POSTALES ACAPULQUEÑAS

POSTALES ACAPULQUEÑAS

Fernando Curiel

 

Todo son sensaciones. El rugoso asfalto de la avenida. El primer contacto con la arena de la playa, arena de frío hielo seco, que con los pasos cambia de consistencia, hasta la intensa humedad de la orilla, donde baten olas mansas, su espuma plateada por la luna. Salinidad picante. Humedad tónica que asciende por los tobillos, las piernas desnudas, cosquillea en el plexus.

 

Uno. Escenario natural prodigioso, hace falta un bueno y breve reportaje (si breve dos veces bueno), del puerto abierto a la Mar Pacífica. Su topografía, fauna y flora. Proceso poblacional y episodios históricos. No olvidar, desde luego, Bellísima bahía de Ricardo Garibay.

 

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Dos. En cuanto a episodios históricos, si bien el Fuerte de San Diego no cuenta con la fama del Fuerte de San Juan de Ulúa, en Veracruz, escenario de la derrota del último bastión español en tiempos de la Independencia (un segundo y también frustrado intento de restauración tendrá lugar en Tamaulipas), y Acapulco no dio cobijo, como lo hizo Veracruz, al perseguido gobierno de Benito Juárez, ni enfrentó la invasión norteamericana de 1914, Fuerte y Puerto sureños cuentan en sus anales con sucedidos trascendentales.

Tres. Invierto el orden. Acapulco fue parada de la Nao de China que mantuvo comunicados a Nueva España, el Reino Español y Filipinas (ruta a la que también debemos un breve y bueno reportaje). Y, disculpando la frivolidad, el Fuerte de Diego sirvió de sede del Festival de Festivales Cinematográficos que abrió a los cinéfilos patrios, clase castigada, la filmografía internacional. Sede que en la Ciudad de México compartió con el desaparecido Cine Roble (salvo el estreno de la Dolce Vita de Fellini, que nos trasladó, muchedumbre inusual, al Auditorio Nacional).

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Cuatro. Y hay más. Volviendo a la guerra de Independencia, Acapulco y la región costeña guardaron importancia estratégica, sobre todo cuando se da el cambio de estafeta entre Miguel Hidalgo y Morelos. En la vecina población de Chilpancingo se reúne el Congreso de Anáhuac. Morelos redacta los Sentimientos de la Nación. Texto que debería ser materia obligatoria de los politicastros de ahora, entre ignaros, subvencionados con manga ancha y medio zombies.

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Cinco. Pasan la Independencia, la Reforma, la Revolución, llega la Postrevolución. En mi familia, ganada la paz tras el divorcio de mis padres, vuelta a casar mi madre, las vacaciones anuales tenían como destino Acapulco. 50’s. Hotel Pacífico en la Playa de Caleta, a unos metros del legendario hotel del mismo nombre con su roca pasarela de “lunamieleras”, luminarias hollywoodenses, estrellas del cine nacional, alguna socialité. Todas pudibundas en sus trajes marca Catalina de una sola pieza, discreto escote y trasero resguardado. ¡No que ahora!

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Seis. Mientras residentes y empleados del hotel Pacífico duermen, yo, niño del montañoso Taxco, irrumpo en la administración abierta al panorama del mar nocturno. Salgo. Cruzo la avenida por la que asciende al Hotel Caleta el auto de alguna pareja trasnochada, lo más seguro procedente de La Perla. Lo sabré después. Es un Acapulco todavía distinguido por el Mito. Los clavadistas de la Roqueta, seguidos en su vuelo por el intérprete de la película Tarzán. Carlos Trouyet y el sueño acariciado por Las Brisas. Los yates “Sotavento”, del expresidente Alemán, y “Tintavento”, del protagonista de Calabacitas tiernas. Agustín Lara canta a La Doña: ¡Acuérdate de Acapulco, María Bonita, María del alma!…Corre la yerba Golden Acapulco.

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Siete. Todo son sensaciones. El rugoso asfalto de la avenida. El primer contacto con la arena de la playa, arena de frío hielo seco, que con los pasos cambia de consistencia, hasta la intensa humedad de la orilla, donde baten olas mansas, su espuma plateada por la luna. Salinidad picante. Humedad tónica que asciende por los tobillos, las piernas desnudas, cosquillea en el plexus. Juego de short y camisa de mangas cortas de la misma tela, a rayas horizontales, o de plano con motivos de plátanos o piñas. Diseños exclusivos de la tienda de modas típicas Teresa Original, mi madre, Teresa Defossé. Modelos que reaparecerán en los 70’, en las tiendas Aca de indeleble memoria (y que usaré de nueva cuenta).

Ocho. Todavía las playas no eran basureros. Atadas a piedras con reatas que se contraían y tensaban en la oscuridad, las barcas de los pescadores que pronto se harían a la mar. Para regresar con el botín de ostiones, camarones, ¡peces!, caracoles cuyos caparazones también se mercaban. ¡Ah del ceviche acapulqueño, de las copas coco Gin fish, degustados a media mañana, sentados en sillas de madera de hermoso diseño! No lejos, la isla de la Roqueta. Niño de tierra firme, ignaro de las artes natatorias, apenas me atrevía más allá de la orilla. Pero era un bautizo. Mar templado, vivas toda la noche las brasas del Astro Rey (sus sacerdotisas lo honraban bruñidas de aceite de coco).

Nueve. Regresaré a Acapulco adolescente, maduro, mayor, más que mayor. Hasta que el cáncer de piel lo prohíba, prohíba en realidad todo Mar. El de La Paz y el espejo en que se mira, el Desierto. El del pueblo de Zihuatanejo que tanto frecuenté. Puerto Vallarta. Pero guardo las viejas postales sentimentales, las más de Acapulco. Amaneceres, puestas de sol. El aroma a sal. El placer de la brisa sobre la desnudez. La pepena de conchas, raíces petrificadas. No escasas son mis colecciones.

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(AQUÍ TERMINA COLABORACIÓN EL FINANCIERO. SIGUEN DOS INCISOS MÁS PARA BLOG)

Diez. Por instinto periodístico, que confío no perder, tomo nota de Acapulco 2017. Campo de batalla de cárteles de la droga: Rojos y Guerreros Unidos, en la pelea estelar sin límite de tiempo. Obsesión, un tanto desquiciante, de los gobiernos estatal y municipal de informar que sí, caiga quien caiga, la capacidad hotelera está cubierta. ¿En benefició, dicho en plata, de quién?

Once. De Zihuatanejo, rival histórico de Acapulco, no. De Iguala, trabada la investigación de la noche nazi del 26 de septiembre de 2014 (ya han pasado tres años), tampoco. A Taxco menos, ya ni siquiera paso obligatorio al puerto. Quizá, para descanso de gobernantes (que van y vienen, saltando del PRD al PRI), debería decretarse a Acapulco Estado Libre y Soberano, uno más en el mapa de la República. O, de perdida, al modo del manoseado Distrito Federal (¡qué CDMX ni qué la fregada!, y Mancera ya está por hacer mutis), “entidad federativa”.

 

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