CIUDAD DE MÉXICO, 1921

 

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Plateros. Tomada de http://totalmenteplateros.blogspot.mx/, consultada el 19 de octubre de 2017.

AGENDA URBANA/ CIUDAD DE MÉXICO, 1921

Fernando Curiel

 

México, D.F., Hotel Francis, a 21 de junio de 1921

 

Don Melitón Portillo

Billares Casino

Moroleón, Guanajuato

 

Estimado y fino amigo:

Apenas llegué con bien a ésta me ocupé de sus encargos. Me queda usted a deber unos fierros porque todo está por las nubes. Ya tengo los menjunjes de la comadrita. Los zapatos de usted los adquirí en El Borceguí de la calle de Bolívar, tal y como me lo encareció la vez que nos despedimos.

Después de entrevistarme en Palacio Nacional que la verdad impone, con la persona que me recomendaron, puedo asegurarle a usted que el enojoso asunto de mis tierritas pronto quedará sepultado.

Se preguntará que entonces por qué le escribo esta carta.

¿Se acuerda, compadre Melitón, de aquel vate, don Ramón López Velarde, zacatecano él, al que le guardo tanta afición? Pues figúrese usted que falleció antes de ayer, la madrugada del 19. Quesque una pulmonía. Quesque se resfrío una noche al regresar desabrigado del teatro. No me imagino compadre cómo, con todo y que aquí el frío nocturno es de témpano. Un hombrón López Velarde. Bien plantado, recio.

No me lo va a creer compadre Melitón, pero yo tuve el honor de conocerlo.

Poquito antes había muerto mi padre que en santa paz descanse, dejándome al cargo de La Selecta, como a usted le consta el mejor cajón de sedería y novedades de todo Moroleón. ¡Nomás memore usted el entripado de mi único hermano, Ambrosio, mayor que yo pero, y no tome a mal lo que voy a decir compadre, bueno solo para la carambola. Esa es la razón por la cual prefiero verlo a usted en la Plaza de Armas. La verdad temo encontrármelo.

Aquel año de 1917 en que conocí a López Velarde encontré a la Ciudad de México todavía sobresaltada. Paré en el Hotel del Bazar en la calle Isabel la Católica, frente al edificio retequelegante del Casino Español. Lo tengo clarito como si fuera hoy. Antes de afanarme en la compra de hilazas, medias de popotillo, impermeables, guantes, muselinas y sombreros, me colé en la librería llamada Biblos en Bolívar. Mi vida para usted, Melitón, no tiene entretelas. Más que compadre es usted el verdadero hermano. Bien sabe que desde chamaco, por influencia del cura Corrales, me perezco por las buenas letras tanto como aborrezco las letras vencidas. Así reconforto el sacrificio de mi juventud.

¿Iba yo a perderme la oportunidad de mercar algunas joyitas estando en la Meca Literaria? Adquirí, me lo recuerdo, Mis mejores versos del español Villaespesa, El pozo de las pasiones del Caballero Audaz, ni tan subidito de color, y, picada mi curiosidad por el título y la portada, Sangre devota del señor licenciado López Velarde. Igualmente una ristra de revistas ilustradas.

La sangre devota

Aquel día de 1917 caminé por el centro hasta que se me hincharon los pies. ¡Qué de establecimientos mercantiles!

Total que me recogí temprano en el hotel y me puse a hojear las revistas. En una de ellas encontré el nombre del autor de Sangre devota. Escribía con salero y conocimiento de causa sobre la Avenida Madero, la Quinta Avenida mexicana que yo acababa de recorrer de la esquina del Jockey Club, club de señores de la alta, a los almacenes La Sorpresa. ¡Pero, ay, también escribía sobre mí, comerciante del Bajío accidentalmente en ésta por exigencias de La Selecta! No le miento compadre Melitón. Escribía sobre mí, descubriendo mis intenciones, se lo garantizo. Todavía me sé de memoria el párrafo respectivo:

