EL BAJÍO

Fernando Curiel

 Lugares del pasado (que se enquista). Se le conocía como “El Granero de la República”. El Bajío. Hablo de los 40’s, los 50’s, los 60’s. Estados: Querétaro, Guanajuato, Jalisco. Ciudades: Querétaro, Celaya, León, Irapuato, Guanajuato, Arandas. En Salamanca, PEMEX. Famosa por una canción pegajosa, una población hasta entonces absolutamente desconocida: Pénjamo. De Guanajuato: Diego Rivera y José Alfredo Jiménez.

Conseguido el divorcio (que tuvo visos de Guerra Civil), recobradas casa y negocio, mi madre, Teresa Defossé Torres, decide cumplir la promesa contraída de viajar para dar las gracias a la milagrosa Virgen de San Juan de los Lagos. Con todo y chilpayates. Y allá vamos, en el taxi de “Nachito”, contratado con ese propósito cerca de un mes. Largo viaje desde Taxco hasta donde el Diablo perdió el Tridente (por expresarlo en términos de lejanía extrema, en modo alguno alegóricos). Eso sí, con un programa laico: la Ruta de la Independencia, su cuna incluida, pedagogía histórica en tiempo real. Indelebles la casona de Hidalgo, la campana libertaria (todavía en su lugar), la Alhóndiga de Granaditas y, en sus cuatro esquinas superiores, los garfios en lo que se colocaron las cabezas de los Padres y Tíos y Primos de la Guerra que nos rescataría, once años después, de la condición de Colonia europea. Orgullo local por Ignacio Bernal, el niño tirabuzón de la Alhóndiga pese a los chubascos de aceite ardiente y de piedras. Héroe niño de permanente memoria con todo y que los iconoclastas historiadores de los 70’s intentaron, en vano, matarlo.

Especialmente indeleble la llegada al santuario de San Juan de los Lagos, en la madrugada, su templo ardiendo de iluminación (focos, cirios); la corriente humana de peregrinos, mayores, de mediana edad, infantes (regresaré décadas después, con Belem Clark, a instancias de una alumna suya, a una hacienda-boutique, en plena producción agrícola, y visitas a casas familiares conectadas por túneles de pasiones y conspiraciones).

 El viaje. Con parada en la ciudad de Querétaro, el grupo de Monte Fénix se encaminó al rancho La Barranca, ya en Guanajuato, no lejos de la línea divisoria con el Estado de Querétaro. Dos ciudades de Querétaro, la provinciana y la ultra-moderna. Ésta pujante, ceca de trasnacionales, meca de corredores industriales, pero lamentablemente clon de la Ciudad de México, la automotriz y sus atestados periféricos y segundos pisos. Tiempo, no obstante, para cenar en un restaurante argentino de rechupete y almuerzo en La Mariposa, la misma desde 1946. Y asomo al Teatro de la República, recinto del Constituyente de 1917, hoy propiedad del pachorrudo Senado de la República (veremos en qué acaba). Sólo faltó el ascenso al Carro de las Campanas.

 

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 La Barranca. Anfitriones: el patriarcal, gran conversador Diego Fernández de Ceballos y su esposa, la bella Liliana. Día para memorarse. Toño y familia, Leo y familia, Lalo y familia, Alejandra y familia, numeroso contingente infantil predominantemente femenino, puñado de invitados. La libreta de notas mental se llena de signos. Los patios, la Iglesia, la campiña, el coleadero. La luz excepcional cambiando de colores el día. Las conversaciones. La historia ejemplar de un migrante campesino en un itinerario ascendente que pasa por Yuma, Arizona, y su temperatura de Fundidora, larga estancia en Los Ángeles, California, la familia, el regreso al pueblo natal. La honda sabiduría política del anfitrión, y el relato profundamente humano de su secuestro. Las interpretaciones del hijo cantante, bajo de tesitura. El poder del grupo. Ir y venir, de la mesa enorme a los parajes encantados de la hacienda.

De trasfondo: las elecciones, al día siguiente, en el vecino Estado de México, en Aguascalientes de Moreira, en Aguascalientes, en Veracruz donde pasó Javier “Atila” Duarte; la ya irrecusable decadencia política (qué política, ¡social!) de la grandiosa Nación Mexicana en los albores del siglo XXI; el nuevo atentado terrorista en el Puente de Londres y en el cercano mercado Borough. “Londres arrollada, acuchillada”, escribiré para este blog “Puño electrónico”.

En las horas que restan en la Ciudad de Querétaro, un hotel Real de Minas deliciosamente testimonio de tiempos idos, que me imponen el recuerdo descarnado de Hugo Gutiérrez Vega, ilegible sin Lucinda y las hijas. Encontrado en Londres, reencontrado en México.

La noche del domingo, el truhan ex-gobernador de Quintana Roo es detenido en un aeropuerto panameño (¿falló la sincronía, no estaba previsto su sacrificio en plenas horas electorales, como se sacrificaban los “güilos”, cebados un buen rato, para la cena del 24 de diciembre?).

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