NOS QUEDAMOS DORMIDAS

ÁLBUM FAMILIAR

“NOS QUEDAMOS DORMIDAS”

Luz América Viveros

Una campana repica la entrada a clases. Dos niñas despiertan zarandeadas por una mano asustada: “Nos quedamos dormidas”. Se visten a toda carrera apenas enjugado el rostro del agua helada para terminar de despertar. Las mochilas y los moños del cabello mal alisado son aderezados en el último minuto antes de salir del número 5 de una vecindad hoy demolida no sólo por la piqueta que levantó luego edificios, sino por el olvido. Río de la Loza y Niños Héroes no eran avenidas tan anchas como lo son hoy, o tal vez sí: no lo eran en el recuerdo.

Ese día llegaron tarde maestra e hijas; retardadas y maltrechas. El regreso a la escuela era ahora en calidad de viuda y huérfanas. Las ropas de luto todavía con las lágrimas de la víspera; la esquela en el Excélsior guardada por muchos años; la pluma del difunto, una de las pocas reliquias, perdida en una distracción imperdonable años después.

Eran los años cuarenta y el Centro Escolar Revolución lucía todavía como edificio nuevo, construido en la fiebre de la educación socialista. Dividido en dos: departamento de niñas y de niños. Geométrico, de dimensiones fabriles casi, grandes patios, alberca, canchas, talleres, auditorio, aulas donde cabían 70 alumnas. La maestra de quinto grado, seño Luchita, se ufanaba de tener el grupo más disciplinado y adelantado; daba gusto que se pelearan las mamás por un lugar al inscribir a sus hijas, haciendo fila desde la madrugada, y que algunos papás hicieran valer sus influencias para que sus niñas pertenecieran al 5ºA.

Escaner 2

Se acostumbraba hacer filas en el patio para dirigirse hacia las amplias escalinatas hasta llegar al salón en el segundo o tercer piso. Eran cientos de niñas desfilando casi simultáneamente, sin chocar, y en un silencio muy de época, hoy impensable. No se usaba el uniforme ni la edad reglamentaria para ingresar: había niñas de diez junto a señoritas de quince años en el mismo salón, pero todas gastaban un modo exquisito de dirigirse a la maestra, que ya no se estila.

Conservo la libreta de saberes de mi abuela: aritmética, lengua nacional, historia, lecciones de cosas; apuntes escritos con letra manuscrita, donde intercalaba actividades, tareas, esquemas, dibujos; un auténtico vademécum, hoy amarillo y borrosa la tinta, que debía durar todos los años de servicio, pues nadie pensaba en transformar un curso que había demostrado su eficacia a lo largo del tiempo.

Escaner 1

Sigue en pie el Revolución, perdida hoy la majestad –a lo camarada– con que ostentó murales y frescos de Raúl Anguiano y Aurora Reyes. Con la familiaridad que da la pertenencia a una escuela, mi madre –aquella niña que se quedó dormida, la de moños kilométricos– pasó su infancia sin saber que los vitrales de la biblioteca de la institución eran auténticos proyectos nacionalistas del mejor Fermín Revueltas. Cuando décadas después, en la debacle ochentera, otra niña de seis años llegó a esa escuela a medio ciclo escolar, tras la quiebra financiera del Pan American Workshop. Uno de los primeros recintos que pisó fue la biblioteca, mitad oficina administrativa, mitad estancia de castigo para niños, donde se permanecía entre el naufragio de libros polvosos, montones de cachivaches, ventanales rotos tapados con cartón y los restos de vitrales que no dejaban ver sus colores por el cochambre adherido, debido a los puestos de fritangas del exterior y la reciente incuria del interior, abandono que tendría visos de atentado cultural.

La leyenda negra contaba que nuestros salones habían sido celdas de la Cárcel de Belén. Lo creímos a pie juntillas. Qué podía asustarnos si ahí habían trabajado como en segunda casa mis abuelos, mi madre y ahora mi tía, y donde mi hermano y yo salvábamos el año. Pero a media clase me perdía imaginando cuántos presos cabrían ahí y cómo vivirían. Tuvo que pasar mucho tiempo para enterarme que la cárcel había sido demolida y la escuela, aunque pareciera cárcel o fábrica o sanatorio, había sido hecha ex profeso y era un monumento artístico.

Escaner 3

Conocimos las bolsas del DIF con leche blanca, pan tipo cemita y palanqueta incomible de dura, a 50 centavos. Mi mamá me contó cómo siendo niña recibió el primer desayuno escolar de manos Beatriz Velasco de Alemán en agosto 1947. No por ser hija de maestra sino por su talento declamatorio, tocó a ella dar las gracias oficiales de la Niñez a la Primera Dama y que saliera su imagen en los diarios del día siguiente haciendo la finta de probar un vaso de leche, que estaba vacío.

 

 

 

 

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