Plateros…San Francisco…Madero. Nombres varios para el caudal único. No hay una de las veinticuatro horas e que la avenida no conozca mi pisada. Le soy adicto, a sabiendas de su carácter utilitario, porque racionalmente no podemos separarla de las engañosas cortesanas que la fatigan en carretela, abatiendo, con los tobillos cruzados, la virtud de los comerciantes del Bajío, accidentalmente en ésta por exigencias de El Fiel Contraste, La Fantasía o El Ancla de Oro. Loemos la eficacia de estas carretelas que, evocadas por el nostálgico traficante de tabacos, rebozos o piloncillo son un bálsamo para las contribuciones subidas, los pagarés y los saqueos. No quiero hablar del caso en el que los tobillos arrogantes hayan menoscabado la salud de Celaya o de León. El triste señor Aranda o Anaya o Almanza comprenderá entonces, al regresar con su carro de mercancías, la justicia en que abundaba Platón al decir que el primero de los bienes en la felicidad corporal.

¡Aranda! ¡Aranda como yo, su compadre de usted! ¡Prisciliano Aranda!

Me sentí descubierto.

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Plateros. Tomada de http://algarabia.com/ideas/la-calle-madero/, consultada el 19 de octubre de 2017.

De hombre a hombre, compadre, ¿cómo no iba yo a traer entre ceja y ceja el caprichito que usted imagina? ¿Pisar la Ciudad de México y no desenfundar la fusca? ¡Válgame Cristo, dicho con respeto! Amén de que yo ya presagiaba mi destino estéril de soltero. ¡Oh perenne rogativa! ¡Y viera usted qué desfile de primores! Aquel año de 1917 estaban de moda unas medias blancas que, le juro compadre, parecían palomas levantando el vuelo de las faldas. Tanto, tanto que no me atreví a introducirlas en Moroleón.

Ahora que, la mera verdad, me ciscó lo del fruto venéreo anunciado por el vate. Me ví a mí mismo acercándome a nuestro pueblo pintado de permanganato, con una purgación de muy padre y señor nuestro.

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Café La Concordia. Tonada de https://mikeap.wordpress.com/2008/09/22/edificio-la-mexicana/, consultada el 19 de octubre de 2017.

Total compadre, antes de rendir el sueño en aquel Hotel del Bazar leí alelado Sangre devota. ¡Qué inspiración! ¡Qué poesía de lo que no pudo ser!

Pues que le cuento que al otro día me topé con el tal López Velarde. Fue en un café de nota llamado La Concordia. Le cuento cómo estuvo. Vi a un hombre vestido de luto, apuesto, de tez morena clara en comparación con el color del traje, ojos como capulines. Me lo imaginé en una procesión de Semana Santa, cargando un Cristo. Me dio el pálpito compadre.

—Señor mío, usted debe ser López Velarde.

—En efecto, soy el licenciado Ramón López Velarde. ¿Con quién tengo el gusto?

—Prisciliano Aranda, señor licenciado, Aranda, como usted escucha, comerciante del Bajío, aunque no en tabaco, rebozos o piloncillo, sino en ropa fina y otros géneros. Además mi tienda se llama La Selecta no El Fiel Contraste o La Fantasía o El Ancla de Oro. Por último, señor, soy de Moroleón, no de León o de Celaya. Salvo eso, el personaje de su artículo.

Sonrió compadre, sonrió con toda su cara seria y grata. El licenciado López Velarde gozaba de lo lindo con la situación. ¡Vaya si gozaba! Muy formal me convidó un refrigerio ahí mismo, en la Concordia, sobre Plateros. Plática que plática se nos fue el tiempo. Me habló de la Avenida Madero y de su concurrencia habitual. Lagartijos de otros tiempos, señorones revolucionarios, “azafatas súbditas de la carne”, viejos rabos verdes. A estos últimos los tenía el poeta bien estudiados. Se apostaban en la esquina con la Plaza de la Constitución, a la altura de El Paje: en la banqueta del Hotel Iturbide; y en los prados de La Guardiola. Salió en su defensa. ¿A poco se les prohíbe a los viejos el sol, el agua o la pechuga de gallina? En absoluto. ¿Entonces por qué prohibirles “arrimarse a las colas”. Tales fueron sus palabras. Arrimarse a las colas.

Parece que fue ayer compadre Melitón.

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Procesión sobre Pateros. Tomada de http://totalmenteplateros.blogspot.mx/, consultada el 19 de octubre de 2017.

