LOS PRIMEROS 100 AÑOS DE JOSÉ LUIS MARTÍNEZ

 

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AGENDA URBANA / LOS PRIMEROS 100 AÑOS DE J. L. MARTÍNEZ

Fernando Curiel

Los escritores de las últimas hornadas no la conocieron. Pero edad hubo de nuestra escena literaria (de bajos recursos presupuestales, amante del arte literario, en pausada y no frenética carrera por la Fama), en que abundaban los brindis y saraos, ocasión de encuentros y convivencia de maduros y bisoños, apocalípticos e integrados. Ni quien imaginara entonces un futuro (el presente), de facciones enfrascadas en la lucha por el poder cultural, los monopolios de becas, premios y Sillones Olímpicos. Trato de escritores y editores y críticos, el de aquel entonces, si usted quiere provinciano.

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No faltaban las ocasiones. Editoriales añosas en trance de aniversario, editoriales alternativas en el de su fundación; fiestas nacionales en Embajadas, la de Francia y la de Italia señaladamente; el otorgamiento del Premio Xavier Villaurrutia (todavía en su cenit); exposiciones en galerías que se multiplicaban como los hogos en temporadas de lluvia. Los señores, si no de frac, sí trajeados; las damas, emperifolladas.

Si el aspirante a escritor no contaba, aparte de la de su pandilla, con tertulias concurridas por famosos, encontraba no pocas ocasiones al año, la oportunidad de socializar, dejarse ver.

Literatura Mexicana siglo XX

De aquellas danzas sociales, recuerdo particularmente a José Luis Martínez, de quien el 18 de enero de este 2018 se cumplió el centenario de su nacimiento en tierra tapatía (seguimos debiendo al Grupo Jalisco, Agustín Yáñez, el propio Martínez, Antonio Alatorre, Juan José Arreola, Juan Rulfo y Alí Chumacero de entenado, el estudio gregario que se merece). Cuando no andaba de diplomático por el mundo, José Luis se dejaba ver en coktailes, vinos de honor, recepciones a escritores visitantes. Topárselo, conversar con Martínez era un agasajo. Lo mismo podría decir de los encuentros con Gabriel Zaid, ex-amigo.

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Pero, advierto, mi trato con Martínez, autor de una monografía que lamento no haya hecho escuela, la de las condiciones (transporte, travesía, salidas y llegadas) de navegación entre la Nueva y la Vieja España, no se limitó a lo social. Traigo a colación, en esta hora para la burocracia de “El Golpe Avisa” (cincuentenarios, centenarios y demás fechas inscritas en el calendario) de dos, para mí, señeras empresas compartidas.

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Instigados por Luis Mario Schneider, un grupo de amigos formamos una Asociación de Literatura Mexicana, cuya presidencia, se pensó, correspondería al propio Luis Mario, pero que, ante la entusiasta respuesta de Martínez, éste pasó, por unanimidad, a ocuparla. Noche de pozole guerrerense, en la que yo resulté electo secretario. No fueron pocas la veces que me dirigí a su casa (casa biblioteca), para el correspondiente acuerdo. Señaladas ocasiones, clases que al fin tomé con él fuera del aula.

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Aunque a la postre de vida efímera, la ALM se señaló en los encuentros binacionales de mexicanistas, que de no haberle dado mate por sus pistolas no recuerdo quién, hoy por hoy, rijoso como anda “Bóreas” Trump (viento tormentoso del Norte) con México, a quien no tardará en incluir en su racista lista de “países de mierda” (la expresión es suya), guardaría extraordinaria importancia. La de la resistencia en acción (o resiliencia como gustan decir los comentaristas Fen Shu).

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Con motivo de uno de los encuentros binacionales, viajamos a Austin, Texas, con José Luis; experiencia memorable que no hace mucho evocara con su hijo y acompañante Rodrigo Martínez Baracs. Si no recuerdo mal, el gran historiador británico, profesor invitado, Alan Night, quien presidiera la mesa en la que participé, bajita la mano me reclamó mi predilección por San Antonio, esperando que también la tuviera por Austin. Y así fue.

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La otra empresa a que quiero aludir, y que involucró a no pocos colegas e instituciones, fue la edición del diario completo de Alfonso Reyes, monumento de la literatura (y su historia) mexicana contemporánea. Esto en rechazo del plan original, que contravenía los deseos de la propia heredera de Reyes, la entrañable amiga Alicia, de someter el diario (1912-1959), a una selección (vaya usted a saber con qué propósito de censura). Empresa en la que José Luis Martínez fungió como coordinador general. Siete tomos.

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Espero habérselo comentado en algunas de las tardes que el equipo del diario se reunió en su casa. La edición, colectiva, multi institucional del diario que don Alfonso escribiera lloviera o tronara, la Fortuna le sonriera o le diera la espalda, debía acarrearle a Martínez una satisfacción semejante a la de editar, él solito, cuando dirigió el FCE, la colección benemérita Revistas Literarias Mexicanas Modernas. Una más de las deudas contraídas por México con don José Luis.

 

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