AUTORRETRATOS (II)

Confieso mi predilección por dos deportes en los que el cuerpo femenino se transfigura en la materia de su forma, forma en movimiento. El nado sincronizado (deleite de Poseidón), y el patinaje sobre hielo. Ambos más, mucho más que un ‘idioma sin palabras, en el que la mente debe doblegarse ante el instinto’.

 

AUTORRETRATOS (II)

Fernando Curiel

Me constriño esta ocasión a un solo autorretrato, en la lista de los virtuales posibles, no de los ya del todo imposibles (como el de compositor de danzones). Aludo a una clase de libro que podría (me gustaría) escribir.

Dada mi educación sentimental provinciana (Taxco, Guerrero), requiero, como al aire, a las vidas  ajenas, próximas y prójimas, del común y notables. Diario alimento narrativo más que a secas “chismográfico”. Lo cotidiano compartido.

Técnica de la ventana, la celosía, la banca de plaza pública y la mirada indiscretas. Sin excluir el adiestrado reojo.

Ya en la Ciudad de México, tan voraz, tan entrometida costumbre, terminó por toparse con pared. La gente menuda se tornó muchedumbre. Y, salvo contadas excepciones, los Notables, caricatura mediocre de la celebridad.

Ante la ausencia de verdaderas vidas ajenas me convertí en compulsivo lector de autobiografías y biografías, en primer término, y de epistolarios y memorias.

De Patti Smith, mi casi contemporánea, leí fascinado Éramos unos niños. Relato de su relación con el fotógrafo Mapplethorpe, que también prendió a mi hija Paula. Y acabo de despacharme de un tirón, dos a lo sumo, Devoción, extraño, singularísimo libro.

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Patti: compositora, poeta, dibujante, fotógrafa también; autora del himno “People have the power”, entre otros hits; co-equipera de Bob Dylan en clamorosa gira realizada en 1995. Mito de a devis, no a lo Áspid (del Paraíso Beatle) Yoko Ono.

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Devoción, extraño, singularísimo libro. En ni siquiera 120 páginas, la crónica de un regreso nostálgico a la Ciudad Luz, incluida las vistas a su casa editorial anfitriona, la legendaria Gallimard (y su jardín poblado de fantasmas literarios); un homenaje a Simone Weil, hasta dar con su tumba extranjera; otro a Albert Camus, hasta el punto de un viaje a Argelia; uno más, este parte del enigmático amor que Devoción atesora, a Rimbaud; una reflexión sobre la escritura; una ficción, sugerida por la realidad (¿y hay realidad más poderosa que la líquida del televisor?), que se intitula, justamente, Devoción; el difícil, desencantado regreso a Nueva York.

Sobre la historia imaginada por Patti, reza la publicidad de la contraportada del libro (Lumen, 2018):

Estamos en la habitación de un hotel de París. Patti Smith acaba de llegar e intenta conciliar el sueño, pero de repente se despierta, y la imagen de una joven patinadora en el televisor la emociona y anima a tomar el lápiz y a empezar a llenar folios. Arranca así un viaje a través de las palabras y esa criatura que antes se deslizaba por el hielo tiene ahora un nombre, una casa y una historia propia, que gira peligrosamente alrededor de una obsesión.

 Dejo a los lectores la pesquisa de la “obsesión” publicitada. Sólo anticipo la relación sexual y metafísica, que terminará con un disparo y el suicidio de la homicida, entre un hombre mayor, pudiente, anticuario por placer; y una jovencita de pasado terrible (el padre y la madre nativos de Estonia, víctimas de la anexión soviética, salvaje, de su país), y dotada de talentos académicos excepcionales, aunque ninguno de ellos sombra del que el definitiva la enciende (y a la postre mata): el de patinadora sobre hielo.

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De lo que quiero hablar (y apropiármelas) es de las esquirlas de hielo que estallan al paso volátil de la prodigiosa patinadora (Eugenia se llama, él la rebautiza Filadelfia), y que cristalizan en la prosa poética (y rockera) de la Smith.

Confieso mi predilección por dos deportes en los que el cuerpo femenino se transfigura en la materia de su forma, forma en movimiento. El nado sincronizado (deleite de Poseidón), y el patinaje sobre hielo. Ambos más, mucho más que un “idioma sin palabras, en el que la mente debe doblegarse ante el instinto”. Deporte sensual, cuerpos que se asoman a la eternidad imposible del instante. Si bien, temeridad y peligro, amenazan el patinaje.

 

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También me (re) apropio de la imagen de las cuchillas sobre el hielo, su efecto de lenguaje, escritura. Digo (re) a propio porque la reconocí en mi libro Navaja, que la actual administración del FCE se negó a reeditar a los veintitantos años de su salida, con argumentos ayunos de imaginación.

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En fin, aventura, formato vario, el de Devoción que me comprometo emular. Recomendación que transmití a mi entrañable Fernando Tola, recalado a hora y pico de Barcelona (ya desembarazada, conjeturo, del ataque reciente del nacionalismo elemental y narcisista culé).

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