Adiós al verano

 

verano

21 de septiembre

Adiós al verano

El último viernes del verano es como despertar en Mérida en julio. Visto a mi hija de turista elegante visitando Capri y yo me disfrazo igual: falda voluptuosa a cuadros tipo años cincuenta, blusa blanca, pegada y corta, zapatillas de bailarina. Dejo mi cabello suelto. A pesar de mi ligero descuido corporal y cansancio crónico, intento sentirme hermosa y fresca. Nos vamos al parque de arena que está a unas cuadras de nuestra casa, el lugar es sinceramente hermoso, en medio del barrio italiano, flanqueado por calles arboladas y vecino a la Iglesia Anglicana de María Magdalena.

Está curiosamente vacío, a diferencia de los otros días de la semana donde abundan bebés que apenas comienzan a caminar, algunas madres, pero sobre todo nanas de origen filipino, quienes cuidan a los hijos de la gente ultra pudiente de esta ciudad y que usan el parque como su centro de reunión, mientras los niños, en su mayoría llenos de mocos, lloran constantemente por su atención. Hoy no tengo que suprimir mi constante, y lo sé, injusto juicio contra la dinámica de esas nanas con sus pupilos. El parque es sólo para nosotras.

Decido quitarme los zapatos y sentir la textura de la arena en mis pies mientras mi hija, por primera vez, decide tirarse completa pecho abajo a la arena y moverse en forma de estrella, “empanzando” completamente su cuerpo frontal. Por un momento me ataca el horror de la labor que será limpiarla pero inmediatamente me relajo y decido que en realidad es su derecho ensuciarse y explorar el mundo, así como es mi obligación dejar que lo haga. Al observarla me recuerdo como niña y la dinámica que existía entre mi madre y yo: por su parte la constante enseñanza de la cautela, y por la mía, una respuesta coherente de miedos. No quiero instaurar la perspectiva de tragedia en mi hija pero en papel de madre me reconozco igual de cuidadosa como lo es la mía.

La subo en el columpio especial para bebés, la echo por la resbaladilla sosteniéndola, la dejo explorar a regañadientes la cantidad de juguetes puercos, rotos y maltratados de uso comunitario que habita en el parque. La dejo agarrar casi de todo salvo lodo y basura, la cual sorprendentemente abunda debido a los adolescentes descuidados de las escuelas vecinas, que usan el parque para ir a fumar mota y comer fast food envuelta en papel encerado a la hora del almuerzo y porque como en todo parque, existen también esas prendas de ropa percudidas y olvidadas que no hacen más que echar a andar la imaginación más macabra sobre los eventos acontecidos en el espacio público no supervisado durante la oscuridad nocturna.

Llega otra madre con su hija y como es costumbre canadiense no nos damos ni el hola. Su dinámica es mucho más atrevida que la nuestra, su hija se tira clavados en la arena, su madre la revuelca como si fuera una pelota, la niña tiene los cachetes rojos por tanto sol y arena hasta en las orejas. La madre, de formas voluptuosas tirando más bien a jamonosas, resopla con cada esfuerzo. De nuevo, suprimo mi injusto y no solicitado juicio, ¿por qué no me concentro en mis propios defectos? que vaya Dios si son inagotables.

Pero el día es glorioso, mejor esforzarse en dejar de pensar, mantener la mente en blanco, dejar que el sol y el aire cálido nos invadan las venas, es literalmente el último día de verano, el pronóstico del tiempo confirma que al día siguiente ese Mérida se convertirá en Moscú y que el viento suave comenzará a subir de tono hasta convertirse en un tornado que volará por completo la estación de la luz y dejará a Toronto repleta de árboles caídos y a Ottawa, ciudad capital, en estado de emergencia.

P. Rivera.

 

 

 

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