VILLA OLÍMPICA

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AGENDA URBANA/ VILLA OLÍMPICA

Fernando Curiel

Capítulo I

Llevan, apenas, año y medio de casados. Él le dio el anillo de compromiso en Puerto Escondido, en viaje de amigos. Habían encendido una hoguera en la playa frontera al hotel, cuyas cabañas ocupaban desde la víspera. La botella de mezcal, bebida de moda, adquirida por la tarde en la boutique del propio hotel, circulaba de mano en mano. Más que prevención, les causó risa la marca: Mortaja, contradicho el lema con unas catrinas en pleno jolgorio. Escanciaban el líquido un tanto oscuro en vasitos de plástico. En el diminuto pero potente porta-CD’s, sonaba el saxo de Gato Barbieri. Ya llevaban Cynthia y Arturo dos años de novios, pero sin acostarse. Contra el dictado de los tiempos, ella guardaba su virginidad como el verdadero regalo nupcial.

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El uno para el otro. Arturo acabó una maestría en Mercadotecnia, on line. Cynthia, hija única, estaba por abandonar la Licenciatura en Geografía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, cursada sin vocación auténtica, más por halagar a su padre, investigador en el Instituto de Geografía de la misma casa de estudios, instituto del que había sido el más joven de sus Directores en el primero de sus dos periodos. La hija nunca dudó, desde que se conocieron haciendo cola en el Starbuck de Perisur, que Arturo era el hombre de su vida.

Al calor del fuego de los leños, en medio de una noche de ensueño, rumorosa la Mar Pacífica, Arturo golpeó con su encendedor de metal Zippo el cristal de la botella para llamar la atención del pequeño grupo. La pareja ya casada de Saman y Enrique, solteros todavía Cynthia y el propio Arturo, y sin pareja, Maruja, la mejor amiga desde la infancia de Cynthia, y Pancho, a su vez el gran “brother” de Arturo. Los demás quizá lo olvidarían, pero no Cynthia. Barbieri se ensimismaba en la pieza “Europa”.

Conseguida la atención del grupo, Arturo se puso de pie y del bolsillo derecho de sus bermudas floreadas extrajo una pequeña caja, y de la caja un anillo que fulguró en la noche, chispa de oro. Giró en dirección de Cynthia, a su lado, y le prometió frente a Saman, Enrique, Maruja y Pancho, el Paraíso si ella aceptaba acompañarlo.

Dijo que sí.

 

Capítulo II     

La compartida buena nueva se festejó hasta la madrugada. Pronto apareció una segunda botella de Mortaja. Saman y Quique fueron los primeros en retirarse a su cabaña. Los siguieron Maruja y Pancho, ella a la que compartía con Cynthia, y él a la que compartía con Arturo. Había sido una sorpresa para todos, secreto bien guardado, tanto que el anillo requería un pequeño arreglo, cosa de nada, para ajustarse como un guante al dedo de la, a partir de esa noche, formal prometida (preguntarle a Maruca el exacto número de su amiga, hubiera descubierto “el peine”). Cynthia y Arturo aguardaron a la salida del sol, tendidos en la cálida playa, acariciándose, besándose, diciéndose ternezas boca a boca, al oído. Ella permitió, al amparo de la oscuridad apenas resonante de olas, que le besara los senos. Hacia las ocho de la mañana se pusieron de pie, se sacudieron la arena, y él la acompañó a la cabaña en la que Maruja medio dormida esperaba ávida de noticias.

líneasCapítulo III

Se casaron siete meses después. Arturo ingresó al área de compras de una poderosa tienda departamental y los padres de Cynthia le rentaron al yerno —cantidad simbólica— el departamento de Villa Olímpica en el que los suegros vivieron hasta que se mudaron a una casa en San José Insurgentes. La luna de miel, inolvidable segundo a segundo, la pasó la joven pareja en Los Cabos. Cynthia ofrendó, la primera noche, su himen, preciado, exquisito presente nupcial.

En breve, Maruja y Pancho siguieron, cada uno por su lado, sus pasos. Impetuosa e inapelable se impuso a Cynthia y Arturo la vida de todos los días. Arturo, atareadísimo, ambicionando una Gerencia, en un centro comercial por la zona sur. Cynthia en el departamento, revelándose insospechada cocinera, decoradora, administradora. Fines de semana de salas de cine, Cinépolis sobre todo pero también Cinemanía, teatro, el cabaret de la calle Madrid en Coyoacán. Las respectivas parejas de Maruja y Pancho se integraron al grupo. Pero Saman y El Quique, se retiraron sin que mediara ni conflicto ni explicación alguna (¿lo Señora que se volvió Cynthia? ¿los tufos de Alto Ejecutivo que adoptó Arturo?). Infaltables comidas quincenales en San José Insurgentes con los padres de Cynthia; viuda, la madre de Arturo se había mudado a Toluca, donde la visitaban cada viernes y San Juan. Nuevos amigos del entorno de Arturo, aunque separados del grupo original. El Paraíso prometido la sorpresiva noche de Puerto Escondido.

 

Capítulo final

Esa noche hicieron el amor, aunque de modo un tanto rutinario. Hacia la una de la madrugada, Arturo se dirigió al baño, encendió la luz y levantó las dos tapas del wáter, orinó pensando en la siguiente maniobra para escalar a la Gerencia de Ventas. Medio dormida, Cynthia le había recordado un tanto admonitoria que no se olvidará bajar la tapa de horquilla, dejando sólo la superior levantada. Serían las cuatro cuando ella entró al baño, a oscuras; se dejó caer, confiada. Casi salta. La empapada humedad, sumada al frío del borde de la taza, le desató una mezcla de emociones, encontradas incontrolables: furia, tristeza, aflicción. Estúpido detalle, el olvido ya reiterado de Arturo, desconsiderado, macho, borró uno de sus orgullos, el perfecto, monísimo arreglo del baño anejo a la recámara matrimonial: los cuadros con fotos antiguas del Pedregal y primeras excavaciones en la pirámide de Cuicuilco, las abullonadas toallas, el armonioso kit con jabonera y vasija para cepillos de dientes, la charola de bambú con el juego de lociones. También, acongojándola, la asaltó la última conversación con su marido sobre el primer bebé, que ella deseaba, con toda la fuerza de un instinto maternal que recién se descubría, fuera el primero de cinco, seis. Arturo concedió, a todas luces contrariado, falto de idéntico deseo, un solo hijo; advirtiéndole que ella, con tanto tiempo libre mientras él se partía el lomo en su trabajo, combatía con un cardumen de tiburones que querían la misma presa, se ocuparía de su crianza.

Cynthia regresó a la recámara a pasos lentos, abatida, sombría y se metió a la cama como a una tumba fresca.

 

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