AUTORRETRATOS (III)

AUTORRETRATOS (III)

Fernando Curiel

 Sinopsis. Reclamé, para el escritor, la técnica del autorretrato que consentimos al pintor. A los autorretratos de que está plagada la pintura occidental, los dividí en: reales, imaginarios, posibles e imposibles. Posibilidad e imposibilidad separados, apenas, por una débil línea. ¿Qué distingue, en verdad, al autorretrato del que no ha sido del autorretrato del que no será?

En esta última entrega de la serie, me ocupo de un autorretrato que ancla en la raya borrosa, porosa. Posible e imposible.

Primeros trazos.

Regresaba yo de mi larga estancia (¿fuga?) londinense, en el fuste del régimen desastroso de José López Portillo; a salvo, sin embargo, de la grisura y la mediocridad de su sucesor, Miguel de la Madrid (quién no conocerá las delicias del mando incuestionable sino hasta fungir como Director, un poco más y vitalicio, del Fondo de Cultura Económica, en la intimidad de un fastuoso edificio para su sustituta gloria construido).

1

Hora, la del regreso, mil usos para mí. Produzco programas para Radio Universidad, emisora que poco después dirigiré. Escribo Historietas para la revista Duda, de fantástico subtítulo (“Lo increíble es la verdad”), en una editorial ideada por el inolvidable Guillermo Mendizábal. Henrique González Casanova, decisivo amigo, me abre las puertas laborales de la UNAM, institución en la que, entre 1962 y 1966, cursé la carrera de Derecho.

Al mando de Julio Scherer, quién había congregado, en un periódico de cepa oficialista, a un destacado Círculo Rojo de incisivas plumas, Excélsior editaba la revista Plural de Octavio Paz y Revista de Revistas dirigida por Vicente Leñero. Renuente al pacto de sangre, al voto de obediencia, no me interesaba publicar en Plural. Acudí a Leñero con el proyecto de entrevistar morosamente a figuras mexicanas mayores; mayores por el paso del tiempo y el agotamiento de su tiempo protagónico.

2

En Londres, en el departamento de Diana Salvat, doña Guadalupe Marín, a la postre de un encuentro insospechado en que hicimos clic, me prometió, al regreso de ambos a la patria, hablarme de su existencia, pletórica, en el corazón de una agitación cultural inconcebible en el presente (presente todavía futuro: 1972, 1973). Vida la suya, marcada entre otros nombres próceres, por Diego Rivera y Jorge Cuesta.

3

En la conversación con Leñero, surgió, como pudieron surgir los nombres de Guadalupe Marín, Andrés Henestrosa, Alejandro Gómez Arias, etcétera, etcétera, el de Emilio “El Indio” Fernández.

El director de Flor Silvestre, pero asimismo Salón México; en la mitología hollywoodense, el modelo de la figurilla del “Óscar”; amigo que fuera de mi padre, también actor pero con mala estrella, del montón.

7

De niños, mi hermana Diana y yo solíamos jugar, en la casona de Coyoacán, con su hija, más o menos de la misma edad.

Siguen los trazos.

Busqué a Fernández telefónicamente. Me identifica. Acepta la entrevista de buen grado, y me indica el sitio en el que nos reuniríamos para calentar motores. El restaurante del almacén Liverpool, en la esquina de Insurgentes y de Félix Cuevas.

La misma esquina en la que, a través de los ventanales de un departamento del cuarto piso de la Cerrada de Félix Cuevas, me sorprendiera la irrupción tumultuaria, con su rector Javier Barros Sierra, de la marcha universitaria del 1° de agosto de 1968.

Aunque aún imponía la presencia atlética y bragada, mexicana, de don Emilio, advertí la indiferencia de los comensales. La supina ignorancia de que en unas mesas del restaurante con vistas a la plazuela en la que se montaba un árbol de navidad gigante, desayunaba, uno de los artífices del Cine Nacional en su Edad Dorada. Ganador y preferido, hasta que dejó de serlo, de los principales premios fílmicos europeos. Por qué no, nuestro Eisenstein.

Fueron dos, tres entrevistas. Puedo, nada me cuesta, darle vuelo a la imaginación. Hacer conciliar en el mismo sitio al “Indio” Fernández y a Luis Buñuel, mi vecino en la Cerrada de Félix Cuevas, e incluso colocar al director de Nazarín entre los espectadores que siguen la marcha puma ya adentrada en Félix Cuevas, y recibida desde los edificios con periódicos mudados confeti. O, nostálgico, evocar la perdida Avenida Félix Cuevas de aquellos años. Dos sentidos, camellón, tranvías, casonas neocoloniales con frontón.

Termino el autorretrato. Podría elucubrar. Pero lo cierto es que ignoro las circunstancias, el por qué de las circunstancias, que cancelaron mi proyecto periodístico de “Historia intelectual mexicana en la voz de sus protagonistas”. ¿Qué diablos lo frenó? Lo cierto es que no puedo atribuirlo, ni a Fernández ni a Leñero. Me temo, que a mí.

5

Idéntica suerte siguió la prometida larga conversación evocativa con Guadalupe Marín. Teóricamente, ella a sus anchas de bella y elegante provecta. Yo, treintón.

6

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