El parque de los Holas y los Adioses

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El parque de los Holas y los Adioses

Platiqué por primera vez con él un sábado a principios de septiembre alrededor de la una de la tarde después de un viaje largo a Canadá. En ese momento me encontraba en un cruce de caminos cuya resolución ya había sido decidida pero no actuada. Caminaba a mi perro antes de ir a una comida familiar, y como lo había hecho una y mil veces antes, pasé por en frente del café del que era dueño. Estaba sentado en una de las mesas de afuera, con su imponente perro color miel al lado. Me vio y saludó efusivamente “¿dónde andabas?”, me dijo. Gran sorpresa para mí enterarme de que llevaba registro de mi ausencia, pues a pesar de coincidir en distintos puntos de la colonia casi a diario por alrededor de dos años, no habíamos cruzado más allá de un rápido y cortés asentar de cabeza. “Estaba con los osos polares”, le dije. Se rió y me invitó a sentarme con él, a lo cual accedí pero sólo por unos minutos.

Me cayó bien instantáneamente, presentí su sentido del humor irónico, su energía increíblemente carismática y una timidez casi infantil. No recuerdo el tema de nuestra plática pero sí un definido interés por conocernos más, a pesar de que después de este encuentro no volvimos a vernos hasta un mes después, cuando un jueves por la mañana, en la caminata matutina de nuestros respectivas mascotas por el parque España, nos reencontramos. Esa vez su saludo fue frío, impaciente. Continuó su camino con paso ansioso, sin preguntar cuál era el mío. Percibí en él cierto mal humor que, a pesar de darme señales claras de una personalidad difícil, decidí ignorar.

Continué con mi paso cuando a los pocos minutos volví a toparme con él. Su actitud ahora era completamente distinta, como si se hubiera dado cuenta de lo majadero que había sido. Me invitó a continuar la caminata juntos, a lo cual acepté encantada. Recuerdo haberle platicado de mis aventuras desastrosas en el mundo actoral mexicano comportándome de manera natural, pero un poco condimentada, como si fuera imperativo demostrarle mi carisma, la seguridad en mi misma y mi inteligencia.

Ese jueves por la tarde decidí ir a su café por primera vez. Me senté en una mesa afuera y pedí algo de comer. Me di cuenta que sus empleados me veían con curiosidad. A los pocos minutos se acercó una gitana adivina fortunas que se ofreció a leerme la mano, se la abrí y me dijo que el amor llegaría en ese instante y que por doscientos pesos encendería una vela por mí. Accedí sin chistar. Al marcharse llegó él, con su energía en fase luminosa. Me saludó afectuoso y me pidió que lo esperara un momento, entró a la cocina y en breve salió para sentaste al lado mío. “Ya me dijeron que te tomaron el pelo”, me comentó en sentido burlón. “Así es”, le respondí. Platicamos un rato sobre la vida en la Ciudad de México, la cual describió como divertida. Me habló de un bar que frecuentaba y me invitó a acompañarlo esa noche. Dije que sí a pesar de que tenía un compromiso previo. En ese momento creía que tenía la energía necesaria para estar presente en cuatro lugares distintos al mismo tiempo.

Me despedí y quedé de verlo a las 9 en el Bar Bombay pero como no cambié mi compromiso no llegué a nuestra cita. Le avisé por mensaje que podría verlo más tarde, cuando estuviera libre. A las 11 lo fui a buscar a otro bar, uno más de sus lugares cotidianos, donde había música en vivo. Era imperativo verlo. Salió por mí emocionado y con su carisma practicado logró meternos sin tener que esperar. Un vez dentro nos tomamos un par de mezcales y le comencé a hacer preguntas rarísimas y pretensiosas; ¿que si le gustaba leer?, ¿que si le gustaba Proust, mi autor favorito? No cayó en mi arrogancia causada por los nervios y mejor nos pusimos a bailar. Entre pasos de rock nos abrazamos y nos dimos el primer beso. Un beso perfecto, medido, recíproco, dulce. Como todos los demás que nos otorgamos.

Y así nuestra brevísima saga comenzó, siempre con una combinación de mariposas en el estómago y voces internas recordándome que lo que estaba pasando no era la historia de amor con la cual fantaseaba, pues mi camino era otro. Él lo debió de haber olido, pues me aferré a él de una manera poco natural. Recuerdo sentir su energía nerviosa junto a la mía, la cual sin planearlo se había convertido más bien en maternal. Lo quería cuidar y demostrarle a como diera lugar que lo entendía, que lo admiraba, que lo apoyaba.

No tuvo la fuerza eficaz e inmediata de decirme adiós, esperaba que yo entendiera las señales y que me fuera por mi propia decisión. Y las entendí todas pero decidí ignorarlas mientras me acercaba si lo sentía abierto y me alejaba si lo sentía cerrado. Maravillosa excusa para evadir mi vida, la cual se volvió agotadora, no sólo tenía que enfrentar mis propios reclamos sino también su errática presencia.

Por fin decidió ponerme un fin. Lo hizo en el parque España a las 9 de la mañana de otro jueves, estaba desaliñado y olía a alcohol. Lo que más dolió fue el saber que no volveríamos a besarnos. Después de su anuncio me invitó un café, le dije que no, me fui caminando junto con mi perro hacia el Parque México, me senté en el Segafredo. Un hombre mayor me sacó plática, era un artista plástico quien se interesó por escuchar mi historia, la de mi vuelta a la ciudad de México. Me sugirió no tirar la toalla, pero ya era demasiado tarde, mi tiempo en esta ciudad definitivamente había caducado. Había llegado el momento de actuar y andar el camino que meses antes ya había escogido.

P. Rivera.

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