Adiós a mi Ciudad

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Adiós a mi Ciudad

Tal vez Canadá se vaya a poner de moda y tome un papel más relevante en el panorama, si no latinoamericano, cuando menos sí en lo que refiere a México

La estancia invernal termina. Reitero mi teoría de que los mejores meses para venir a la CDMX son los invernales y el principio de la primavera, porque hay un sol intensamente luminoso y el cielo es de un azul pastel único que contrasta con el verde de la vegetación y el lila de las jacarandas que, a pesar del clima seco y de la terrible contaminación, viven. Mis quejas, que en esta época han sido varias, ya puestas en la balanza junto con el placer que me produce estar aquí, pierden peso. Vuelvo a notar que no extraño particularmente a Canadá, pero que cuando estoy allá, sí me entra una necesidad fuerte por México.

Como siempre, de mi país adoptado del norte no escucho mucho, pero quizá eso cambie gracias a la era Trump, al tema de la renegociación del TLC y el de que Justin Trudeau se ha ido convirtiendo en una especie de movie star de la política, por su juventud, su guapura, su seguridad y su actitud muy distinta a la cerradez mental de varios de los líderes actuales. Tal vez Canadá se vaya a poner de moda y tome un papel más relevante en el panorama, si no latinoamericano, cuando menos sí en lo que refiere a México. Espero, de todo corazón, que sea un aliado importante en la lucha contra los insultos y barbarie con los que el presidente nacido en el mundo de las zanahorias nos trata todos los días.

En este viaje menté muchas madres, especialmente cuando iba tras el volante. Mis únicos momentos de calma fueron cuando opté por viajar en Uber o en taxi. Me di cuenta de que los conductores citadinos han desarrollado una especie de coraza Zen ante la falta de cortesía constante y de obediencia a las señales de tránsito. Aprendí que el que se enoja pierde y que es mejor no darle importancia a la arrogancia gandalla que se ha apoderado de la psique del conductor, quien por ejemplo, nunca frena para dar vuelta o para introducirse a una avenida de alta velocidad, o para dejar pasar a una abuelita con una carreola quien por cierto tiene derecho de paso, de ahí la cantidad de autos orillados chocados, acompañados por sus aseguradoras.

La energía ilimitada con la que comencé mi viaje en diciembre fue perdiendo flama y lamentablemente no volví al Centro Histórico, a San Ildefonso, al Templo Mayor, ni fui a Xochimilco, lugar al que siempre prometo ir, ni conocí el Anahuacalli, ni fui al Carrillo Gil, ni al Tamayo, ni a ninguna Galería de la San Miguel Chapultepec. El tiempo vuela y se me va en no sé qué; pero eso sí, comí delicioso, vi a mis seres queridos, reí a pierna suelta, me sentí amada, vi una cantidad insultante de telenovelas y observé tanto de tantas cosas, que me imagino añadí conocimiento a mi mundo interno de búsqueda constante de sabiduría y madurez.

Vuelvo a Canadá, al frío, a la atmósfera grisácea, a aprestarme para la llegada de un futuro emocionante y en verdad nuevo, a ver qué está sucediendo con el mundo cultural torontoniano; qué se exhibe, qué obras de teatro hay, qué restaurantes han abierto. Me alegra volver a ver a mi gente y aunque me duele despedirme de mi otra gente, la de México, no siento un desgarre enorme como en otras ocasiones, será que preveo un futuro más involucrado y constante en ambos mundos.

P. Rivera.

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