Crónica de una mente aterrada

 

paz paula

Crónica de una mente aterrada

 

En las noches, cuando tengo un par de horas para mí, veo compulsivamente la serie Jane de

         Virgin, la cual me llena de paz por el mundo emocional, cálido y perfecto que pinta; además del constante taco de ojo que es Justin Baldoni, quien hace el papel de mi honestamente amor platónico Rafael Solano. Pero durante el día, cuando tengo un par de minutos para mí, en lugar de escribir o leer material que inspire, me meto a Facebook donde curioseo y me deprimo con los posts de mis “amigos” quienes parecen siempre estar pasándola bomba, o dando lecciones de moral, civismo o gratitud.

En Toronto, en los dos últimos meses han pasado dos eventos de carácter espeluznante, de esos actos imbéciles e inexplicables. El primero fue el enfermo mental que arrolló, sin más, a una decena de peatones que vivían su vida tranquilamente, gracias a que no era popular con las mujeres, y el segundo, el asesino que se puso a balacear sin ton ni son a los comensales de Greek Town, quienes gozaban de una noche dominguera de verano, matando a una niña de 10 años, a una joven de 18 e hiriendo a una decena más. Sus motivos aún no se saben y aunque ISIS se hizo responsable del acto, la policía no ha corroborado esta versión. Aunado a esto, durante la primavera y el verano han habido vientos tan inesperados y veloces que provocan que cuando menos una vez por semana se caiga la mitad de un árbol gigante en calles vecinas, por lo que hasta caminar se ha vuelto una amenaza.

Hace mucho tiempo que el miedo no me invadía con tanta constancia, especialmente desde que vivo en Canadá, donde hasta antes de convertirme en madre nunca tuve temores de ser agredida, como los que vivía en México cotidianamente. En mi percepción comparada con la Ciudad de México Toronto era zen en todos los sentidos. Sin embargo, si soy honesta siempre, he sospechado que el experimento social que es esta ciudad, donde distintos colores y religiones de gente conviven día a día, es realmente un arma de doble filo. Por un lado cuando las cosas funcionan es realmente una utopía de tolerancia, en donde los prejuicios y temores no empañan la experiencia común de ser humano; pero por otro lado, siempre está el odio latente tanto de los que resienten que la promesa de haber cambiado de país no fue necesariamente el cuento de hadas que imaginaron y de los que, habiendo o nacido aquí o inmigrado en los años cincuenta, juzgan que, sobre todo aquellos de color de piel oscura, tengan los mismos derechos y oportunidades. Es decir la cosa es realmente complicada en estos lugares construidos y habitados básicamente por inmigrantes.

Desde que Trump está en el poder parece ser que se ha legitimizado el discurso discriminatorio y el odio en voz alta por lo que no hay día que pase en donde no escuche un comentario de odio, miedo o resentimiento. Me siento cansada y pesada, por momentos incluso sofocada ante la falta de fe, he perdido la capacidad de contarme las historias tranquilizadoras aunque absurdas, que me contaba de niña, como cuando escuchaba que el agua del mundo se iba a terminar y me calmaba la angustia diciéndome que bañarse no era tan importante y que la sed me la calmaría con jugo de naranja (mi mente de niña no relacionaba el agua con el crecimiento de naranjas). A mis casi 20 años de residencia en Canadá pienso, por momentos completamente convencida, que es tiempo de regresar a México, donde los problemas son miles pero quizá todavía de otra índole, aunque para que me hago tonta, el odio entre nosotros y por las mismas razones también es infinito.

Por eso veo compulsivamente y por cuarta vez consecutiva Jane The Virgin.

 P. Rivera

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