AMÉRICA MÍA, el hímnico latir de Alicia Reyes

AMÉRICA MÍA, el hímnico latir de Alicia Reyes

Fernando Corona

 

Alicia Reyes y Fernando Corona

Hay poemas que por sí mismos, más allá de las palabras y los giros, por encima de los metros y las rimas, lejos de mecanismos y retóricas, al centro de su corazón que es el impulso, comprenden el grito libertario o lamentatorio (o ambas cosas a la vez) de un gran himno. Y la mano que guía las palabras para ser, si no cantadas, al menos repetidas, no es la del intelectual ni la del vate: es la del denunciante.

Hay ahí un ser de compromiso que no se basta a sí mismo con cantar las viejas coplas o entonar los nuevos ritmos. Los hechos del entorno le suscitan voces. Comprende, como Longino, que lo sensible es el eco de un espíritu noble y entonces no puede callar, no acepta quedarse a mascullar a solas las angustias. Es por ello que abre el pecho y los labios para hablar y compartir, para rascar el alma.

Alicia Reyes se duele por un extenso territorio. Proclama en el rótulo de su himno un título de propiedad que no es proclama de conquista ni de exclusividad, sino de participación y colectividad. América mía es el resumen, la esencia, el nervio de ese curso de palabras que desean impedir la diseminación de un sentido de pertenencia a un lugar inmenso que significa el pulso de cada una de sus grietas.

El poema tiene además dedicatoria al creador de otro himno, la Suave patria. Alicia y Ramón comprenden que no sólo se canta por lo íntimo, sino un sentido de participación humana se desprende del propio ser para integrarse a otros.

La autora no tiene más encomienda emotiva que decir por quién,  por qué está desnudando el sentimiento: “Por esta América mía que está triste”. Comparte los dolores que penden de un territorio, sus destinos, sus resignaciones, sus silencios. Y al final de tanta evocación a esa América por la que canta, sólo cabe el sitio para el impulso combativo que es el alistarse en la misma causa.

En esta América de siglo xxi que está partida y derruida a trazos, que está lejos de los presagios, bautismos y destinos a que la consagró el abuelo Reyes,  que se hermana y no supera los lamentos del Canto general de Neruda y que entre tumbos y sornas se sostiene entre los titanes imperiales y hegemónicos que la rodean y subyugan, el canto de Alicia es una fragua y un pozo de agua fresca: quienes lo oyen pueden insertar ahí su acero para que cobre forma y fuego, como también pueden ahondar su vaso para llevarse un sorbo de reposo y seguir la ruta.

Alicia canta por nosotros hermanando bailes, paisajes y faunas. En ella hay un solo ser que se refleja en los que se saben América. El canto es himno, ya lo dije, pero ante todo es esperanza de que la flor, el germen, la semilla y la gota, la tierra misma se reproduzcan y vivan de nuevo el viejo sueño. Y en ello está latente la ceremonia, como en los ancestrales ritos desde México hasta Patagonia.

No es una lucha de naciones, no es la unificación política de territorios, no es una causa bélica lo que dicta a nuestra poeta el deseo de un mundo-amor en el amor que es mundo. La causa es el niño que no come y el  indio resignado en todas partes, la lágrima que pide estar en paz y no ver más chozas deshechas. Y el triunfo de este himno es la esperanza que reúne y hermana, es la ceremonia que repite el rito arcaico por más vestidos que vengamos de presente. América es el latido múltiple desde el epicentro que es el México de Reyes, de la estirpe Reyes.

Alicia Reyes, Fernando Corona y Alejandro Mejía

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