“EN CAMIÓN DE SEGUNDA”

ÁLBUM FAMILIAR

“EN CAMIÓN DE SEGUNDA”

Luz América Viveros

Una foto sólo cobra sentido cuando se tiene en un cartoncillo y puede almacenarse en el álbum familiar, que sigue creciendo.

La Ciudad, con ser transitable, se recorría en camión. Para ir a buscar medias, al Liverpool de 20 de noviembre; útiles, a 5 de mayo, en papelerías como El Lápiz del Águila donde vendían la pluma fuente Esterbrook, que comenzaba a usarse a partir de la secundaria, cuando ya no pedían tintero y manguillo. Al caminar por San Juan de Letrán, topaba uno de manos a boca, a media banqueta, con un hombre que, de pie, con una cámara portátil, sorprendía a la gente: una persona sola, una madre con sus hijas, una pareja. Tomaba una foto casi sin más pose que la del caminante y entregaba al peatón retratado una tarjeta con un número, con la que podía pasar a recoger la fotografía poco después por una módica cantidad. La imagen propia no era una posibilidad tan factible como ahora y la curiosidad de tener el cartoncillo en blanco y negro era muy tentadora. Estos fotógrafos también deambulaban por las vecindades y sorprendían a los niños en poses cotidianas; luego entraban a cada casa a entregar los talones de las imágenes, prometiendo regresar días después con las fotografías.

1. Ere

Pero de regreso a casa, San Juan y las avenidas anchas eran recorridas en camión con las compras de útiles o ropa. Los camiones de primera tenían filas de bancas para dos personas a izquierda y derecha, quedando al centro un pasillo para transitar; los de segunda tenían bancas largas en todo el perímetro del interior, dejando el espacio central para que fueran de pie los que no alcanzaban asiento. Casi siempre había un cobrador que servía a la vez para vocear la ruta, y ya durante el trayecto los transeúntes subían y se acomodaban en sus asientos; hasta allá iba a cobrar el importe. Cuando iba muy lleno, se pagaba al subir.

La niña Eréndira, su mamá y su hermana subieron en un camión de segunda, repleto de gente, sobre la Avenida 20 de noviembre. No bien acababan de pagar y caminar entre apretujones por el pasillo cuando, desde la ventanilla, la pequeña que tendría unos seis años descubrió en la vitrina de Liverpool, a los Reyes Magos. Melchor, Gaspar y Baltasar, vistos en persona por primera vez en su vida, casi le produce un shock. Alertó, pidió y suplicó con tanta vehemencia, que su mamá no tuvo más remedio que gritar “bajan”. Pese a que era tanta la gente, pudieron transitar con mucho trabajo hasta la puerta trasera; el pasaje se solidarizó con la niña y todos gritaban al chofer “bajan”, “bajan”, haciendo que el camión se detuviera de inmediato, aunque ya habían dejado la parada. Aún así las voces de la niña, eufórica, enteraron a todo el camión del prodigio: ¡ahí están los Reyes Magos!

Separados por una vitrina, una multitud de chiquillos gritaba sus más sentidos deseos de juguetes y regalos. Mi mamá, obviamente, pidió una muñeca, como cada año, un libro para iluminar y recortar vestidos, y uno para leer, asegurándose de haber sido escuchada, interpretada o adivinada por aquellos seres maravillosos que podían leer el pensamiento, los labios y la sinceridad de la promesa de ser una buena niña. Los Reyes Magos nunca faltaron, puntuales cada 6 de enero; requisito infaltable era la carta, entregada a la mamá, carta plena de promesas empeñadas y argumentos que alegaban la buena conducta de todo un año. No se usaba que llegara Santa Claus, y el zapato en la puerta de la recámara era indispensable para que los Reyes obraran el milagro. Siguieron llegando incluso muchos años después, cuando ya tenía rato que habrían sido presentados en toda su verdad humana a la niña, ya señorita, a la que trajeron una Kodak Retinette. Fue el inicio de una afición que conservaría por muchas décadas, cuando también entró a la moda de la cámara para grabar película Kodak Súper 8, con la que filmó la fiesta del bautizo de sus propios hijos, sus paseos a Cuernavaca y Guanajuato, las reuniones familiares…

Algo de la imagen de su infancia recogida por un fotógrafo ambulante debió de quedar muy grabado en el catálogo mental de Eréndira cuando una vez, barriendo el patio, vio salir a su hija en pijama y con las pantuflas inmensas de la madre. Le pidió que permaneciera congelada. Tal vez puso en mi mano una flor silvestre que el día previo cortara para ella y corrió por su Kodak EOS, creando, sin hacerlo consciente en ese momento, una imagen paralela a la que ilustraba su niñez.

Toda una vida de llevar a revelar los rollos le impiden disfrutar las ventajas de la era digital; una foto sólo cobra sentido cuando se tiene en un cartoncillo y puede almacenarse en el álbum familiar, que sigue creciendo.

2. Ame.jpeg

 

 

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