Ritmos

PAU 2

Ritmos

De antemano me disculpo, pero sé que no soy la única persona que, de pronto, tiene revelaciones interesantes mientras está en el salón de baño, a solas.

Hoy por la mañana, mientras mi ritual diario, escuché un nuevo tipo de canto de pájaro, distinto a los cantos invernales de los últimos días, por lo que me percaté de que la primavera empieza a asomarse en la Ciudad de México. Estamos apenas a principios de febrero, falta más de un mes para el 21 de marzo, pero en esta parte del mundo es común que el calorcito se adelante, de hecho, tengo el recuerdo de las jacarandas floreando siempre en febrero. En Canadá no ocurre lo mismo. A esta altura del año se sigue sufriendo el invierno más profundo, siendo marzo, de hecho, el peor mes, difícil siempre para el alma y para el cuerpo, pues después de llevar a oscuras y con frío desde noviembre, se ansía ver la luz y exponer la piel al aire fresco sin riesgo de congelamiento, pero no más no pasa. Siempre que estoy en México, o mejor dicho, todos los días de mi existencia, pero en especial cuando ando por mi ciudad natal, me pregunto qué es lo que hay dentro de mí que me ha permitido vivir en Canadá por 19 años, pues odio, con odio jarocho, el frío y la oscuridad. ¿Qué necesidad primordial tengo que he podido superar la nostalgia, la extrañeza, los antojos, el otro idioma?

En México, por ser un lugar cálido, creo que los ritmos son ligeramente más rápidos. El frío, aunque cada año más fuerte, en realidad dura muy poco, por lo que la alegría, las ganas de estar afuera, de vivir, de hacer, de estar en actividad, voluntaria o forzada, es posible por mucho más tiempo. En Canadá, como el encierro es necesario, los ritmos son más lentos, hay más tiempo para la reflexión o la queja, pero hay menos posibilidad real de hacer algo. Para una personalidad como la mía, que ha necesitado de tiempo extra para buscarse y encontrarse, este es un ritmo que ayuda, pues no es necesario hacer nomás porque se puede, sino que hay que planear primero. Esto es lo que me ha permitido vivir en esos fríos oscuros que tanto odio. He podido estar en un mundo que, aunque contradictoriamente exige resultados de éxito y monetarios, facilita la lentitud.

Amo la primavera, es mi estación favorita, amo el sol nuevo, el calor fresco, el verde niño que se asoma por los árboles, el canto de pájaros exóticos, y amo, sobre todo, el poder observar estos fenómenos sin tener que ser parte de una actividad caótica. Esa es mi naturaleza, el tener que hacer siempre me ha angustiado, aunque reconozco que también me ayuda, pues creo que si tuviera el privilegio real de siempre escoger hacer, no haría nada. Me he tardado en todo, en escoger carrera, en ser madre, a veces hasta me toma por sorpresa el saber que ya no soy joven, que el tiempo de los potenciales pasó.

P. Rivera.

 

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