11 DE NOVIEMBRE (2017)

 

11 DE NOVIEMBRE (2017)

FC

Me observo, en tercera persona. Sábado. El Amor, en su celda, pesado el grillete, soldado al tobillo y a su anilla clavada a la pared.

A lo que voy.

Ve en matiné la película COCO, que le cuadra, pero no deja de advertir que Disney es Disney y sospechar que, en la versión en español, al personaje Coco se le asigna una ramplona voz infantil que si se le examina oculta una voz adulta mayor, de ciudad, malvada.

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Pasea por San Ángel. Ya no está el puesto del paisano al que compraba esos cuadritos mezcla del Arte del Amate y/o papiro mexicano (para el papiro egipcio, ver Herodoto, tomo I), de la imaginería indígena y de “clichés” de la cultura popular urbana —-Héroes Patrios y Superhéroes como El Santo o Blue Demon (en Taxco, la comunidad Xalitla).

Un café exprés en la plaza comercial, que no acaba de cuajar, a un costado de San Jacinto, cerca del local donde el padre del inolvidable Rubén Bonifaz Nuño, “Boni”, se desempañaba como virtuoso telegrafista.

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Ingresa a la Iglesia de San Jacinto por la parte posterior. Entra al templo. Si jugara al juego del tiempo, videojuego personalizado, retrogradaría al 27 de octubre de 1967, el día de su boda con su primera esposa, Hilda, con la que procrearía, en edad feliz, a Adrián y a Paula (antes de ver COCO, charla telefónica, a Mérida, con Adrián, sus hijos, Mateo y Martina, de fin de semana con él). Aquí también se casaron Paula y Jerry.

 

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Se asoma al mercadillo en el que suele comprar “fierros”, “chácharas” (nada esta vez). Baja al Bazar de los Sábados. Entra. De golpe, caracoles, animales de Palo fierro; la madera, junto con la de Palo de rosa, que más aprecia. Un hermoso rinoceronte (¿le guiña un ojo, quién a quién?). Comprador veterano, pregunta el precio al desgaire, sin mostrar ansias.

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Él no está para contarlo, pero yo sí, que su más temprana instrucción taxqueña descansó en imágenes (tanto o más que la radio). Las del comic. Las de las cajas de cerillos Clásicos y su muestrario de obras maestras de la pintura. Y una ilustración de un rinoceronte dibujado por Durero, encontrada quién sabe dónde. Perfecta especie de animal prehistórico, natural poderosa máquina de guerra con ese cuerno que nada le pide al del unicornio. Fascinación infantil es la palabra. Y ahí lo tenía, a la mano, sobreviviente como él —pero “Rino” contando eras geológicas—, frente a sus lentes y sus bigotes hipster. Ya regresaría al puesto a negociar.

De la más honda niñez, también, su iniciación natural y anticipada a la lectura de Bajo el volcán de Malcolm Lowry. Descenso a los infernales círculos del alcohol. Paisanos de pro, comerciantes exitosos, prestigiados profesores, dueños de prósperos talleres de platería, padres de familia que una vez cada uno o dos años se “perdían”, aunque sin dejar el municipio. Burdeles de la carretera, como El Foco Rojo, o cantinas más o menos céntricas como De pasadita o Mi oficina. Ingesta de largo aliento, por días enteros, una semana o más ¿en búsqueda de qué visiones, revelaciones? ¿Sirenas emergiendo de las aguas mediterráneas, bellas, bífidas, su canto hechizo femme fatale? Como moscas, los dúos o tríos norteños, con sus repertorios de canciones no menos fatales, infaltable acordeón, guitarra, a lo mejor violín (de ahí nació para él la indeclinable afición al género, de Chelo Silva a Pesado, pasando por Los Alegres de Terán). ¿Qué escuchaban los pobres condenados amén de su pavoroso monólogo alucinado? ¿El canto de sirenas, atados al mástil de la botella?

 

Su derrumbe, sobre una mesa, sobre el mostrador, o sobre el piso sucio de serrín pringoso y gargajos, marcaba la hora cero. El regreso. Irrupción salvadora de un hijo varón, un par de amigos, un compadre, si la había; jamás la esposa. Traslado misericordioso del guiñapo, Lázaro, al hogar. Tres días de recuperación, y al cuarto la vida “en el mismo lugar y con la misma gente”, el regreso al orden, a las fuerzas productivas, a la rutina.

Encuentro con Magda, la hija de su inolvidable Magdalena Labrandero. Grata charla, ponerse al día. Por el Bazar no pasa el tiempo. Profusión de acentos gringos y sudamericanos. Agolpada la Mezcalería, perfume prohibido. Más nutrido movimiento en el restaurante al aire libre y en sus locales anexos. Encuentro con uno de los meseros de la Fonda San Ángel, viejo conocido. Intercambio de malas noticias. El que fuera, para FC por décadas lugar preferido —amores, amistades, “grilla”—, la Fonda San Ángel —en sus “altos” el banquete nupcial de Paula—, no tiene para cuando reabrir. Deja saludos al indispensable Roberto González, pura flota regiomontana (¿y qué es de Carlos González Morantes?, ¿cuándo se verán, para comer, evocar tiempos de ruda política universitaria?).

