Autorretratos

 

“Admito el hechizo maligno de la auto destrucción, senda más de una ocasión por mí emprendida”

AUTORRETRATOS

Fernando Curiel

Nota aclaratoria. El pintor se autorretrata una y otra vez, al modo realista o imaginario; cobra cuentas consigo mismo (el sólo paso de las existencia, sus realizaciones y posibilidades clausuradas). Y pintores hay que al retratar a otra persona, continúa autorretratándose. ¿Por qué negarle al escritor, ésta “técnica” obsesiva? Autorretratos escritos, fidedignos y virtuales.

1 Autoretrato Dalí

1

No llegué a ser el compositor de Danzones, esa música popular total, con que soñé. Apenas, su modesto bailarín. Los toques pachucos a los que soy proclive, la elegancia arrabalera, el sombrero con pluma, los zapatos bicolores y la larga cadena, son pálida sombra de una honda vocación jamás consumada.

2

Tampoco, envidiable don natural de mi tío Federico —hermano de mi padre—, de sus hijos y en una época de mis adoptivos paisanos guerrerenses, canté. También pálida sombra del intérprete FC, fueron mis partes cantadas —bajo la égida de la música costarricense Rocío Sáinz, de indeleble memoria—, cuando actor en la troupé de Héctor Mendoza, sobre todo en la obra de don Bertol Brecht, El alma buena de Sezuan. Al lado, entre quienes recuerdo, de Angelina Peláez, Claudia Millán y Julio Castillo. Mi debut y despedida estelar del teatro. Años 60’s del pasado siglo, Segunda Revuelta Cultural del Siglo XX Mexicano.

2 Federico Curiel

3

No caminé, pese a desearlo como máxima presea del gran andante que fui, el Camino de Santiago; por lo menos el último trecho antes de entrar, en mística fatiga, a la ciudad de Compostela.

4

No emulé (ambición desmedida) a Martín Luis Guzmán, quizá mi principal estilista de cabecera, en el relato de episodios capitalinos de la campesina Revolución Mexicana, tales como la entrada a la Ciudad de México del Madero triunfante, o de la Decena Trágica, que se inaugura ametrallando a su principal artífice, mi general Bernardo Reyes, señor padre de Rodolfo y Alfonso de los mismos apellidos.

4 Martín Luis Guzmán

5

Tampoco emulé al Carlos Fuentes de La muerte de Artemio Cruz. Fuentes, de quien entre burlas veras me creí destinado a heredarlo literariamente, y que junto con Alfonso Reyes (con dotes pero sin vocación política) y Octavio Paz (con dotes y vocación política), formará el trío de los mejor equipados para alzarse como Grandes de las Hispanoamericanas Letras. Debo aclarar que la novela de Fuentes la leí en medio de una peritonitis feroz, causa lo más seguro del delirio hereditario.

5 lamuerteartemio.jpg

6

Menos aun emulé a Luis Spota, Balzac del arribismo de nuestras clases medias (sólo le faltó, a fondo, su sector intelectual); arribismo, que al parejo que el “rastacuerismo”, la urbanización y la industrialización, confirieron los signos distintivos de la Post revolución. Agradezco de cualquier manera el parecer generoso de Elda Peralta, su bella y puntual biógrafa, de que, Manuscrito hallado en un portafolios (¡vaya título!), mi segunda y me temo postrer novela, se afiliaba a la formidable saga de don Luis: La costumbre del poder.

6 Luis Spota

7

No saldé cuantiosas deudas amorosas. Reconozco algunas. Ni las primitivamente eróticas con UF, una de mis nanas (condición que se prolongó hasta casi la adolescencia); ni la lópezvelardiana con GN, beldad municipal, mayor que yo y zaherida por una ruptura de esponsales; ni las posibles (¿por qué no?) con MV, talentosa actriz de hermosura polinesia; ni las imposibles (porque la vida es así), con mi Muchacha en sus treinta (cuyas iniciales me reservo), boca cautivante, corazón cómplice, co-razón de estos días levantados sobre ruinas.

7 muchacha.jpeg

8

Por un pelito, y en el juego briago de la suerte, y voy a dar al reparto de Los Caifanes, de no haber abandonado con no excesiva anticipación “las tablas”. Cercano a nuestro grupo teatral lo había sido Óscar Chávez, e integrantes suyos los fueron Sergio Jiménez y Eduardo López Rojas. Y algún curso compartí yo con la mismísima Julissa, ave de paso por la Escuela de Arte Dramático del INBA.

8 Oscar Los Caifanes

9

Admito el hechizo maligno de la auto destrucción, senda más de una ocasión por mí emprendida. Cuando leí Hacia rutas salvajes, reportaje de Jon Krakauer, volví a sentir el diabólico jalón. Historia real de de Christopher Johnson McCandless, hijo de una acomodada familia de Washington D.C., que resuelve no sólo “desclasarse”, negándose a seguir el destino prefabricado que le aguardaba al concluir sus estudios universitarios (novia oficial, una oficina, una familia, una casa en un suburbio, una vida vacía), sino que rompe toda conexión con sus padres, despedaza su tarjeta de crédito, dona a una ONG los 24,000 dólares de su cuenta bancaria, abandona con las llaves puestas su coche, y de auto stop vaga vagabundo por su país y Canadá. Para internarse en la inhóspita, “salvaje” Alaska (sin entrenamiento alguno para resistir el helado Infierno), y morir agazapado en un destartalado autobús urbano llegado a esos parajes quién sabe cómo. El Uno-Cuatro-Dos. Le llamo Tentación del Absoluto. O, mejor, Síndrome del Ángel Caído.

 

9 haciarutassalvajes.jpg

 

CONTINUARÁ

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