AGENDA URBANA/ TEORÍA DE TORONTO

AGENDA URBANA/ TEORÍA DE TORONTO

Fernando Curiel

Toronto es Ciudad a porrillo. Babilonia en estado de paz (salvo el de los arrogantes ciclistas, dueños absolutos de las calles como en la Ciudad de México los “microbuseros”, cromagnones). Nueva York de los 50’s y los 60’s. Sus coordenadas y emblemas caben en la cabeza del paseante, natural o forastero.

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Si a mi hijo Adrián lo conocí inmediatamente post-parto, a mi hija Paula la vi nacer. En sus seis años de diferencia, la moda ginecológica había cambiado de signo. La pareja progenitora participaba ahora de la pedagogía psicoprofiláctica y el padre, con su bata blanca y demás arreos, estaba presente en el alumbramiento (palabra de las más hermosas del castellano). Esa noche se transmitió el capítulo final de Up stairs, down stairs, insuperable serie costumbrista televisiva inglesa (nomás eso faltaba).

Antes y durante el parto de mi nieta Paloma, auxilió a Paula una comadrona, sana práctica canadiense. Vida de búsqueda permanente la de la madre: las relaciones internacionales, la danza, la actuación, la literatura. Fijas en definitiva las dos últimas.

Su condición binacional se ha vuelto fuente de vida y letras. Como apunta en Hojas de maple. Miel de agave: “Vivo en Canadá desde hace más de una década, casi toda mi vida adulta. México, mi país natal, se ha convertido en el lugar de los mitos, los deseos y el escape. Estas crónicas personales narran un año de mi vida entre Toronto y la Ciudad de México, lugares donde existo con la contradicción entre sentirme libre y a la vez esclava de la nostalgia y los recuerdos” (4ª de forros).

Si con Adrián compartí mi afición de Madrid, contraída al regresar de la estancia londinense, a Paula debo las de las ciudades de Vancouver y Toronto (y por qué no, de la misteriosa Isla Victoria). En Toronto ha echado anclas definitivas.

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Digámoslo: ciudad que no contiene a otras, culturalmente diversas; que no respira en islotes verdes, parques, algún bosque; que no tiene un ojo puesto en el progreso y el otro en el filo del abismo urbano, el del congestionamiento vial, de la violencia rampante, de los odios culturales (por no decir raciales); no es Ciudad con inicial mayúscula. Apenas asentamiento sin ton ni son.

Toronto es Ciudad a porrillo. Babilonia en estado de paz (salvo el de los arrogantes ciclistas, dueños absolutos de las calles como en la Ciudad de México los “microbuseros”, cromagnones). Nueva York de los 50’s y los 60’s. Sus coordenadas y emblemas caben en la cabeza del paseante, natural o forastero. Un campus, no a las afueras sino en el centro mismo, el de la Universidad de Toronto, en vez de incomodar, harmoniza con hoteles, boutiques, restaurantes.

Bloor, avenida-eje, integra ya un Corredor Cultural. Paradas: la Alianza Francesa, el Instituto Italiano, un Centro Comunitario Judío (el Miles Nadal), una fundación japonesa y otra ¡estoniana!; el Royal Ontario Museum, cuya fachada, peñasco caído del cielo, meteorito disparado con puntería balística, modernidad que dura, se corresponde de manera natural con los (¿neo-clásicos? ¿eduardianos?) edificios universitarios próximos; un Centro de comunidades originarias; un museo de cerámica (el Gardiner); el Royal Conservatory; etcétera, etcétera.

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Dentro del ROM, capítulo aparte, una exposición de la variopinta vida animal —cavernas, tierra, agua, aire— que bien podría competir por un Oscar en la división Arte Escenográfico. De hecho, los recorridos por los tesoros de la Madre Tierra, muestras de textiles y de costumbres, África, América, Europa, lo son por los siglos de la humana historia. Y nos tocan, además, esta ocasión, la vida y milagros, hábitat, peligros, de la Ballena Azul. Ese tonelaje animado en peligro de extinción. Cito del catálogo oficial. Son un misterio. ¿Dónde se reproducen? ¿Qué secretos guarda su código genético? En 2014, en Terra-Nova, una parvada muere trágicamente. Un equipo del ROM se lanza a estudiar tan misteriosa especie, que sobrevive los más diversos ecosistemas marinos. Investigación, sostengo, que bien mereció Moby Dick.

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Y están, en Toronto, los barrios nacionales: italiano, chino, portugués, coreano. Y la masa urbana tiene la puerta, a regular distancia, de las playas (beaches) del Lago Ontario, gigantesco, con su Marina y su restaurante evocador de puertos mexicanos del pasado y sus acantilados en miniatura. ¡Ah, y sus islas! De aquí puede usted navegar al Atlántico bajando el río San Lorenzo.

Y ya que de nostalgia chilanga se trata, en Toronto corren todavía los tranvías (¿usted, para ubicarnos generacionalmente, conoció los tranvías?). Y, en vez de contentarse con los miradores de la Torre Latinoamericana y la Main Tower de Reforma, usted puede, en la punta de CNTOWER, caminar sobre el abismo (debidamente sujeto con un arnés, desde luego).

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Toronto es el Art Gallery of Ontario, ese barco invertido de grandes cuadernas, astillero cabe China Town. También, si le da como a mí, por el fetichismo del calzado, el Bata Shoe Museum (en Bloor St.); el Canadá’s Walk of Fame (hay otro, sólo portugués, frente al Gato Nero de obligada visita en Little Italy, y uno más del deporte nacional, el Hockey).

En el AGO, la exposición de la no menos inmensa Georgia O’Keeffe. Su pintura extraordinaria y tiempos y amistades e itinerarios espirituales por esos parajes de indios mexicanos e indios norteamericanos.

Y si a parques y jardines vamos, Toronto los tiene en profusión. Ciudad urbana, ciudad campestre, ciudad con remanentes boscosos. Sentenció Hemingway que París era la ciudad mejor organizada para vivir. Yo, que Londres era la mejor ciudad para escribir (de ahí lo londinense de Fuentes y Vargas Llosa, ¿por cierto, ya casó este último?). Toronto es la mejor ciudad para vivir y escribir. ¡Ah, como en los tiempos míticos y heroicos! Despiertas en un departamento de Yorkville o en una casa de Little Italy; con un café, algo de fruta y un muffin, lees el Toronto Star, sales a caminar amo sin perro a un parque a la mano, escribes y lees toda la mañana en un café o en una librería pública; el mediodía es para explorar una de las infinitas cocinas nacionales y la tarde para explorar barrios; la noche (cuidando no desvelarte demasiado) para la infinita gama de bares a secas o cafés-bares; sábados en las playas; domingos dedicados a museos y cines…

Recomendación. No deje el turista de contemplar la ciudad desde el bar del piso 18 del hotel Hyatt Park. Ni de comer en China Town. Ni de dedicar una mañana al Trinity Bellwoods Park y sus alrededores.

CONTINUARÁ.

 

Fotografías de Adrián Curiel.

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