Chapultepec y Arte Incinerado

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Chapultepec y Arte Incinerado

En Toronto hay un parque a una cuadra de mi casa y mis perros están acostumbrados a ir a jugar a la pelota por lo menos dos veces al día. Por la manera como los eduqué, este objeto y correr es la razón de su existencia, especialmente para Jamones. Manchego juega un rato pero se distrae ante cualquier cosa, en especial otros perros y tiene la manía odiosa de ir a saludarlos con la pelota en la boca, la cual siempre se le cae y se la roban, por lo que hay que ir a perseguir al perro que la tiene y rogarle a los generalmente distraídos dueños que por favor me auxilien en recuperarla. Desde que estamos en la ciudad de México y por la zona en la que vivimos, no nos ha sido posible continuar con esta dinámica cotidiana, lo cual ha hecho que a ambos perros y, para variar, en especial a Jamones, se les haya puesto cuerpo de barril.

La primera sección de Chapultepec está literalmente a una cuadra de mi casa, pero para mi sorpresa, no admite perros, ni siquiera con correa. En un par de ocasiones y tras descubrir la entrada de las bicicletas, la cual no está nunca custodiada, me he metido con ellos y les he lanzado su pelota por alrededor de 20 minutos, pero siempre con miedo de ser vista por la policía o peor aún, de ser arrestada.

Había tenido muchísima suerte hasta que se me ocurrió ir un lunes. La puerta de entrada para las bicicletas estaba abierta como siempre. Comencé a aventarles su objeto preferido. No habían pasado ni tres minutos cuando llegó en bicicleta un policía. Las piernas me comenzaron a temblar pero me comporté con aplomo y saludé amablemente a la autoridad fingiendo no saber nada. El policía, de manera también muy amable, me comunicó que no sólo los perros estaban prohibidos en esta parte del bosque, sino que también los humanos, ya que era lunes y las instalaciones estaban cerradas. Me sugirió que fuera a la segunda sección, otro día por supuesto, donde sí se admitían mascotas.

Me había negado a ir puesto que se requiere el auto para llegar y, a pesar de la cercanía, he visto lo que puede ser en un momento de tráfico, intentar llegar a Parque Lira para subir por Alencastre, pero finalmente ayer sábado lo hice. Llegamos a la segunda sección, encontramos dónde estacionarnos y efectivamente los perros pudieron correr a sus anchas y pasársela bomba. A mí también me sirvió muchísimo haber salido de la rutina de las calles lindas pero increíblemente sucias de la San Miguel, y hasta tuve la sensación de haber salido de fin de semana a un lugar en provincia. El hecho de estar un rato en esa naturaleza seca, casi desértica, pudiendo gozar de un café nada malo y de unas galletitas de avena y nuez puso mi cabeza en muy buen estado.

Por la tarde, cuando llegó el momento de sacar a los perros a su caminata nocturna, después de varias horas de tranquilidad gracias al estado catatónico en el que quedaron por correr una hora sin oxígeno debido a la altura de esta ciudad y al estado paupérrimo del aire, nos encontramos con una instalación de arte bastante interesante puesta enfrente de la Galería Central en la esquina de Juan Cano y León. Era un coche viejo quemado, prácticamente destruido, postrado sobre tabiques, con monitores de televisión viejos incrustados en los faros y en la parte exterior. En el interior estaba colgado un candelabro clásico y había más monitores de tamaño diminuto. En la cajuela cerrada estaba pegada la cabeza quemada de un maniquí de unicel y de la parte de atrás, cual coche de novios de terror, colgaban otras tres cabezas incineradas. Los televisores transmitían imágenes de arte clásico, sobre todo religioso, y tocaban música también clásica. El contraste entre el horror del estado del coche y las imágenes y el sonido bellísimos era genial. Por fortuna el autor de la instalación, quien es parte de un colectivo llamado Mexican Dreamers, estaba ahí y nos explicó con lujo de detalle la intención intervencionista de su pieza, la cual invadía ese espacio dentro de los días de la zona MACO, como respuesta a no haber sido invitados. Me explicó que para él y su grupo la pieza era una burla al arte, en especial al conquistador, por su estética “blanca” aceptada por el sistema, habían conseguido el coche en Ciudad Neza y todos los materiales con los que habían trabajado eran obsoletos, es decir, “basura”. Le comenté que para mí su pieza era básicamente México. Ya no me quedé a discutir con él sobre el arte conquistador, pues en mi opinión México no existe sin la conquista, es decir, creer que se puede volver a una forma pura prehispánica es absurdo, este país no sería lo que es: la combinación de los horrores, bellezas y violencias de esos mundos fundadores aunados ahora a los de muchos otros más.

Cuando nos despedimos y le agradecimos al chico su arte y su explicación, la esquina se había llenado de curiosos. Tanto peatones como automovilistas que bajaban de sus autos, le tomaban fotos a la pieza y se acercaban al joven artista. Un muchacho humilde y muy borracho se acercó y le preguntó “¿qué es esto?”. “Es una burla al arte”, contestó el artista. “No,    —dijo el muchacho— esto es arte serio.

Hoy, domingo por la mañana, cuando saqué a mis perros a su caminata matutina y pasé por la misma esquina creativa, animada y viva de ayer, nos dimos cuenta que la pieza había sido vandalizada y que había una patrulla enfrente. Un joven distinto al de ayer que parecía ser parte del grupo creador estaba al lado del coche, le preguntamos qué había sucedido, y nos contó que habían roto todos los monitores y destruido el sistema de transmisión de imágenes. Era este chico el dueño de la Galería Central, quien había dado el apoyo a los Mexican Dreamers. Suponía que habían sido dos vecinas mórbidas que estaban asomadas por el balcón de en frente y lo habían hecho por envidiosas. Me imagino que las conoce a la perfección. La patrulla a su vez, no estaba ahí para darle apoyo al empresario artístico, sino para investigar el caso de un auto último modelo estacionado en frente del incinerado que en la madrugada habían intentado robar también, según la información gritada por las vecinas amorfas a los oficiales azules.

Me dio mucha tristeza que la pieza no hubiera durado más que unas horas, que sin razón alguien o varios la rompieran y vandalizaran, pero al mismo tiempo, me imagino que se probó un punto: el arte no es de gustos universales. A mis perros les dio igual todo, ellos fantaseaban con otra ida al desierto de Chapultepec que, desafortunadamente, tendrá que esperar hasta nuevo aviso.

P. Rivera.

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