Álbum familiar. La vida y sus mudanzas   

 

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Álbum familiar.

La vida y sus mudanzas

Eréndira Anaya Martínez

Mi infancia transcurrió en una vecindad en Río de la Loza: 4 patios y 24 departamentos, más una portería; todas las casas eran de un solo piso. El zaguán de entrada era muy grande y dejaba ver un patio largo a cuyo fondo se veía, cerrando el patio, la portería. La casa número 5 ya pertenecía al segundo patio, y ahí era donde vivíamos. Eran “cuartos redondos” con piso de madera, techo altísimo de vigas que no se veían porque estaba velado por un “cielo raso”. La casa la componían dos recámaras, un comedor que tenía ventana al patio de la vecindad, una cocina que tenía entrada sólo por la azotehuela: era un cuarto pequeño, con una barra de cemento con hornillas para carbón. El baño era también un cuarto independiente y aunque tenía regadera, no conocíamos el bóiler. No había casa que no tuviera en la azotehuela sus macetas de barro y, de más lujo, eran macetas decoradas con pedacería de espejos.

Pasé mi primera infancia con mis papás y mi hermana; era muy sencillo ser feliz. La vida cotidiana era desayunar, peinarnos (mamá me peinaba las trenzas y me ponía los moños) y salir rápidamente para cruzar las dos calles que nos separaban del Centro Escolar Revolución. Cuando sonaba la campana, todas las niñas nos formábamos para que fueran dando avance a los grupos que estaban en orden. Las maestras se paraban frente a la plataforma; desde ese ambulatorio nos dominaban con la mirada. Con mucho esfuerzo, pero mamá siempre nos compró lo necesario para salir en los festivales.

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Al terminar el sexto, ya huérfana de padre, acudimos a unas oficinas de préstamos del ISSSTE, donde mi mamá se reencontró con una excompañera de la Normal; comenzaron a recordar viejos tiempos y hablaron del momento actual. Las dos habían quedado viudas y con hijos. Ella se llamaba Magdalena Russ; tenía un hijo que estudiaba en la facultad de Ingeniería de la UNAM. Cuando el funcionario del ISSSTE les respondió que necesitaban encontrar los terrenos adecuados al importe del préstamo hipotecario y además un ingeniero que aceptara pagos parciales directamente del ISSSTE según fuera avanzando la construcción, el hijo de la maestra se dedicó, en anuncios de periódicos y recorriendo las calles en bicicleta, a buscar terrenos adecuados por la zona sur de la Ciudad de México, que era la menos poblada. Finalmente llegó a la colonia Independencia, cerca del actual metro Nativitas, donde encontró la mitad de una cuadra sin construcción, por lo que se disponía de dos lotes juntos de 270 m2 cada uno. Cada terreno costó 15 mil pesos, pero había que dar un anticipo de 5 mil y conseguir un préstamo a corto plazo de 10 mil (aparte del hipotecario). Para llegar a los primeros 5 mil, mi mamá vendió los bienes usados de mayor valor: la pianola, la lavadora de rodillos (que ya era de segundo uso), las bicicletas, las colecciones El libro de oro de los niños y El tesoro de la juventud, y la máquina de coser Singer.

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Yo me aferré al piano cuando entró el comprador por él; me puse a tocar “Las golondrinas”, “El minueto” de Beethoven y me solté llorando. El señor, pacientemente, me dejó terminar, se acercó y tocándome los hombros, me dijo: “No llores, nena, los tiempos buenos son para los tiempos malos”. Dejé de llorar mientras trataba de entender esa expresión de acuerdo con lo que estaba aconteciendo, y se me quedó grabada para siempre esa frase, que he recordado en varios momentos de la vida.

Una vez conseguido también el préstamo hipotecario, estábamos felices al saber que el terreno ya era nuestro y aunque seguíamos viviendo en la vecindad (así duramos alrededor de un año) lo íbamos a ver todos los fines de semana pensando cómo sería la casa que se iba a construir ahí. Vimos desde los cimientos, cómo levantaron algunos castillos, cómo aunque sea en varillas había avanzado la construcción. Cada semana, cuando dábamos la vuelta en la esquina de la calle, para llegar a la mitad de la cuadra donde se ubicaba nuestra futura casa, nos cubríamos los ojos para no ver a distancia; sólo mirábamos el piso de la banqueta. Una vez que mamá nos decía “ya llegamos”, levantábamos la vista para asombrarnos, para conocer lo que los albañiles habían adelantado. Cuando ya iniciaron el segundo piso, subíamos por una escalera hecha con tablones largos y pequeñas tablitas atravesadas: todo era muy emocionante.

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La construcción sería de dos pisos, tres recámaras con clósets, una alcoba, cocina, un baño completo con tina arriba y medio baño abajo. Unas habitaciones tenían ventana al oriente y otras al poniente. Atrás, en el gran espacio que quedaba, mi mamá fue creando, poco a poco, un jardín con árboles frutales y, al fondo, unos polines con alambre para gallinero. El lavadero quedaba afuera de la construcción pegado a la cocina.

Nos tocó el terreno que no tenía vecinos; quedamos en una manzana prácticamente baldía y vimos cómo se fue poblando poco a poco. Recuerdo que un día nos amanecimos con la sorpresa de que, por afuera, a lo largo de los 27 metros de fondo de nuestra pared, alguien pintó “Vota por Henríquez para Presidente”.

Al cambiarnos, se transformó mi percepción de la vida, no sé si por el cambio de casa, de vecinos, de suerte o por la entrada de la juventud. Todo esto transcurrió terminando la secundaria y entrando al nivel profesional en la Escuela Nacional de Maestros, entre los años 1952 a 1953.

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