Viajes desastrosos de amor*

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Desde hace un mes y medio que por razones desconocidas nos llega cada domingo el New York Times, periódico que a diferencia del canadiense Globe and Mail, tan delgado como una servilleta de papel, aún tiene secciones diversas, revistas y artículos de todo tipo que hacen de su lectura un placer. Cuando menos la versión del domingo refleja lo que solía ser un periódico, así como el tiempo requerido para tomarse un café con calma y enterarse de los acontecimientos del mundo internacional, nacional, de la moda, del arte, entretenimiento, viajes. Este domingo, esta última sección estaba dedicada a historias de amor y desamor, lo cual me encantó, pues además de hacer una crónica del lugar visitado; su comida, hoteles, atracciones turísticas, etc., los escritores contaban historias personales sobre  momentos de vida en los que sufrieron un desengaño o reencontraron el amor, al mismo tiempo que conocían un territorio geográfico nuevo. Así Sarah Hepola nos cuenta de cómo se pudo haber casado en México al mismo tiempo que aprendía a tomar tequila; Una LaMarche nos habla de cómo al tener que quedarse varados ella y su esposo en Puerto Rico, gracias a la cancelación de su vuelo de regreso a Nueva York, se vieron obligados a hablar sobre su matrimonio a punto del desastre, o cómo Alexander Chee descubrió que su novio con quien se fue a vivir una aventura de trabajo en Granada, España, le puso el cuerno todo el tiempo que estuvieron ahí.

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Estas historias me hicieron recordar lo revelador que es viajar con alguien, especialmente una pareja, y dependiendo de cómo haya sido la experiencia, la manera como se recuerda una ciudad, una playa, un pueblito, un restaurante, una bebida local, un platillo. Yo tuve una relación hace muchos años, mi primera, en donde junto con él descubrí lugares tanto de México como de fuera, incluida Canadá, pues gracias a una invitación de su familia conocí Vancouver y Whistler muchos años antes de que la vida me ofreciera la oportunidad de hacer de este país mi hogar. Parte de la dinámica de nuestra relación fue siempre viajar, escapar, en mi caso incluso pretender: ser independiente, madura, mujer de mundo. Junto con él conocí Barcelona, Florencia, Pisa, Milán, Mónaco, San Miguel de Allende, Malinalco, Monterrey, Oaxaca, siendo este último lugar uno de los que recuerdo más vívidamente por ser un viaje difícil. Después de pasar un par de días en la ciudad, comiendo los mejores quesillos y tlayudas del mundo, decidimos ir a la playa de Puerto Ángel en coche, sin imaginar ninguno de los dos, que la trayectoria sería una pesadilla David Lynchesca, pues a pesar de que la distancia en kilómetros no era tan extrema, la naturaleza de víbora de la carretera, la neblina cerrada de la sierra y en mi caso la paranoia del peligro inminente de ser atacados por maleantes, nos hicieron pasar las peores ocho horas de nuestras vidas, donde él, me imagino, sintió una responsabilidad tremenda por mi bienestar, y yo, no paraba de emitir llantos angustiosos sobre todo lo que estábamos arriesgando por ir a una aventura absurda. El resto del viaje no fue mucho mejor, pues a pesar de lograr encontrar un lugar donde dormir, durante la madrugada de esa noche, escuchamos balazos, que al día siguiente nos enteramos habían acabado con la vida del velador del hotel que apenas hacía unas horas nos había dado posada. Esa misma mañana, antes de enterarme de lo sucedido, recuerdo haber despertado muy temprano muriéndome por salir a la playa y tomar un café, él roncaba a pierna suelta, seguramente cansado después del trayecto. Juzgué duramente nuestros diferentes ritmos sin atreverme a resolver mi necesidad. Era aún una niña y quizá lo que vi con tanta negrura en esa escena era sólo inmadurez caprichosa que claramente recuerdo haber intuido como la historia de nuestro fracaso, el cual efectivamente ocurrió, cuando yo emprendí el viaje hasta ahora más largo de mi vida, el de Canadá.

P. Rivera.

  • Por el nacimiento de su hija Paloma, esta gustada colaboración de Paula Rivera se reanudará en breve.

 

 

 

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