos un poco, pero con timidez decía “pónganos 10”, y eso me hacía sentir muy consentida.

Una de las materias más difíciles era Biología. Cuando tuvimos el primer examen, el maestro nos llevó los resultados pidiendo al grupo que permaneciera de pie y sólo después de oír su calificación, cada una se podría sentar. Comenzó diciendo una lista larga de nombres y agregó “tienen 5”. Entre ellas, estaba yo. Luego mencionó a 3 o 4 y dijo “6” y quedó de pie sólo Irma Morales Ríos. El profesor dijo su nombre y agregó “7, la felicito”. Después vino un regaño muy grande para las demás, pero no tanto como el que me dio mi mamá, aparte de la paliza, que era muy acostumbrada en ese tiempo.

Como biología y yo no éramos afines, en tercer grado elegí matemáticas como optativa. Fui feliz durante dos clases, porque a la tercera nos avisaron que, por una comisión de la SEP, el maestro no podía continuar dando esa clase y nos habían distribuido en otras secciones, habiéndome tocado… ¡Biología!

Para festejar el santo de algún maestro, organizábamos, a sugerencia de otro maestro, un programa con recitaciones, palabras de felicitación, canciones y pieza al piano. Así le tocó a la maestra de historia y yo recité una poesía, probablemente “Guaja”, de Vicente Neyra. Como a los tres días la maestra me informó que se haría un homenaje a una maestra que se jubilaba, y me dijo “me permití anotarte en el programa, Eréndira; tienes que estar en el Teatro al aire libre tal día a tal hora”. Así lo hice, y me sentí honrada por la propuesta de mi maestra.

En todas las clases había un orden y disciplina rigurosos y sólo en la clase de Corte aprovechábamos el desorden que se armaba después del pase de lista, cuando podíamos andar por todo el salón para elaborar las plantillas con papel cartoncillo. Recorríamos hacia delante los pupitres, colgábamos los suéteres en los respaldos de las últimas bancas, y en lugar de hacer las plantillas, nos sentábamos en el piso a jugar matatena.

Pero estas diabluras forman parte de la época en que, en palomilla, emprendimos expediciones de reconocimiento de la escuela en que habríamos de pasar los siguientes seis años de nuestras vidas. Eso lo contaré en la entrega siguiente.

 

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