Mares a la deriva

Crónica 55

Mares a la deriva

c55           A las once de la noche, el conserje anunció su llegada por el interfono. Era tarde, demasiado tarde —pensó—, lo había estado esperando desde las siete. Su llamada esa mañana la había tomado por sorpresa, él quería verla y pronto. Unas semanas atrás y después de muchísimos años de no comunicarse se habían encontrado por casualidad en el restaurante de abajo del departamento que ella rentaba. Lo había saludado con franca alegría mientras que él se mostró frío y distante, quizá porque se sorprendió al verla lucir joven; a diferencia de él que estaba pasado de peso y prematuramente calvo. Definitivamente ya no era el chico del cual ella se había enamorado años atrás.

Entró tambaleándose, estaba ebrio, feamente ebrio. Ella no sabía qué hacer. ¿Por qué la había buscado? ¿Por qué ahora? ¿Y por qué presentarse en ese estado? Lo invitó a pasar y le ofreció un café, pero él pidió una cerveza. Olía mal, se veía mal, había perdido el júbilo del niño ambicioso y seguro que ella conocía desde que ambos tenían nueve años de edad.

Durante años él se presentó en sus sueños, ansiosamente, siempre a bordo de barcos en altamar y a la deriva. Nunca pensó que fuera a volverlo a ver, sobre todo después de su último intento de comunicación décadas atrás, cuando ambos eran estudiantes universitarios y comenzaban un noviazgo que resultó trunco. Ella lo llamó a casa y él contestando el teléfono, fingió no ser él. Ella le pidió a esa voz que sabía era la del hombre al que buscaba la llamara en cuanto pudiera, él jamás lo hizo.

Era sólo en ese estado de intoxicación que él pudo hablar con franqueza, le preguntó ¿por qué había sido una mujer tan difícil de entender? ¿Por qué había estado enojada siempre por haber nacido bonita? Ella nunca imaginó que él pensara así, en su mente, él había sido el joven guapo, extrovertido y popular que jamás la tomaría en serio. Sus preguntas y su confesión llegaban demasiado tarde, sus vidas habían tomado destinos distantes y ninguno de los dos arriesgaría nada por revivir ese amor inocente que hubieran podido vivir cuando tenían el tiempo, el espacio y la edad para hacerlo.

Se fue a las cinco de la mañana, el sol comenzaba a salir con timidez, habían pasado la noche hablando y por momentos besándose y abrazándose. Confiaban el uno en el otro inmensamente aunque fuera hasta ese momento cuando lo comprendían. Su atracción era verdaderamente humana, profunda, vieja. Más tarde, a mediodía, él la telefoneó y amorosamente le agradeció su tiempo y a pesar de saber que nunca podría tenerla volvió a llamarla hermosa.

Desapareció por meses, hasta la noche en donde el conserje anunciaba de nuevo por el interfono la llegada de su amigo embriagado. Esta vez fue su turno en mentir y pidió al empleado que la negara.

Al año se topó con una mujer en el salón de belleza, la reconoció inmediatamente como a una antigua compañera de primaria. La recordaba como a una de las niñas populares a las cuáles siempre había querido pertenecer, pero especialmente la recordaba como amiga íntima de aquél visitante embriagado y nocturno de varios meses atrás. La mujer también la había reconocido a fuerza de mirarla intensamente. No está claro quién se atrevió a hablar primero pero a ambas les dio gusto la coincidencia. La mujer sugirió una cena con los viejos amigos de la primaria, donde uno de los invitados sería, por supuesto, él.

Se reunieron en un restaurante de Polanco un viernes por la noche. Ella fue la primera en llegar, en taxi, anticipando no sólo una velada de alcoholes abundantes sino la imposibilidad de encontrar dónde estacionarse. Le dieron una mesa afuera, le gustó, ordenó un agua mineral mientras esperaba. Uno de los invitados llegó, no era él pero era alguien a quien también conocía desde los nueve años de edad, otro chico perteneciente a los populares. Les dio gusto reencontrarse. A diferencia de su amigo nocturno, este chico lucía en forma, jovial fresco, con todo el cabello en su lugar. La llamó hermosa y la abrazó con cariño. Platicaron un buen rato y él le confesó que no bebía más y que francamente le importaba un pepino lo que los otros opinaran de su vida. Discurso sano e inteligente que desafortunadamente no coincidía con el estado emocional de ella.

El amigo nocturno por fin llegó, estaba sobrio y elegantemente vestido. La saludó con cariño pero marcando una fría distancia. Ella estaba sentada en medio de aquellos dos hombres cuya amistad había parecido imposible en su juventud. El visitante nocturno pidió una botella de vino y le ofreció una copa, ella aceptó. Después de casi una hora la mujer del salón de belleza por fin aparecía, llevaba varios minutos dando vueltas en su auto intentando sin suerte encontrar un lugar dónde estacionarse. Había tenido que sucumbir ente el sistema corruptísimo mexicano de los valet parking. Inmediatamente se sirvió una copa de vino. La conversación fluyó por momentos entre los cuatro y por momentos en parejas, el hombre sano permaneció sobrio mientras que los otros tres progresivamente iban sucumbiendo ante los efectos del vino. Se sintieron de nuevo como de diecisiete años y a la una de la mañana decidieron irse a bailar. Se amontonaron en el coche de la mujer del salón y acabaron en un antro de la colonia Roma. El hombre sano le confesó su atracción, se dieron un beso tímido que el visitante nocturno presenció. Ella lo hacía por darle celos. El hombre sano, dándose cuenta, a los pocos minutos se fue junto con la mujer del salón. Por fin estaban solos, ella más borracha que él, con más necesidad de afecto que él. Él le otorgó su atención, como aquella noche ella lo había hecho en su departamento, paciente y cariñosamente. Su atracción era verdaderamente humana, profunda y vieja.

La acompañó a casa, ella entró sin invitarlo a pasar.

No volvieron a verse.

Y esta vez definitivamente.

P. Rivera.

 

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