Encrucijadas

Versión 2
Foto: Octavio Olvera Hernández

Encrucijadas

Hay momentos en la vida que son encrucijadas donde el corazón y la razón se confunden, donde no se sabe muy bien cuál de los dos es el que pide a la vida un cambio que parece lógico, sin embargo, en caso de hacerlo, sería no sólo drástico sino también desgarrador, pero la opción de continuar con el camino andado, escogido, parece equivocada. Esto me ha pasado varias veces, no me acuerdo de todas, pero de una lo hago perfectamente y fue cuando, después de seis años de vivir en Vancouver y de un año casada con un personaje canadiense singular, una visita de mi padre me hizo entender y expresar con llanto inconsolable, que ya no quería seguir en esa vida.

A este hombre lo conocí mientras estudiaba actuación. Él era un disque director que había tenido un pequeño golpe de suerte en un festival independiente gringo con un corto escrito y dirigido por él. Me deslumbró su potencial, teníamos la misma edad y me imaginé una relación de colaboración artística y personal profunda. Situación con la que siempre había soñado.

Tristemente no fue así pues ya desde antes de casarnos se estableció una rutina podrida entre nosotros. Él me vio como la gallina de los huevos de oro, pues mis padres apoyaban  económicamente mis estudios y vida canadiense, y yo lo vi como mi tabla se salvación para poder quedarme legalmente en el país.  Así, al mes de comenzar a vivir juntos, el tipo renunció a su trabajo para dedicarse a ser “artista” de tiempo completo y yo comprendí que tenía que comenzar a buscarme la vida por mí misma.

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Me puse a limpiar casas, caminar perros y una vez que tuve la residencia canadiense, a meserear, ser recepcionista en un estudio de pilates, eventualmente estudiar para hacerme instructora y todo esto mientras seguía tercamente con el sueño de ser, si no una famosa actriz,  cuando menos una que trabajara constantemente.

Para cuando mi padre vino a visitarme, yo estaba flaca como un hilo, grisácea, completamente deprimida e intentando encontrar un trabajo adicional, haciendo sandwiches y ensaladas en una cafetería, mientras mi querido esposo artista disponía de nuestro departamento carísimo en Gastown todo el día, haciendo no se qué proyectos vanguardistas, dentro de los que incluía escanearse las nalgas.

Yo no podía reunirme con mi padre a mi gusto, pues tenía que andar picando tomates y rebanando queso, por lo que mi ex sugería ser quien se beneficiara de los planes turísticos, de las comidas y de los paseos. Mi padre audazmente lograba evadir su compañía una y otra vez y de manera educada pero firme, durante un desayuno que logramos tener a solas, me hizo saber su opinión sobre la desigual y patética situación en la que me encontraba.

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Cuando por fin logré salir de ese matrimonio absurdo, me liberé, sí, pero a la vez mi razón de estar en Canadá parecía completamente perdida. La encrucijada de elegir entre continuar con un proyecto que hasta ese momento no me había dejado nada o regresar a México a empezar de cero, se presentó. Muchas cosas pasaron, mi carrera por fin arrancó, mi círculo de gente cercana cambió y lo más simbólico, conocí a la pareja única con el que estoy ahora. Así pues, luego de apaciguar al corazón decidí que el camino continuaría en Canadá.

Otra encrucijada parece volverse a presentar ahora que me encuentro en mi país natal, con mi hija. Quiero permanecer aquí, cerca de mis padres, quienes inevitablemente se hacen grandes; cerca de mi idioma, cerca de la luz de este sol mexicano, cerca de lo que, en cierta forma, me hace sentir segura.

Hay días que la tristeza es grande, la nostalgia me confunde y me hace sentir que la posibilidad de renunciar a lo escogido, de desgarrar lo andando es posible.  Estando otra vez con mi padre, un llanto inconsolable volvió a apoderarse de mí, confesándole que ya no quería seguir con mi vida. Él con su sabiduría me aconsejó ver lo maravilloso de mi situación y, con crudeza, hoy me pregunto: ¿qué hay de real en México para mí? ¿Qué hay de real en Canadá para mí? ¿Para mi hija, mi pareja, mi carrera? ¿Quién me habla? ¿Mi corazón nostálgico o mi razón aterrada por continuar con un proyecto de vida al cual le llevo apostando doce años, desde que decidí permanecer en Canadá, en aquella primera encrucijada?

P. Rivera

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