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Regresa al lugar del hechizo. Regatea, al modo antiguo. Se sale con la suya (y, en su caletre fantasioso, “Rino” con la propia). Y la marchanta se “persigna” en un día que se anunciaba de pocas ventas. El taller está en Santa Rosa Xochiac. Que los Dioses le permitan subsistir, que no siga la suerte de tantos talleres extinguidos o a punto de extinguirse devorados por este Montón de Escombros Potenciales en que se ha vuelto la capirucha (el relamido  Miguel Mancera, ahora con perpetua chamarra de rescatista, quiere que la llamemos CDMX, uf, lo que nos rebautizaría: en vez de IMECAS, CEDEMEXICAS; ¿o PORTIISTAS?, ¿CAPITALSOCIALISTAS?; ¡paparruchas!). Desaparecidos, o por desaparecer, talleres de repujado, de loza Talavera, de cristal de Carretones, de relojería, de plumas fuentes…

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La tarjeta del puesto reza, en síntesis, en español e inglés, lo que sigue: PALO FIERRO, “gema natural de Sonora”; madera tan densa y dura, que se hunde en el agua; su tallado empezó en 1961, por un grupo de indígenas y pescadores; “difícil de obtener”, ya que su árbol, hueco y retorcido, requiere años de secado por obra de Natura…

Flash back. Están en Hermosillo, Sonora. Reunión de radiodifusores universitarios, culturales y estatales, que llevará a la asociación del gremio y la correspondiente Cadena Nacional. El Palo Fierro es una absoluta rareza, novedad artesanal. Un tenderete en el piso. Martha Escobedo y él, le echan el ojo a dos hermosos caracoles, uno perfecta imitación del natural, otro medio geométrico. Martha escoge éste último. Ni modo. En una exposición que su antiguo amigo —¡ay, idos 60’s!— Aníbal Angulo, fotógrafo y pintor Baja, trae a la Ciudad de México, FC le compra una hermosa raíz de palo fierro que expone a los visitantes en la taxqueña Casa Jacaranda.

No puedo evitar el chiste por culpa del Flash memorioso: Flash Bach, Super Héroe de la Liga de la Justicia Musical.

En una de las plazas comerciales instaladas en las casonas de San Ángel, las que bajan a Revolución (o suben a la Calle de la Amargura), se agencia los teléfonos del restaurante Bistró 83, cuya terraza en el jardín le encanta. Le viene a la cabeza el estribillo de uno de los éxitos de OV7:“Te quiero, tanto, tanto, tanto, tanto amor / que para mí ya no hay nada igual / Te quiero tanto, tanto, tanto, tanto, tanto amor / Que ya no puedo más /

De regreso a Plaza Loreto, no sin dejar de advertir los cambios —uso de suelo— en la calle de casitas obreras, se topa con Héctor Ibarra, su viejo amigo. Héctor tiene un recreo en su ajetreada agenda, los preparativos para el espectáculo inter disciplinario de esa noche, el Art & Grill Night’s, “Festival musical gourmet Arte y Diseño”, aderezado con dos cantantes, Tessa La y Flor Amargo.

Se enfilan al King’s Pub, para compartir una magnífica gigantesca hamburguesa y unos aros de cebolla. Y una de sus obsesiones gemelas: los espacios culturales (a Héctor, casi niño, FC lo conoció como Productor asignado en una de las aventuras que la UNAM, generosa, le ha deparado: la inauguración, con “Revista Cultural”, diseñada sobre la marcha en plena huelga (la de 1977), de la programación matutina del Canal 11; de la otra aventura en “medios”, imágenes y “reagaton” de “Perrea un libro”, no menos exitosa, mejor guardar discreto silencio).

Brotan de la conversación sabrosa, ¡cómo rayos no!, los 60’s, y la Zona Rosa. Vividos, la década y la “Sonaja”, por él, hasta las heces. Luis Guillermo Piazza, el cronista oficial de la ZR era su editor, cuaderno, compadre, compinche. También viene a cuento el ¿imposible? proyecto del Centro Peatonal de Taxco, empeño de los Berger, los García Maldonado, colegas entrañables suyos tales como Felipe Leal, Xavier Cortés Rocha, Manuel Perló… Incluso hay un libro, Taxco. La perspectiva urbana, con sello UNAM, por él coordinado. Diez años atrás.

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En visita de Héctor a Taxco con una acompañante, les mostró en vivo el susodicho, hipotético, anhelado proyecto. De la Plazuela de Bernal a la Plazuela de San Juan, incluyendo las calles De la Muerte y del Arco (la misma sobre la que el 19 de septiembre llovieron santos, cruces y cantera desprendidos de Santa Prisca), el Zócalo, las Plazuelas William Spratling y De Los Gallos, y la Calle Real.

Trazan planes.

Tiempo tiene FC, antes de regresar al “Bunker” de Copilco el Alto, de escuchar el ensayo de Tessa La, hermana de Camila Sodi, que tanto le atrajera años ha. A Tessa ya la tenía de tiempo atrás en su radar. Le gusta el estilo, contenido, para sí. Ya le preguntará después a Héctor sobre la suerte del experimento.

Aún no concluía la jornada.

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