Martín Luis GUZMÁN

AGENDA URBANA/ M. L. GUZMÁN

Fernando Curiel

Digámoslo sin empacho.

Lo “encobijaron” primero, lo “desaparecieron” después.

¿Quiénes?

Los logreros oportunistas de la corrección política pos 68 (anti PRI, anti Familia Revolucionaria). Encobijada y desaparición que, por cierto, heredaron los “intelectuales orgánicos” de la Reforma Política pos LOPPE (supuestamente duchos en teoría política). Sí, los mismos que ahora, desconsolados, arrepentidos, la hacen cera y pabilo. “Lloradero” que no para.

Martín Luis Guzmán, uno de los Príncipes de las Letras Hispanoamericanas, al igual que Jaime Torres Bodet y Salvador Novo, Mauricio Magdaleno y Luis Spota (entre otros), fue excluido de las librerías, de la investigación y del aprecio público.

Ya de regreso del largo exilio, plenamente integrado al “stablisment”, dueño y director de la revista Tiempo, al frente de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos, tuvo el autor de Las memorias de Pancho Villa el atrevimiento de mostrar adhesión al gobierno de Díaz Ordaz. ¡Vade, vade retro!

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La iconoclastia de los 70’s le clavó los dientes en la yugular. Lo tildó de pequeñoburgués, universitario incapaz de entender al pueblo revolucionario (incapaces los iconoclastas de comprender que El águila y la serpiente tiene como escenario los campos rurales de batalla, mientras que La sombra del caudillo corresponde al campo urbano).

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Y a los “intelectuales orgánicos” de nuestro fallido, pero multimillonario, Sistema de Representación, les ha pasado por alto el agudo crítico de la política que fue Guzmán. Por ejemplo, que juzgó sin sustento la división al interior del poder revolucionario en 1924, planteando un partido revolucionario unificado.

¿No se les ha ocurrido, por ejemplo, que si Manuel López Obrador fuera el candidato del PRI, del PRD, del PV, del PT y de MORENA, nos ahorraríamos tantos desfiguros?

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Y, hablando de partidos, tampoco se recuerda que Guzmán impulsó la organización de un Partido Liberal, antes que los revolucionarios veteranos nos salieran con el PARM.

Ardua, contracorriente, ha sido la tarea de mantener, en la lectura viva, la obra de Martín Luis Guzmán. Como difícil ha sido la empresa en lo que se refiere a Torres Bodet, a Novo, a Magdaleno, a Spota. Y, ya entrados en gastos, al mismísimo Agustín Yáñez, secretario de Educación en el período 1964-1970, al que se le atravesó un 68 que lo sobrepujó. Fuente este último de energía, por cierto, al que se cuelga un número infinito de “Diablitos”.

Con indudable espíritu justiciero, reparador, además del crítico y del histórico, participo la salida de dos obras que le permitirán al follower justipreciar la vida y la obra de Guzmán, al margen de la “corrección política” que, falta de matices, tan nefasta ha resultado.

Me refiero a la edición de El águila y la serpiente, libro sobre el que aún se discute el género,  ¿cuentos?, ¿relatos?, ¿páginas de historia?, ¿episodios nacionales?, lo que no constituye un baldón sino una prueba de su modernidad irrefrenable. Edición a cargo de mi muy admirada colega Susana Quintanilla (Academia Mexicana de la Lengua, 2018).

S. Quintanilla

Y, asimismo, sin falsa modestia, a la segunda vuelta de mi edición de la correspondencia cruzada por Martín Luis Guzmán y Alfonso Reyes entre 1913 y 1959. Edición que acompaño con una explicación de la “encobijada” y de la “desaparición” sufridas por el autor (UNAM, 2017).

AlfonsoR

 

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