Motherhood vs Maternité

CRONICA 55

Motherhood vs Maternité

 

En Toronto hay un boom de bebés impresionante. De cada diez mujeres que veo en la calle, ocho están embarazadas o tienen un bebé, y de esas ocho, siete están de mal humor

 

Qué difícil es ser mamá. No por el inmensurable cariño y la eterna felicidad sino por el constante cuestionamiento personal y la falta de tiempo para “corregirse”. Ya no es mi momento, lo fue y de hecho me tomé muchos años para mí, para remediar el daño hecho. Pero no hay como ser madre para darse cuenta que uno no está del todo jodido por la labor de los padres, sino porque uno está hecho así. Muchas veces veo las rabietas que envuelven a mi nena y me doy cuenta que no es del todo mi hacer, sino que ella vino así, heredando cosas mías y de su padre y posiblemente de sus tatatatarabuelos, y que yo ni nadie podrá “corregir”, sólo apaciguar y guiar.

En Toronto hay un boom de bebés impresionante. De cada diez mujeres que veo en la calle, ocho están embarazadas o tienen un bebé, y de esas ocho, siete están de mal humor. La batalla de las carriolas es constante, como ahora son casi todas tamaño tanque de guerra, pues no caben dos por la acera, hay que aplicar el derecho de paso, pero ¿quién lo tiene? Cada madre siente que ella, son pocas y de verdad me sobran los dedos de una mano, para contar a las que cortésmente te dan el paso, o si se los das, te lo agradecen.

Toronto es una ciudad no sólo de “arrogancia por el espacio”, sino de ineptos sociales gracias a la cultura sajona fría. Aún no conozco a ninguna madre, mi hija no ha convivido con ninguna criatura y cada vez que voy al parque me siento insegura, pues la energía de las madres y de algunos padres es entre tímida, agresiva, ausente, personaje de Burbujas (es decir de animador) y de juez. Exagero, lo sé pero es gracias a las gotas pequeñas pero constantes de desesperación que siento por la necesidad de saber si lo estoy haciendo bien. La quijada pronto se me romperá por el rechinar de dientes nocturno y mis dedos, cuyas uñas siempre me he mordido, tienen ya llagas de Jesucristo.

Uno de los libros que últimamente he leído sobre paternidad es el de “Bringing up Bebe”, de Pamela Druckerman. Desafortunadamente creo que lo leí tarde, hubiera sido mejor descubrirlo aún embarazada, pues  algunas de mis decisiones parecen ser completamente equivocadas y esto sólo agrava el estado de mi quijada y dedos.

Esta mujer gringa universitaria, periodista y de clase media alta viviendo en París entre gente universitaria de clase media alta, habla de las diferencias gigantescas entre las costumbres americanas (es decir de  USA) y francesas (Parisinas para ser exactos) para disciplinar a los hijos.

En resumen, en América los niños son dioses insoportables que gobiernan a sus padres, mientras que en Francia son seres exploradores con paladares sofisticados, libres de jugar pero sólo dentro de los límites impuestos por la única autoridad que son los padres. En América hay una obsesión por no exponer a los niños a ningún tipo de dulce, por tenerlos en clases particulares de todo, por darles dietas especiales con snacks a cada momento y por ya sea dormir con ellos hasta que ellos lo decidan o dejarlos llorar miserablemente hasta que entiendan que han sido expulsados del paraíso.

En Francia se entiende que los dulces son inevitables, por lo tanto hay que darlos en dosis y momentos especiales, los niños deben exclusivamente jugar antes de imponerles el inevitable sentido adulto de competencia, deben de ser capaces de comer absolutamente de todo, incluidos quesos Roquefort y Camembert, sólo a horas específicas, y por último deben ser capaces de dormir solos y sin llorar desde los tres meses de edad. (En este último punto yo si ando terriblemente perdida).

Para una mexicana como yo, criada dentro de una familia universitaria de clase media alta, las ideas francesas suenan no sólo lógicas sino completamente familiares, sin embargo como no estoy rodeada por la cultura latina sino más bien gringo-inglesa (es decir canadiense), me sorprende ver que dudo hasta del sentido común. Antes de convertirme en madre me imaginé como disciplinaria, de hecho, nada más hay que ver a mi perro Jamones que es como un Lord, pero ya en la realidad materna a veces me tiemblan las piernas por el miedo a las cosas más cotidianas, como por ejemplo, que a mi nena no le vaya a gustar el guisado que le preparé y me lo vaya a escupir en la cara (cosa que por cierto nunca ha ocurrido). Entiendo perfectamente el miedo que los niños causan en los adultos, entiendo por qué en la escuela de pensamiento americana, ellos dominen. Constantemente hay que agarrarse los pantalones para poner límites y tal vez no sea por miedo en sí, sino por el cansancio tan profundo e interminable que involucra actuar como padre las 24 horas del día; es un experimento constante, aún a pesar de la existencia real de hábitos y horarios predecibles.

Me gustan las formas francesas pero me falta encontrar a las mamás francesas, juntarnos, comer baguette avec chocolat y observar a nuestras criaturitas desde el marco de límites impuestos por nosotras mesmas.

P. Rivera.

 

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