Cárcamo del Lerma

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Cárcamo del Lerma

Para celebrar el absurdo y odioso Día de San Valentín, quedé con un amigo muy querido visitar al día siguiente, es decir el 15 de febrero, un lugar al que siempre había querido ir pero que, hasta ese día, no se me había hecho: el Cárcamo de Dolores, obra hidráulica y artística del ingeniero Eduardo Molina, el arquitecto Ricardo Rivas y el pintor Diego Rivera, construida en 1941, restaurada en 1991, y en 2010 con la instalación de una Cámara Lambdoma de Ariel Guzik.

¡Qué lugar más hermoso!

San Valentín a posteriori fue un mero pretexto para justificar una mañana de turismo, actividad inagotable en esta hermosa y conflictiva ciudad. Decidimos que antes de visitar el Cárcamo desayunaríamos en el Restaurante del Lago, el viejo, el lujoso, el que mis padres frecuentaban en su juventud y del que me cuentan historias de cuando fue inaugurado, de la maravillosa pista de baile con vista al lago a la que solían dar lustro con frecuencia. La verdad que no recuerdo haber ido nunca, había estado en el otro, el Bistro del Lago, también para el desayuno, pero hay un abismo de diferencia entre los dos.

Llegamos alrededor de las 10:30 de la mañana, nos estacionamos en uno de los estacionamientos del parque para evitar el valet parking. Al entrar al lobby nos pareció un poco confusa la distribución de los espacios, pues había entradas tanto a la izquierda como a la derecha hacia salones privados y no era fácil deducir que el restaurante se encontraba al fondo. Caminamos decididos y aún ante la presencia de dos hosts dudamos si había servicio de desayuno. Pregunté, nos dijeron que sí y nos llevaron a una mesa preciosa con vista al lago.

El lugar estaba hermosamente remozado y el lujo era evidente, desde el espacio entre mesa y mesa hasta el tipo de cubiertos y, por supuesto, la atención y los precios. Qué ciudad de contrastes es ésta. Es increíble pensar que este lugar exista en el mismo tiempo y espacio que los puestos improvisados de todo tipo de servicios, que los paleteros que manejan sus carritos de helados por Constituyentes, creyéndose coches, que la pobreza e ignorancia extrema de más de la mitad de la población. Pero admito que el haber estado ahí desayunando en ese ambiente ordenado y eficiente, con esa vista hermosa y tranquila, fue un descanso sensorial.

Después de nuestros lujosos huevos con machaca, pan dulce y cafés nos dirigimos hasta la maravillosa obra hidráulica, tan ansiada de ver por mí desde hacía mucho tiempo, con varios intentos fallidos. Por alguna u otra razón siempre se me olvidaba su nombre y de lo único que me acordaba era de la fuente diseñada por Diego Rivera, por lo que cada vez que veía una fuente en Chapultepec pensaba que era ésta y así conocí las de Nezahualcóyotl, Xochipilli y Las Ninfas, con la ilusión de que por fin me topaba con esa extraña y maravillosa figura de mosaico hecha por Rivera. Pero el 15 de febrero del 2017 por fin y sin equivocación alguna encontramos la fuente de Tláloc, parte del conjunto que forma el Cárcamo de Dolores o del Lerma.

Por ser un miércoles no había gente, tan sólo un grupo de turistas de aspecto intelectual, cuyo guía del mismo look y de manera muy discreta, les daba el recorrido. La figura de Tláloc, con sus manos y pies en relieve da la bienvenida al conjunto, el cual ahora se puede apreciar desde cierta altura gracias a una especie de foro pirámide construido por el arquitecto Alberto Kalach también en la remodelación del 2010.

Para entrar al edificio principal se pagan 25 pesos y, una vez adentro, da la sensación de estar en una especie de templo. El espacio es pequeño, fresco y los murales de Diego Rivera, por estar pintados en un foso, con paredes redondas y compuertas de metal rojas, son de una delicadeza que toca el corazón. La instalación de la Cámara de Lambdoma, la cual es un sensor que por mecanismos complicados inspirados en el método de Pitágoras es capaz de reproducir por medio de pipas de órgano los sonidos del flujo del agua del aún existente sistema Lerma, reafirma la función de templo que tiene el lugar. Atrás del edificio están los tanques de almacenamiento los cuales están decorados a su alrededor por serpientes de roca añadidas en los años sesenta por el arquitecto Leonides Guadarrama.

El lugar es precioso, simplemente hay que ir, hay que pensar cómo una ciudad tan naturalmente bendecida con agua ha sido disecada por sus habitantes de manera tan cruel, cómo es verdaderamente posible hacer arte público en proyectos funcionales y como hay joyas en esta Ciudad de México.

P. Rivera.

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