Karma

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Karma

El primer día de regreso a Toronto me sorprendió con 16 grados sobre cero, mi primer comentario fue “¡qué maravilla, traje el sol de México!”. Incluso abrí la chamarra para caminar unas cuantas cuadras pues literalmente tenía calor. El placer me duró poco, a partir del segundo día y hasta ahora se registran temperaturas hasta de 14 grados menos cero, con vientos fuertes que refuerzan la expresión de ¡¿Por qué estoy aquí?!

Odio el frío.

Quejas, quejas y más quejas, siempre he sido así, incluso un canario lector de la suerte en San Ángel, hace dos semanas me sacó un papelito donde decía que mi personalidad era espantosamente egoísta, que me la vivía buscando siempre algo mejor sin darme cuenta de lo que tenía bajo mis narices. Obviamente esta lectura de fortuna me chocó y me deprimió, pues hay algo de cierto, si no es que todo. Inmediatamente tiré el papelito a la basura guardándole un gran rencor al pájaro, especialmente porque no he dejado de pensar en otra cosa que en mis imperfecciones y en cómo voy a comenzar a enmendarme.

Como lo comenté en mi texto de la semana pasada, los meses en México fueron maravillosos pero llenos de quejas. Me la pasé adoctrinando a los conductores mexicanos desde la comodidad y seguridad de mi auto. El otro día, en Toronto, la vida me cobró mis enojos. Hay un supermercado llamado Fiesta Farms cuyo look es como una especie de tienda de la Conasupo, pero con precios de Saks Fifth Avenue. Hace años, cuando comencé a ir a este súper, me deprimía por su poca iluminación, pero valía la pena el esfuerzo porque se encontraba de todo, de todas partes y a precios más o menos accesibles.

Eso, como dije, fue hace muchos años, cuando Toronto no era el caro disparate de ciudad que ahora es, donde es imposible encontrar una casa que no valga como mínimo un millón de dólares. Fiesta Farms ahora está de moda entre los nuevos dueños de esas casas, quienes por alguna razón siempre están de mal humor y con un look hippie y mugre con esfuerzo.

Así pues, estaba yo saliendo de este súper con varias cosas y decidí acercar mi auto para subir las compras, ya que las normas del establecimiento prohíben llevar el carrito hasta el estacionamiento, el cual se encuentra en frente de la tienda y está separado por una calle donde naturalmente siempre hay tránsito, pues todos los compradores acercamos el auto para poder subir nuestras cosas. Es una práctica conocida entre los clientes. Estaba pues en medio de una maniobra para estacionar mi automóvil en paralelo a la entrada del súper, cuando vi por el espejo retrovisor al conductor del coche de atrás gritándome cualquier cantidad de insultos y gesticulando a tal grado que parecía que le iba a dar un ataque cardiaco. Me paralicé, paré mis maniobras dejando el auto verdaderamente mal puesto, lo que ocasionó aún más el enojo del individuo. Lo observaba perpleja, como en trance. No entendía la razón de tanta rabia y odio cuando sinceramente había espacio para que él evadiera mi coche. Abrí la puerta del pasajero como para pedir ayuda a quien fuera, pues por un momento pensé que el hombre se iba a bajar a golpearme. Finalmente me esquivó y logró meterse al estacionamiento del súper. Me estacioné correctamente y bajé a meter mis cosas con miedo y curiosidad por ver al tipo que había perdido una buena parte de su energía vital deseándome la muerte en una situación tan mundana.

El tipo cruzó la calle. Era un treintañero fofo y alto que me ignoró completamente mientras yo, haciendo lo mismo, lo miraba de reojo pensando que quizá debería decir algo. Me subí al auto y al intentar regresar a casa fui aleccionada con mentadas de madre dos veces más; una por meterme cien metros en sentido contrario, y otra por frenar bruscamente al intentar entrar a una avenida.

Cuando llegué a mi casa me di cuenta que el cuerpo me temblaba. No pude evitar las lágrimas que aparentemente eran de rabia, pero que en realidad eran de dolor. Me sentía abusada y lastimada. Toda la tarde estuve pensando y llegué a la conclusión que este nuevo comportamiento aleccionador que me salió tan fácilmente en México lo traigo de aquí, se me ha pegado el privilegio perenne de espacio que los torontonianos tienen, su falta de contacto con la pobreza verdadera, su falta de contrastes visuales, su falta de tocar, ver, oler, sentir gente y cosas realmente distintas. Me he contagiado de su egoísmo, que aunado con el que nací, tiene el potencial de convertirme en una persona poco agradecida, quejumbrosa e impaciente, que se las da de tolerante y buena onda.

Habré de empezar a ver lo que tengo bajo las narices, tal y como decía la carta de la fortuna que me sacó el canario. Lo que sí es seguro es que aprendí una lección; el karma existe y esa tarde fue una muestra de ello.

P. Rivera

 

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