«Tu voz en la radio»

 

1. Diploma

ÁLBUM FAMILIAR

“TU VOZ EN LA RADIO”

Luz América Viveros

 

La XELA –la Estación de la Mujer– y la XEW –la Voz de la América Latina desde de México– fueron, tal vez, las estaciones de radio más concurridas por gente común y corriente, que esperaba revelar su talento al mundo. La niña Eréndira, 7 años, dotes declamatorias, fue llevada por su madre a uno de los muchos concursos de la década de 1940. Pasaban a una oficina donde eran preseleccionados, para luego participar en vivo en algún programa de aficionados: los de declamación e interpretación musical eran exitosos, aunque estos últimos terminaron atrapando el interés general.

En un programa de la XEW patrocinado por Cristalería Roxy, participaban niños con canciones o poemas en el programa “Artista infantil”, hasta que les tocaban el timbre que truncaba el sueño de una carrera radiofónica. La niña de memoria prodigiosa y voz modulable había concursado sábado a sábado hasta llegar a una etapa reñida. Recitó un largo poema, “Guerra Civil”, narración tan emotiva que todos estaban atentos y el productor impidió que el de la campanita cortara el relato, aunque al terminar le dijeron que no pasaba a la siguiente etapa.

“Guaja” y “La caída de las hojas” eran de las más gustadas. Pero la niña sufría los ensayos, mezcla de regaños, consejos, lágrimas, horas robadas al juego, obligaciones extra de las escolares, hasta que el poema salía impecablemente bien dicho y actuado. Ahí venían las felicitaciones y los aplausos que suavizaban las pasadas asperezas. El público primero de toda nueva pieza eran las compañeras maestras de la madre, quienes en los recreos disfrutaban el texto interpretado, lloraban con el final triste, y cuando llegaba alguna más al corrillo, le pedían a la niña que repitiera la declamación, así fuera cuatro o cinco veces.

2

Un episodio le reveló a Eréndira los vuelos de su fama, en 1949, cuando ya participaba de manera más o menos constante en un programa en la XELA. Preparada para participar –vestidito blanco terminado de coser la noche anterior, zapatos arrebatados a la hermana, aunque le quedaran grandes, porque los suyos, los únicos, eran negros tipo botita y desentonaban con lo vaporoso de la falda alba–, salieron mi abuela y sus dos hijas caminando desde Río de la Loza hasta el Reloj Chino. A esas alturas, el recuerdo de unos frijoles dejados en la lumbre separó a la familia: tuvo que regresarse mi tía, chamaca de trece años, pues iban con el tiempo justo.

Chela refunfuñó cuanto pudo, por tener que caminar como pollo el regreso, sola y rápido, con las botitas que le apretaban. Bucareli, Avenida Chapultepec, Río de la Loza. Al llegar al número 50, cruzó la puerta de la vecindad y caminó hacia su casa, sólo que, al ir recorriendo el primero y segundo patios, en cada ventana iba reconociendo la voz de su hermana que, en la radio, declamaba. En el 1, el 3, la portería, el 8 y el 24 sintonizaban una única estación para no perder palabra a la hija de “la Profe”. La palomilla completa de niños que jugaban por las tardes en el patio grande, y sus respectivas familias, permanecían atentos a la voz familiar que, desde la radio, mantenía a todos en una quietud inusual.

Aunque la etapa radiofónica fue breve, el cultivo de la declamación continuó durante muchos años. Fue un gusto muy de época. Carmen de la Fuente buscó en el Centro Escolar Revolución una niña que dijera un poema suyo para grabarla, y encontró a mi madre, quien se aprendió de memoria “Madre América”. Si la autora de Rosas de la Infancia, María Enriqueta Camarillo, visitaba la escuela, obligado era para la niña Eréndira aprenderse de memoria una de sus poesías, aunque tuvieran que treparla en una silla porque el micrófono quedaba siempre muy alto. Aquella mañana declamó “Remordimiento”:

Vi los zapatitos rotos…

vi los zapatitos nuevos…

los zapatos destrozados

del mozuelo

que rezaba

junto al lecho

como pájaro medroso

que va a levantar el vuelo…

y los zapatitos suaves,

tan brillantes y tan negros,

que ocultaban los piecillos

del callado niño muerto…

 

No había festival, desde la escuela elemental hasta la profesional, que dejara de contemplar entre sus números uno de declamación. Cuando, más tarde, representando a la Preparatoria núm. 3, de San Ildefonso, la señorita Eréndira participó en concursos, llegó a tener como jurado escritores consagrados como Salvador Novo.

 

3. María Enriqueta

Mi abuela alcanzó a practicar con mi hermano y conmigo su magisterio. Ya a los cinco años recitábamos de corrido el “Cultivo una rosa blanca” de mis primeros recuerdos formales. Pero para entonces los tiempos gloriosos de la declamación habían quedado atrás, muy atrás.

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