Bitácora de un naufragio

Bitácora de un naufragio

Liliana García Brena

 I

Elige una mesa y se sienta. Lo veo llegar, toma una silla con una mano, la mano que lleva su equipaje, gira todo el cuerpo, deja caer su peso sobre la silla de metal. Lo veo depositar su carga, una bolsa de cartón, una chamarra, todo sobre el piso reluciente. Mira alrededor, hay demasiada luz; los ojos rasgados, el cabello naranja, algún tinte de poner en casa, la reducida barba que rodea los labios, que baja al mentón, que termina abruptamente antes de decir palabra. Es sólo un pasajero más. No pienso nada.

 

II

Lo miro desde mi trinchera y pienso en mí como un vigía; mi faro es este mostrador de restaurante de comida rápida en el aeropuerto. Lo observo desde hace horas. Ahora despierta. Su maraña de cabellos toma altura, se separa de la mesa, la mesa que era cama, que ahora vuelve a ser mesa. Cierra un ojo y lo exprime con el dedo índice, luego con el resto de los dedos, recorre el párpado, trata de enfocar, regula la vista hasta conseguir una imagen clara, pero hay mucha luz, mucha gente que pasa. Gira el cuerpo, los pies firmes sobre el suelo, se yergue. Busca algo en el fondo de sus jeans, unos jeans desgarrados por las orillas, muy viejos. Encuentra un billete y dos monedas. Anda hasta el McDonald’s, toma su lugar en la fila, gira la cabeza naranja a la izquierda, a la derecha, naufragando en medio de quienes piden su bigmac, su coca cola; espero. Regresa con su carga alimenticia a bordo de una charola, de vuelta a su mesa–cama–comedor. Lo miro y pienso muchas cosas.

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III

¿Por qué no se va? Los demás lo observan. Tomo la pluma y anoto el pedido de un cliente; él toma una pluma y anota algo en el periódico que tiene enfrente. Sólo los separan, a su movimiento y al mío, una centésima de segundo. Ciñe el plástico transparente con los dedos, anota cualquier cosa. Deja la pluma como quien abandona un cadáver; abandona el periódico también, los ojos fijos al frente. Sus manos reposan las palmas boca abajo, son casi del mismo color que su mesa-cama, mástil o refugio. La gente pasa a su lado, lo circundan manchones amarillos, rojos, azules; ropas que se vuelven jirones con la velocidad. Y la ropa se rodea de ruidos, de caras en carrera hacia algún sitio. El mira y no ve nada, las palmas siempre boca abajo, en horizontal, sujetas ante el temporal. Yo lo espío pero él no me ve, sentado allí, sobre su silla de metal, un náufrago en pleno puerto. Un hombre vive 2 meses en el aeropuerto internacional de la Ciudad de México. Un hombre vive 3 meses. Un hombre pasa 4 meses sentado en una mesa metálica en el comedor del aeropuerto internacional. Nadie lo saca. Nadie lo hecha de su hogar. Lo miro y pienso ¿qué estará esperando?

 

IV

Cinco meses. Desde mi refugio, desde mi trinchera soy testigo del paso del tiempo. Le ha crecido la barba, el cabello muestra sus raíces, él sigue ahí, da una entrevista, recibe una visita ocasional, el náufrago se ha vuelto noticia. Hecha un clavado a su bolsa, saca un par de tenis extra que tenía guardados. Pienso en ir allá, decirle algo ¿qué? Lentamente desanuda las correas de sus zapatos, los coloca en el piso. Yo tomo una botella de agua, bebo un sorbo, calculo mis pasos hasta él; el náufrago dobla el cuerpo hasta el piso, tira de una agujeta, el nudo cede. Cruzo este mostrador, mi puesto de vigía intermitente, voy en busca de… ¿una respuesta? Quizás seamos iguales. Ha dejado el viejo par de tenis y ajusta el nuevo a sus pies, toma una cinta, la ahorca con la otra, su pareja, cierra el trato. Doy un paso, escucho el rechinar de la goma sobre el piso reluciente, su imagen se acerca. Tira de las cintas, llego frente a él, sus tenis amarillos encaran a los míos. Un millar de segundos tarda ese enjambre de cabellos en tomar distancia desde el piso. Su columna se acomoda desde la primera vértebra, la segunda, todas siguen, el crujir de huesos se escucha hasta el cuello, traspasa la horizontal, continúan subiendo hasta topar con mis ojos, mis ojos que lo miran, que lo ven mirarme fijamente, uno frente a otro. Por fin descubro el misterio. Detrás de sus órbitas no hay nada, un negro indiferente, un cadáver, el cuerpo de un despojo universal. No piensa nada, no espera nada, es el residuo de un hombre que flota boca abajo a la deriva, un cuerpo hinchado, arrastrado hasta la orilla. Al final de cuentas, creo que no somos iguales. Pero algo me dice que quizás él sea yo, algún día.

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V

Una tarde el náufrago se va. Toma su bolsa de papel, su par de tenis extra, su chamarra. Como un fantasma se aleja. Pasa frente a mí, no recuerda el encuentro, su ojo derecho lo traiciona, quiere mirar, mira pero no hay nada, todo continúa vacío. Algunos pasos y se desdibuja, un borrón ente la gente, el fantasma encallado desaparece.

 

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