Lo veo de nuevo ante mí, el negro sombrero de fieltro sobre la mesa de café. Un hombre jovial, de jacket negro, que evoca su tierra natal. Me preguntó que si conocía Jerez. Le dije la verdad que no. Al punto, como un mago, López Velarde sacó de la manga un teatro, dos jardines públicos y una banca en la que los jerezanos calumnian, con dispensa papal, a sus vecinos. Voz tersa la del vate, compadre mío, que además tenía el hábito de apoyar en el pecho, como si jurara, la palma de su mano. Grande pero fina. Clarito veo al licenciado López Velarde en aquellos principios de marzo de 1917.

Me habló también López Velarde de sus amigos poetas, a los que me inició. Le pregunté si Fuensanta existía en la realidad. Me observó con piedad sin decir esta boca es mía.

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Ramón López Velarde. Tomada de Círculo de poesía, http://circulodepoesia.com/2013/05/la-derrota-de-la-palabra-ensayo-de-ramon-lopez-velarde/, consultada el 19 de octubre de 2017.

Todavía paseamos por la Avenida Madero. Me ponderó la tienda Old England para caballeros, el almacén High Life y la pastelería El Globo. Nos despedimos frente al león de la Casa Calpini. Pero antes sucedió un episodio que me pintó, de cuerpo entero al poeta provinciano López Velarde ahora prisionero del Valle de México.

No lejos de La Concordia atrajo nuestra atención un aparador en el que maniquís femeninos exhibían ropa interior. Ya sabe usted, compadre, corcés rectos, de cintura, matinées, refajos de seda. Las figuras parecían vivas, sorprendidas por nosotros dos en la intimidad.

—De eso sé lo mío, licenciado.

Presumí. Ni me escuchó. Su mirada negra se fundía en la tela, escrutaba los pliegues. Le palpitaban las aletas de la nariz. Imaginé la humedad de su piel bajo el jacket negro. Y no sólo eso compadre. Debería callar por pudor. Pero se le paró, compadre. ¡Al licenciado López Velarde se le paró! Me eché hacia atrás. Pasó como un minuto. Enjugándose el rostro con el pañuelo perfumado con lavanda, musitó para sí:

—Qué pollitas, amigo Aranda.

Sólo entonces volvió del todo a la realidad. Me halagó que recordara mi apellido. Caminamos otro rato. Al despedirnos, el poeta, hombre a fin de cuentas experto en la materia, de mundo, me confió una dirección galante de la que regresé a Moroleón con mis carros de mercancías no sólo feliz y satisfecho sino, compadre, lo más importante, sano y salvo. Porque, en efecto, nada se compara a la felicidad corporal que decía Platón.

Después de Sangre devota vino Zozobra. La poesía del zacatecano era el consuelo de mi soledad municipal y mercantil.

Dice Excélsior que los funerales de ayer estuvieron muy concurridos. Hay, compadre, fotos del Panteón Francés de la Piedad. Aparece el rector Vasconcelos y los oradores fúnebres licenciados Cravioto y Quijano. Únicamente conservo una expresión: “Muerte idiota!”. Pero Melitón, ¿quién sabe la mera verdad? ¿Lo que nos mata a veces antes de morir?

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José Vasconcelos. Tomada de http://mexico-posrevolucionario.blogspot.mx/2013/04/la-politica-y-la-filosofia-esteticista.html, consultada el 19 de octubre de 2017.

Por eso le escribo compadre, porque no quiero que se me borre la escena de hace cuatro años, cuando conocí a Ramón López Velarde vestido con la “tiniebla ritual” del Viernes Santo. “Payo” como ustede y yo, expansivo, saludable, temblando ante las turgencias ocultas de unas náyades de aparador. Por eso y para dar cauce a la tristeza. No le aunque que yo llegué a Moroleón antes que esta carta.

No se crea compadre, sin embargo, que se me olvidará preguntar lo de su pianola. Ya tengo vistas dos casas de música. Una en la Avenida Juárez y otra en la Calle 5 de Mayo. Pasaré antes de regresar.

Dele mis parabienes a mi comadrita Elpidia.

Suyo.

Prisciliano Aranda

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