XOCHIACA

AGENDA URBANA/ XOCHIACA

Fernando Curiel

 Nota. En reforma de perfumes novohispanos, las Delegaciones Políticas del Distrito Federal, pasarán a llamarse Alcaldías y las asistirán Cabildos. Ocurrencias ambas, ocurrencias hijas del franco oportunismo, de Partidos y Poderes, no de demandas ciudadanas. Siendo que Partidos y Poderes se llevan la palma en la ineficiencia, inepcia, manejo alegre de presupuesto, desbarajuste, en que ha terminado una forma avanzada de organización y descentralización del gobierno de la ciudad. Tanto que la memoria de sus últimos tiempos será la de su mudanza en Casas de Campaña Electoral.

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Dichosa edad (la neta) cuando las Delegaciones Políticas por desaparecer porque sí, de un plumazo disque constituyente (vaya hato), competían entre sí en buena lid, especialmente en el terreno de la cultura. Gimnasios de entrenamiento, sí, de políticos con aspiraciones mayores, pero también escuelas de participación ciudadana, las Delegaciones Políticas condenadas a muerte.

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En uno de mis exilios políticos universitarios, fruto de la casualidad que llamo “suerte”, fungí como Sub Delegado de Cultura en Venustiano Carranza (éramos tantos los funcionarios “pumas”, que a la Delegación se les llamó VENUSNAM). Demarcación hondamente popular, laboriosa, fiestera, dada al danzón, brava (aunque no tanto como su vecino Tepito), dueña de lugares emblemáticos. Aeropuerto Benito Juárez, TAPO, Mercado Jamaica, Peñón de los Baños (en representación del delegado, Gerardo Ferrando, me tocaría encabezar el tradicional desfile Zacapoaxtla), Archivo General de la Nación (antes Palacio de Lecumberri)… Laguna de Xoxhiaca.

Recorrí una y otra vez la Laguna de Xochiaca, porque surgió el proyecto de regenerarla, volverla espacio cultural, especie de Casa del Lago del Poniente de la Ciudad de México. Polo de atracción para los alumnos de decenas de centros escolares de esta Delegación Política. Nada costaba proyectar, soñar…

De ese entonces es el texto, “N”, que aquí comparto.

 

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“N”

1.jpgTorvo y cojitranco, apoyándose en una larga pértiga rematada con un garfio, recorre la costa poniente de Xochiaca, laguna putrefacta vecina al aeropuerto de la Ciudad de México.

Viejo de trece años cumplidos.

El zumbido de los moscos —su vuelo es pesado, ahíto— el de los jets que aterrizan y despegan en las dos pistas.

Atacan en forma de barrena.

Rasgan la piel sarnosa.

Ascienden tenaces para atacar de nuevo: manchones que la luz del atardecer esmalta.

Siempre es así, a esta hora.

Mientras sortea nidos de ratas, trampas de basura legamosa, filos asesinos, se conturba con el espectáculo del crepúsculo que muda la carroña en belleza.

El peso recargado en la pierna sana, contempla los efectos que la agonía solar ocasiona en las aguas negras.

Las llantas que tapizan las orillas son delfines; navíos, los esqueletos de los automóviles.

Inclusive los vapores que emanan de la laguna —hermosa pese a la descomposición— dejan de morderle la garganta.

Su silueta se recorta en el costado de una carrocería varada aquí no hace mucho: casi enano, esmirriado aunque tripudo, de nariz chata.

Se estremece como si lo hubieras sorprendido.

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Huye, mirando hacia atrás.

Latas, nubes de moscas, extraños bagazos, mierda bañados por una luz azafrán.

Llega a su destino: cueva excavada en un cerro de basura seca.

Observa a su alrededor antes de dejar la pértiga a la entrada e introducirse a gatas.

Ya dentro se arrellana y debajo de la chamarra raída extrae, envuelta en un pedazo grasoso de papel periódico, una torta de milanesa. La devora con delectación manifiesta: primero los bordes, después el centro.

En sus ojillos malévolos las aguas se enturbian, vinosas, hasta absorber los destellos últimos del crepúsculo.

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Inhala, repetidamente, en el interior de un bote de pegamento y, alucinado, se dispone a aguardar la oscuridad plena: el golpe, en el agua, del bulto subrepticio. Basura, llantas, muebles desvencijados; quizás, si tiene suerte, un cadáver, desfigurado o completo, hombre o mujer.

Algo valioso se pepena. Siempre.

Aguarda.

Aguarda el momento de, firmemente apoyada su espalda en un árbol, esgrimir la larga pértiga, dueño de la costa de Xochiaca, la pierna buena anclada con firmeza en el cieno fosforecente.

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