A un año

image2

A un año

Me hubiera gustado no tener tanto miedo los primeros meses de mi estreno como madre, pues a veces creo que no gocé a tope la delicia que fue estar pegada a mi hija día y noche. O quizá sólo extraño el placer, el olor, la belleza de esos días. Mucha gente me advirtió de lo rápido que pasa el tiempo y sí, el tiempo humano es corto. Un año es, efectivamente, una eternidad. De un animalito indefenso, incapaz de levantar su propia cabeza, eso sí, con un instinto incansable de succionar, en tan sólo doce meses mi hija se ha convertido en una persona, con gustos y disgustos, opiniones, y aunque sin poder todavía caminar de manera independiente o formar palabras, su claridad para comunicarse es perfecta. Ella es perfecta, de hecho, esa fue la palabra que me vino a la mente cuando salió de mi cuerpo y la vi por primera vez.

No habíamos decidido su nombre, y aunque durante mi embarazo nos inclinábamos por uno, fue al ver sus ojos enormes, vivos y curiosos cuando supe claramente cual le pertenecía. Su nacimiento lo recuerdo como poético, pues en el último esfuerzo, con ese dolor ardiente que pensé me partiría en dos, olí naranjas. Mi Dula, quien durante el parto me frotaba con aceite de lavanda y me daba no sé qué tantos chochos para el dolor, guardó para el último momento el truco efectivo e inteligente de darme a oler la esencia cítrica dulce que no sólo me distrajo, sino que fijó en mi mente un sello de felicidad indeleble. Mi parto fue natural, sin medicina alguna, salvo la homeopática que me administraba la Dula, pero tuve que pelearme con todo el equipo médico que insistía en someterme y en asustarme. Afortunadamente todo salió bien y nunca he sentido éxtasis tal como cuando por fin la tuve en mis brazos.

Ahora que sé el inmenso placer que para mí ha significado convertirme en madre, pienso que me hubiera gustado tener hijos más joven, rodeada de familia y de gente viviendo un momento similar al mío, pues tal vez así no me invadiría la duda con cada decisión que tomo. La responsabilidad es más que grande, es toda, y aunque es algo que he sentido de manera similar en otros momentos de la vida, nunca con tal intensidad. Lo mismo con el cansancio, pero sobre todo, con el amor, el cual he profesado antes, pero sin la ahora convicción de que es eterno, de que no se diluirá, por el contrario, crecerá. Ella es la prueba del milagro, del infinito.

La tuve cuarentona y en Canadá, sin familia, salvo su padre, claro, y con las amigas en otro momento; sin embargo, si soy sincera, lo que en realidad me atormenta día a día es la idea que he escuchado de que “los hijos arraigan”. Llevo cultivando por casi 20 años una política aislacionista; el no pertenecer me ha protegido de un dolor, que aunque no sé si es profundo o superficial, desarrollado desde el principio de la aventura canadiense o con las constantes desilusiones de saberme inmigrante, me ha también definido. Es obvio que no quiero transmitir a mi hija mis inseguridades y hábitos como el de nunca sanar desencantos, pero quizá es momento de por fin enlodarme en la tierra canadiense, de admitir que necesito gente, ayuda, alegría… pertenecer. O quizá sólo deba reconocer que no cambiaré, que para mí ya es tarde, pero confiar en que ella tendrá su aventura propia, que verá a sus dos países de manera certera y tranquila, como una verdadera ciudadana de mundo, como el ser perfecto que es en el sentido imperfecto de la maravillosa vida.

P. Rivera

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s